Leí hace unas semanas, en las páginas de este importante Diario, un artículo de opinión cuyo claro propósito es el de hacer creer que fueron muy dulces los frutos sembrados por el Gobierno de la primera mitad de los noventa; de defender lo indefendible, tapar el sol con un dedo. Y eso no está al alcance ni del dedo gordo del mejor de los güegüenses.
Gobierno tan bondadoso, argumenta el autor, ningún vínculo pudo haber tenido con el Frente, tantos daños como éste hizo al país en la década de los ochenta. Consecuentemente, es absurdo sostener que en ese período cogobernó una alianza Chamorro-Lacayo-hermanos Ortega. Por tanto, inexistentes son una cantidad de hechos que, sin ninguna pretensión de ser exhaustivo, expongo en mi libro, La maldición del Güegüense .
No puedo callar ante afirmaciones que tergiversan la historia y despreocupadamente pretenden eludir responsabilidades. Pues yo estoy convencido de que la tragedia que vive nuestro país es una fatal consecuencia de decisiones tomadas durante ese período, empezando por la de gobernar en sociedad. Con los mismos personajes de que la gran mayoría de los ciudadanos deseaba —desea— liberarse.
Sin embargo, queriendo asegurarme de que no estoy delirando, he revisado algunos de los sucesos que en esos días ocurrieron. Y me he convencido de que no soñaba cuando vi como un desmoralizado Frente orteguista era arrancado de su espantosa pesadilla por cierta dulce voz que ordenaba a Humberto continuar al frente del Ejército. Orden que no admitía discusión, y que Humberto, obligado, tuvo que acatar. Luego recordé cuando cierto grupo de revanchistas, sin comprender que tal orden era imprescindible para que Nicaragua transitara rápidamente hacia la democracia que desde entonces disfruta, se encargaron de que la UNO cayera hecha añicos. Desde luego, los agradecidos hermanos no por ello vistieron luto.
Luego, como la energía es tan importante y, acaso más importante, tanto dinero se mueve alrededor de ella, ningunas manos mejores para manejarla que las mismas que lo habían hecho en los ochenta. Y a un simpático engendro de pactos somocistas revivieron. Muy fraternal la justificación: “El que gana, no lo gana todo; y el que pierde no lo pierde todo”. Luego, gobernar es repartir. Y “las minorías” reclamaron sus derechos, jugosas participaciones en juntas directivas de entes autónomos y empresas estatales. La leche de la vaca generosamente compartida.
Naturalmente, las empresas estatales debían ser privatizadas, y en un abrir y cerrar de ojos, sin apoyarse en ninguna ley al principio, y atropellando la ley después, éstas pasaron a ser patrimonio, por unos dólares menos, de hermanables sociedades políticamente bicolores, ¡no faltaba más! Y los mismos revanchistas se quejaron de que la deuda interna, gracias a la exitosa venta de dichas empresas, había crecido desmesuradamente. Y estas plañideras también rechazaron que cierta chatarra, rieles de ferrocarril de espléndido acero —según ellas— fueran arrancados y vendidos como lo que en verdad eran: chatarra. Una perla más recuerdo: estos rencorosos sujetos hasta hoy rehúsan reconocer que era preciso traer tranquilidad a una cantidad de familias que temían por sus recién adquiridas mansiones y haciendas. De ahí su inexplicable aversión a leyes que relegalizaron la piñata. Más deuda interna.
No alucinaba cuando me percaté de que la sociedad gobernante ensambló, democrática obstinación, un grupo de diputados que, por una modesta y merecida remuneración noblemente unieron esfuerzos con sus colegas del orteguismo. La bancada del cogobierno, pues. Es encomiable que estos próceres y su patrocinador —nuestro desmemoriado Güegüense— soportaran estoicamente tantas calumnias como les llovieron. Algún día la historia reconocerá que, gracias a ellos, se logró frenar a algunos “cabecitas calientes” empeñados en evitar el democrático desenlace que hoy disfrutamos.
Y a tales excesos estaban dispuestos los “cabecitas calientes” que, cuando lograron ser mayoría en la Asamblea, cometieron horrendos despropósitos. Como reformar la Constitución para establecer la elección directa de los alcaldes y las candidaturas por suscripción popular. Y prohibir el nepotismo y dificultar la reelección presidencial. Naturalmente, la señora Presidenta y sus socios no se prestaron a esos jueguitos, esas sandeces antidemocráticas; reaccionaron enérgicamente: ninguna Constitución podía obligarla a promulgar reformas; leyes muy superiores a semejantes adefesios podían inventar sus abogados, leyes Marco, digamos. Y los diputados revoltosos tendrían que reunirse en otra parte, nada difícil fue clausurar sus instalaciones mediante la fuerza pública, y menos aún cortarles los servicios básicos y dejar de pagarles sus salarios.
Y, muy importante, un tierno instrumento que todo lo perdona y olvida: la amnistía. Sin ella, no habrían conocido la paz aquéllos que, espada ensangrentada en mano, recorrieron calles y bancos de Estelí, ni quienes durante ese período asesinaron a cientos de personas vinculadas a la contra. Personas que en el futuro podrían sentirse tentadas a perturbar la paz, y los muertos nada perturban.
Y cansado de tantas fantasías, tantos trágicos hechos que para nuestro Güegüense sólo ocurrieron en mi imaginación, en verdad desearía que él tuviera la razón, y que la realidad que muchos aún anhelamos habitara en un lugar distinto del de mis nostálgicos sueños. Más cercano a esta tierra. Desde luego eso no ocurre, pero ninguna culpa tiene nuestro olvidadizo Güegüense.
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