El jueves de esta semana, 25 de febrero, se cumplirán 20 años del triunfo electoral de la Unión Nacional Opositora (UNO) y doña Violeta Barrios de Chamorro, quien pasó a la historia como la primera Presidenta de Nicaragua y en Centroamérica.
En aquella histórica ocasión, por el medio cívico por excelencia de la elección popular —cuando ésta es libre, limpia y transparente, por supuesto—, se puso fin a una dictadura pro comunista de corte totalitario. Y de esa manera se abrió en Nicaragua el camino al establecimiento de un sistema de gobierno verdaderamente republicano, basado en la libertad y la democracia, que desafortunadamente sólo duró 16 años.
La experiencia de aquella gesta cívica democrática adquiere una mayor significación en las circunstancias actuales, cuando el pueblo nicaragüense es avasallado otra vez por el mismo caudillo autocrático, al que derrotó electoralmente y derrocó cívicamente el 25 de febrero de 1990. Por eso, de nuevo está a la orden del día la lucha por elecciones libres, limpias y honestas, vigiladas por observadores independientes nacionales y extranjeros, organizadas por una institución electoral que esté integrada por personas respetables y confiables, por árbitros imparciales y honestos que inspiren confianza en que los votos serán contados y asignados correctamente. Hoy día, otra vez hay en el país un régimen autoritario y una oposición mayoritaria pero desorganizada y dividida, por lo que es imperativo unificarla en una gran fuerza organizada superior a la del poder establecido. También como hace 20 años, en la actualidad es necesario encontrar al líder o el liderazgo que sea capaz de encantar a la población, de devolverle la esperanza y de conducirla a la victoria cívica democrática, del mismo modo que ocurrió en las elecciones del 25 de febrero de 1990.
Sobre esas y muchas otras lecciones de aquel capítulo complejo y rico de la historia nacional, como fue la victoria electoral de la UNO y de doña Violeta sobre la dictadura de Daniel Ortega y el FSLN, hay que reflexionar para aprovechar las experiencias y aplicarlas creativamente en las actuales circunstancias.
Ahora, cuando se habla de la unidad de las fuerzas políticas y sociales democráticas que se necesita para derrotar al régimen autoritario de Daniel Ortega, a menudo se idealiza a la UNO de 1989-1990 como si hubiera sido un perfecto instrumento aglutinante de la oposición. Pero en ese entonces, igual que en la actualidad, había mucha dispersión, menudeaban las rivalidades por diferencias ideológicas y por pequeñeces políticas y personales, sobresalían los complejos de superioridad de algunos grupos con respecto a los otros, el terreno político estaba minado con desconfianzas y trampas de toda clase. Es cierto que en aquel tiempo aún no se había deteriorado tanto la moralidad política, como ahora, y todavía se luchaba por ideales y principios. Pero también gravitaba la ambición de cuotas de poder, de puestos públicos y beneficios a expensas del Estado. Y las dificultades para que los integrantes de aquel mosaico de grupos políticos se unieran en una gran coalición electoral, eran prácticamente tantas como las que hay ahora.
Fue necesaria mucha paciencia y perseverancia, así como la valiosa cooperación de gobiernos democráticos de otros países, para que el realismo político impregnara la conciencia de los dirigentes de los grupos opositores, para que se convencieran de que sólo uniéndose podrían sacar del poder a la dictadura, y construir el escenario institucional democrático para que cada partido pudiera demostrar después cuál era su verdadera fuerza y arraigo en la sociedad nicaragüense.
De ese modo fue que se pudieron unir los catorce partidos políticos que formaron la Unión Nacional Opositora (UNO), y aún así, por su propia voluntad seis grupos menores quedaron al margen.
E pluribus Unum, reza la frase latina que significa “de muchos, uno”, la cual se atribuye al gran poeta romano de la antigüedad, Virgilio Publio Marón. Esta frase fue adoptada como lema nacional por las trece díscolas colonias norteamericanas, que se unieron para poder derrotar al imperio colonial británico y a fin de poder construir ese gran país libre, democrático y próspero que es Estados Unidos de Norteamérica.
Ahora, en Nicaragua, de muchos partidos democráticos y opositores que hay, se debe de hacer un sólo frente opositor. Igual que ocurrió en las elecciones del 25 de febrero de 1990, sólo unidos todos en uno se podrá derrotar al régimen de Daniel Ortega y sus pretensiones de reelegirse y restaurar la dictadura. Únicamente de esa manera se podría volver a crear en el país las condiciones de libertad y democracia, y las oportunidades para que cada quien pueda demostrar después su fuerza particular y la validez de su programa.
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