La imagen del Nazareno, es la figura central de nuestras procesiones de Semana Santa, los hay de todos los tipos y de todo tamaño. En el Viejo, hay un Nazareno con cara de niño, con su frente ensangrentada, pero con un rostro de dulzura. En Santa Ana, Chinandega, existe un Nazareno famélico, hirsuto, que sale en procesión todos los viernes de la Cuaresma.
Pero de todos ellos, los que más me impresionan son: El Señor de la Reseña de San Felipe en León, que sale el Lunes Santo en su procesión “de gracia matinal” como la calificase aquel gran señor de los silencios, el padre Azarías H. Pallais.
Desde niño esta imagen me movía. ¡Aquel su rostro de amargura! ¡Aquella mirada intensa! Su mano deteniendo la peste del cólera que azotó a León en el año de 1867, me recreaba claramente la pasión de Nuestro Señor.
En carreta, o a lomo de mula, no sabemos cuánto tiempo tardó en llegar la imagen desde la capital de Guatemala hasta León, pero lo que sí podemos atestiguar, es que este Nazareno de “la Reseña” en León, cuando sale, con todas las demás imágenes que lo acompañan, es todo un teatro barroco en plena ejecución.
La Virgen María, o Dolorosa, con su corazón traspasada por la espada profetizada por Simeón en la presentación del templo (Lucas 2,35). La Verónica, Juana, Susana y otras como lo relata el evangelista (Lucas 8,2,3) San Juan, hijo de Zebedeo, vidente de Patmos “el discípulo amado”, cuyo nombre significa “el Señor ha dado su gracia”. Sin hacer falta la imagen de San Felipe, patrono de la parroquia, originario de Betsaida, el mismo que al encontrarse con Natanael, según el cuarto evangelio le dijo: “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José de Nazaret”, (Juan 1,45). Y ante la respuesta escéptica de Natanael “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Felipe le responde en la más hermosa de las invitaciones para conocer a Jesús. “Ven y lo veras” (Juan 1,46).
El de San Francisco en León, que es el Viacrucis de penitencia. Con el calor sofocante, va la procesión hacia el Calvario. La imagen postrada con la cara al cielo. Si queréis ver crucifixiones, venid a León, ¡Y qué crucifixiones! En San Francisco en sus retablos barrocos, al Señor de la Agonía y al Señor del Consuelo. En San Felipe la Sangre de Cristo y el Señor de las Ánimas. En Subtiaba, otro Señor del Consuelo. En la Recolección, La Merced, San Sebastián y San Juan de Dios, veréis crucificados.
Como decía Santiago Argüello: realismo, realismo que nos entra por los ojos. “Nuestro Dios es el Ser de carne y hueso, a quien pide mercedes ante un trono de nubes, o de quien se conduele al verlo escarnecido por el salivazo, o amarrado a una columna o cayendo bajo la cruz a cuestas, o expirando amargado por hieles y vinagres entre los dos ladrones del Calvario. Nuestro Dios es un Dios de procesiones, que huele a incienso, que tiene Madre que va tras él llorando, a quien entierran muerto, y que al tercer día resucita. Algo que se ve con los ojos, y que lleva música detrás”.
Por último en Rivas, en otra Iglesia de San Francisco, podemos contemplar otro Nazareno. Según la tradición rivense, la imagen fue tallada por un prófugo que llegó a la pequeña villa buscando consuelo, y porque en este pueblo no existía Nazareno. Se inspiraba el escultor en sus propios sueños, y cuentan los rivenses, que al terminarla, la quedó mirando, mirando, y la imagen le habló diciendo: “¿Que dónde lo había visto que lo había hecho tan exacto?”, murió en ese momento y fue enterrado en el mismo altar que contiene al Nazareno.
Doña Graciela Muñoz Urtecho y su hija Josefina, tienen más de 40 años de ser las mayordomas y junto con “la Cofradía del Nazareno”, gente humilde y sencilla que todavía reza el Padre Nuestro. Estas mujeres, como las del evangelio, llenas de algodones, lienzos, aloe, mirra, incienso, perfumes de jazmines y mil delicadezas, cuidan de la imagen todo el tiempo. El Nazareno de Rivas conserva el más bello de los resplandores que he podido apreciar, obra maestra de nuestra orfebrería, que ojalá las damas de esta historia, sigan mi consejo: — lo guarden a buen resguardo— para evitar el saqueo. Bello, sencillamente bello, ¡al Nazareno de Rivas hay que ir a verlo!
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