Sergio Ramírez

El tigre en su jaula

Ignoro todo acerca del golf. Mis imágenes más lejanas de este deporte vienen de los días de la infancia cuando encontraba en los periódicos las fotografías del presidente Dwight Eisenhower montado en un carrito que lo llevaba a través del campo donde jugaba, y desde entonces supe que se trataba de una diversión propia de presidentes y de millonarios segregados en clubes exclusivos; y cuando repaso los canales de televisión me detengo a veces, con aburrida curiosidad, en los torneos que se juegan en esos terrenos de tarjeta postal que parecen maquillados, con verdes colinas, suaves hondonadas, estanques plácidos y tranquilas arboledas, siempre bajo un soleado cielo azul.

Pensé que difícilmente un ídolo de multitudes podría salir de la monotonía de los campos de golf, a lo Magic Johnson en el basquetbol, pero sucedió el milagro con la aparición de Tiger Woods, campeón absoluto de cuanto torneo existiera, cuya genialidad con el palo en la mano le creó una inusitada audiencia de televisión y una cauda de patrocinadores comerciales que pagaban por su imagen, lo que llegó a reportarle más de cien millones de dólares anuales. El mundo, además, se había vuelto al revés, porque se trataba de un negro de fe budista reinando en un plácido deporte de jugadores blancos.

La imagen deportiva que Tiger Woods vendía era la del caballero intachable, de costumbres rectas y austeras, buen esposo y buen padre de familia, el correcto vecino de al lado, incapaz de la menor trasgresión a las reglas de la moral puritana que es el gran fetiche de la cultura de la clase media en los Estados Unidos. Y, de repente, esa imagen se hizo trizas.

Nada menos que el día de Acción de Gracias, el gran ritual anual de la familia norteamericana, un accidente de tráfico en las vecindades de su residencia en los suburbios de Tampa sirvió para descubrir una riña con su esposa, la modelo sueca Elin Nordegren, provocada por la revelación del primero de una serie de casos de infidelidad conyugal que pronto sumarían una docena. Las compañías que hasta entonces compraban su imagen le retiraron su patrocinio, desde la Pepsi Cola hasta Gillette, pasando por Nike, IT&T y General Motors. De acuerdo a los especialistas en la materia, los accionistas de estas empresas perdieron, gracias al escándalo, entre 5 y 12 billones de dólares.

Woods reconoció que era un adicto sexual, un desorden compulsivo de la conducta que se equipara al vicio de las drogas, el alcohol, o los juegos de azar, y cuya existencia como categoría científica confieso que ignoraba, igual que sigo ignorando todo lo relativo al golf; y aceptó someterse a terapia intensiva en una clínica de Wickenburg, Arizona, el Meadows Rehabilitation Center.

Es una clínica especializada en el tratamiento de la adicción sexual, es decir, del vicio de las mujeres, como hay otra en Los Ángeles, el Sexual Recovery Institute, donde los pacientes se benefician de la compañía de otros pacientes con el mismo problema; y existen también programas de televisión dedicados al tema, como Rehabilitándose sexualmente con el doctor Drew. Este médico sostiene que Woods no padece de adicción sexual, sino amorosa, y que según su criterio no es lo mismo, dado que el paciente sostuvo relaciones con sus numerosas amantes por largos meses, y no como cosa de un instante. “Aparentemente siente la necesidad de ser adorado”, dice el médico, “verse reflejado en los ojos de esas mujeres, y que eso signifique algo en su vida”.

Faltaba el acto final. Woods salió bajo permiso de la clínica para presentarse ante el implacable tribunal de la moral pública y hacer su confesión, un acto litúrgico que se celebró en Pontevedra, Florida, delante de las cámaras de televisión, con la sola presencia física de cuarenta personas cercanas a él, entre ellas, en primera fila, su madre; pero al contrario de lo que se acostumbra en estos rituales de purificación, faltó su esposa.

“He tenido affaires”, confesó con rostro sombrío, “fui desleal, fui falso”. Y no dejó registro sin tocar en cuanto al arrepentimiento por los pecados sexuales cometidos. Sus implacables asesores de imagen y sus relacionistas públicos le exigieron ir a fondo en su strip-tease moral. Pidió perdón a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus patrocinadores, a sus fans, a los jóvenes y niños que lo habían tenido como ejemplo, y lamentó haberse alejado de su fe budista. Pero todavía no había tocado fondo, sino cuando dijo: “Pensé que me podía salir con las mías en cualquier cosa que yo quisiera. Pensé que había trabajado duro toda mi vida y que merecía gozar de todas las tentaciones que me rodeaban. Gracias al dinero y la fama, no tenía que ir muy lejos para encontrarlas”.

Todos en la austera sala escuchaban sus palabras de contrición como si se hallaran en el recinto de una iglesia a la hora de un funeral. No se concedió a él mismo ningún resquicio donde pudieran quedar escondidas fragilidades o debilidades humanas, haciendo profesión de fe en la perfección de conducta, como quien se azota los lomos con el silicio. Cumplía la rígida regla de que aquel entre los famosos, político, estrella de cine o deportista, que es descubierto en sus pecados de infidelidad, tiene que pagar con el arrepentimiento público. Es el precio del escándalo, y el gran tribunal que observa al penitente en las pantallas de televisión, desde los bares y restaurantes, y desde las salas de los hogares, exige la humillación total o nada. Igual que los grandes patrocinadores, que antes de restablecer su confianza comercial en la imagen del pecador, exigen que esa imagen sea debidamente lavada de culpas.

Su madre fue la única que pareció menos exigente, y más terrenal: “No ha matado a nadie, no ha hecho nada ilegal”, dijo al final del acto de fe. Y el tigre, con la cola entre las piernas, desapareció tras el cortinaje azul al fondo del escenario. www.sergioramirez.com

COMENTARIOS

  1. Defensor del Lector
    Hace 17 años

    Don Sergio: buena crónica, resumen de otras crónicas.
    Pero, a todo esto, cuál es su conclusión, análisis trascendental o de interés público que merezca su atención o la nuestra a sus letras?
    Será tal vez lo siguiente: que el personaje público debe una disculpa pública? de ser así, sería algo muy pobre y trillado, no tan merecederor de su pluma.

    Esperaremos sus escritos cuando usted ande de viaje por el mundo, para que se inspire y nos inspire. En Masatepe no tiene musas.

  2. losmashonrrados
    Hace 17 años

    DON SERGIO, TALVEZ SOLO QUISO ESCRIBIR Y ESTOY DE ACUERDO.

    O TALVEZ QUISO DECIRNOS QUE NUESTROS PERSONAJES PÚBLICOS EN ESTE CASO ME REFIERO A LOS POLÍTICOS TIENEN QUE PEDIR PERDÓN, Y ES AHI DONDE DIGO:

    EL SR. DANIEL ORTEGA PIDIÓ PERDÓN Y LO HIZO VARIAS VECES PÚBLICAMENTE POR SUS ERRORES DE LOS 80.
    Y DESPUÉS DE EL NO HE VISTO A OTRO POLÍTICO PEDIR PERDÓN POR SUS ERRORES.

    SI ESTOY EQUIVOCADO DESMIENTANME PUBLICAMENTE.

  3. globalnica
    Hace 17 años

    Bueno la palabra Cronica es narrar un hecho lo que paso. No tiene que dar su opinion. Si eres un asiduo lector de Sergio Ramires recordaras un articulo similar que saco cuando menciono el juez de avena Quaker.. en el caso de Senador Democrata John Edwards cuando confeso que tuvo amorios con una asistente de su campana. Acerca del Golf como persona nacida Nicaragua no sabia de golf pero la vida nos lleva por diversos caminos y ahora comparto mi vida con Escoses nacido cerca de St. Andrews.

  4. globalnica
    Hace 17 años

    Una leccion de golf.. un campo de golf tiene 18 hoyos la razon.. es que en una botella de whiskey contiene 18 tragos de whiskey. Un tip ensenado por escoses que nacio en Troon. «Royal Troon» Scottland un lugar cerca de St. Andrews. St. Andrews es para los golfistas Escoses donde se origino el golf lo que es Vaticano para los catolicos.. El Campo de Augusta, Georgia para los redneck surenos de Georgia.

  5. socrates
    Hace 17 años

    Siempre leo todos sus articulos pero este me quedo debiendo esta vez no tenias nada bajo la manga el tigre si la cola entre el rabo

  6. JOSE GUEVARA BERRIOS
    Hace 17 años

    HOLA; SERA QUE EL SR.SERGIO RAMIREZ QUIERE QUE TODOS LOS POLITICOS QUE HAN SANGRADO, DESHONRADO Y VILIPENDIADO A
    NUESTRA «NICARAGUA» SALGAN A DECIR EN PUBLICO TODOS LOS
    PECADOS QUE HAN COMETIDO EN CONTRA DE NUESTRA TIERRA Y SUS POBLADORES. SI ES ASI, QUE LO DIGA AHORA O CALLE PARA
    SIEMPRE. GRACIAS

  7. james vega
    Hace 17 años

    Para losmashonrados;
    A TI TE DAN UN PUERQUITO, Y CREES QUE CON ESO VAS A ACOMER EL RESTO DE TU VIDA, DANIEL PUEDE PERDIR EL PERDON QUE QUIERA , PERO UNA COSA ES , HACERLO VERDADARAMENTE DE CORAZON Y OTRA ES, BURLARSE DE TODOS LOS PEND…. COMO TU.

  8. felo
    Hace 17 años

    Maldito, sergio ramirez, vos, sos uno de los culpables, de todo lo que paso en nicaragua, apoyaste, a todos, los del frente y lo seguis, haciendo , maldito, marica.

  9. Pienso ergo existo
    Hace 17 años

    Lo que no dice el autor pero que se puede deducir entre sus palabras es que en Nicaragua NO existe un «mea culpa,» una confesion para exorcizar los males del pais ni las verguenzas de un dictador que NUNCA admite error.
    Seria inconcebible imaginarse que Ortega pudiera algun dia reconocer sus asaltos y atropeyos al pais, al contrario, siempre justifica sus acciones con mas malvadas acciones. Redencion no es parte del vocabulario de un tirano.

  10. megallonic
    Hace 17 años

    Ciertamente hay doble moral en toda sociedad, principalmente en la norteamericana, que tienen que presenciar el show de arrepentimiento público cual plaza romana y conceder perdón al ofensor cual Dioses….

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