Para honrar su memoria de Rubén Darío, la Asamblea Nacional instituyó la Orden Rubén Darío por Decreto Ley de 15 de febrero de 1947, aprobado por la Asamblea Nacional Constituyente el 8 de agosto de 1950, como máxima distinción de la República de Nicaragua.
Pero luego del triunfo de la revolución sandinista (¿nihilista?) en 1979 y la instalación del gobierno totalitario del FSLN, bajo la jefatura de Daniel Ortega, éste no tuvo mejor idea que abolir dicha orden mediante Decreto 927 de fecha 27 de enero de 1982, para sustituirla por la llamada “Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío”. Semejante despropósito fue corregido por el gobierno del presidente Enrique Bolaños, quien mediante Ley No. 433 restableció la orden original el 12 de julio de 2002. Ahora, durante el segundo período frentista y con el mismo Ortega en control total del Estado, el gobierno sandinista reincidió en su disparate y derogó nuevamente la Orden Rubén Darío para reinstituir la “suya”.
Resulta inexplicable que el gobierno frentista persista en su obstinación y trate de menoscabar la memoria de Darío haciendo alusión a una supuesta “independencia cultural” de Nicaragua, de la que el poeta sería el principal abanderado. Cabe preguntarse ¿independencia de quién? Dejemos que sea el propio Darío quien responda a esta interrogante:
“Yo siempre fui, por alma y por cabeza,
español de conciencia, obra y deseo,
y yo nada concibo y nada veo
sino español por mi naturaleza”.
Entonces, ¿de qué independencia cultural hablan los sandinistas cuando nuestra máxima gloria se reconoce como un español más “por la lengua divina”? Pretender que Nicaragua se independizó culturalmente de España en 1821 es ignorar que el propio Darío se proclamó español “por voluntad de mi sentir vibrante”. La cultura nicaragüense existe, qué duda cabe, pero está ligada inexorablemente a la herencia hispánica y se ha enriquecido con los aportes criollos del mestizaje, del cual Darío es el principal exponente.
Darío es culturalmente español, sí, pero no deja de ser por ello nicaragüense, centroamericano, chileno, argentino, mexicano, americano en suma. Absorbe con sed insaciable todo el tesoro de los grandes forjadores del idioma, pero no sólo se impregna de su sustancia sino que lo asimila y lo transforma en quintaesencia, como dice Unamuno, para devolverlo con otra luz, con sonoridades distintas, con un sello propio e inconfundible. Darío encarna mejor que nadie la síntesis del mestizaje étnico y cultural hispanoamericano. Es la voz de la nueva España americana que sacude y conmueve a los escritores del antiguo solar. Escribe, como él mismo lo afirma con orgullo a don Miguel de Unamuno, “con una pluma que me quito debajo del sombrero”, en alusión a una ironía del rector de la Universidad de Salamanca, quien había dicho que a Darío se le veían las plumas del indio debajo del sombrero. ¡Cuánta razón tenía Rubén en 1892 al proclamar, durante las festividades del IV Centenario del Descubrimiento de América, su fe en un destino común para América y España!
La misma torpeza cometieron los sandinistas en su primer gobierno cuando abolieron la Orden de San Jacinto, creada en 1956 en ocasión del primer centenario de la batalla de mismo nombre, para rendir homenaje a la memoria del Gral. José Dolores Estrada, sólo porque dicha orden había sido creada por “la dictadura somocista”. No contentos con ello, abolieron también la Orden Nacional Miguel Larreynaga, instituida en 1971 en homenaje al más ilustre exponente de nuestra nacionalidad en ocasión de la inhumación de sus cenizas en la Catedral de León en el bicentenario de su nacimiento.
¿Hasta cuándo seguiremos permitiendo que los sandinistas continúen degradando y manoseando los símbolos de nuestra nacionalidad, como lo hicieron con el adefesio caricaturesco de escudo nacional que figura en el membrete de la papelería oficial? Los nicaragüenses patriotas debemos actuar para que Nicaragua vuelva a ser República.
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