Laura Chinchilla, Presidenta electa de Costa Rica, fue muy acertada al afirmar que el narcotráfico es la principal amenaza que se cierne sobre su país, ya que se trata del peor cáncer social que existe; añadió que uno de sus primordiales retos será la lucha contra el crimen organizado.
Las palabras de la distinguida dama tienen su razón de ser y auguran éxito a su Gobierno, por cuanto revelan plena conciencia de lo que actualmente sucede y de las acciones que se emprenderán para defender a la sociedad costarricense y afianzar su dignidad y progreso. ¡Bien por ello!
El crimen transnacional organizado, mediante astutas y poderosas redes de alcance universal, avanza especialmente en América Latina y el Caribe; tiene al ruin negocio de las drogas como su punta de lanza. La situación geográfica de la región, se ha convertido en estratégica para los narcos que llevan sus prohibidas sustancias a los grandes centros de consumo. Con ello, se incrementan nocivas actividades conexas, como la violencia, el lavado de activos y la corrupción.
Los carteles colombianos, estrechamente vinculados a las FARC, que no han perdido activismo y peligrosidad, dentro de su maléfico expansionismo, singularmente hacia Panamá, Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil y los países de América Central y caribeños, se han aliado a sus similares mexicanos que han convertido al territorio azteca no únicamente en bodega de las prohibidas sustancias sino en proveedor de marihuana, metanfetaminas y heroína.
También en México, la virulencia armada vinculada al narcotráfico ha ocasionado, en los últimos tres años, más de 17 mil víctimas, no pocas decapitadas, como producto de masacres que espeluznan. A lo anotado, referente para Latinoamérica, se debe añadir que la corrupción penetró altos estamentos políticos, económicos y sociales, inclusive de las propias fuerzas encargadas de combatir al narcotráfico, como lo demuestran las prisiones de dos de los máximos jefes policiales que cobraban abultadas coimas a los delincuentes.
El Presidente Felipe Calderón declaró que el crimen organizado no actúa de manera aislada ni solo en los ámbitos nacionales, por lo que debe ser enfrentado de forma sistemática y comprometida a nivel internacional, para lo que se vuelven necesarias iniciativas como la de Mérida que, exitosamente y con el apoyo externo, se cumple en la República mexicana. Estas aseveraciones, producto de la experiencia que es sabiduría, tienen que ser escuchadas y aplicadas, sobre todo en los pueblos que requieren apoyo internacional, por sus limitados recursos económicos y técnicos, mientras el narcotráfico desborda en dinero turbio que posibilita la compra de avanzada tecnología y la conciencia de autoridades sin bases éticas, para que impere la inmunidad y la impunidad de los capos.
No se debe olvidar que el narcotráfico es un enemigo común y de responsabilidad compartida de las naciones, que desafía a las cardinales potencias del mundo, con mayor razón a los pueblos desarrollados o en vías de desarrollo que, por sus propias y precarias condiciones socioeconómicas, son más vulnerables a la infiltración y efectos devastadores de esta colosal transnacional del delito.
Detener el avance del narcotráfico y de sus actividades conexas constituye objetivo prioritario de la civilización.
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