Recuerdo que impartiendo unaconferencia sobre los alcances de sujetos con clasificación en la psicología por su modo de ser y actuar, y definidas como prebendarias y con menosprecio de su persona, enfoqué el actuar de los aduladores y de paso, de los bufones.
De los primeros, en nuestros trópicos existen variadas especies y en nuestra querida Nicaragua sobresalen los aduladores que usan con maestría la lisonja y la intriga. De los bufones, podemos registrar todavía su existencia en menor escala. El adulador usa con mucho tacto las herramientas que le facilitan conocer los procedimientos domésticos y las actividades de personas que llegan a ocupar cargos públicos cimeros.
Al adulador muchos lo ubican en la negra categoría de muy despreciable servil Y de los bufones hay mucha historia en los salones de gobierno de reyes, emperadores y dictadores.
El adulador miente, falsea a su gusto la verdad de los hechos históricos y todo lo pinta color de rosa a quien le paga buenos honorarios y le otorga prebendas por su acostumbrada tarea de aprobar las ocurrencias absurdas y disparatadas del patrón.
Vale la pena en esta sección, y sobre este tema, una simpática anécdota que vivió en un momento cumbre de su mandato el emperador Napoleón Bonaparte (1769-1821). Su padre, el abogado Carlos Bonaparte, asegura que Napoleón, emperador de los franceses con muchos triunfos militares, vio declinar su estrella muy brillante como militar y codificador, con sus fracasos guerreros en España (1808) y su aventura fracasada en contra de Rusia (1812).
Pues bien, Bonaparte tuvo noticias no confirmadas de que la población francesa, en especial en los mercados de París y en las cafeterías, cuando se refería a él lo mencionaba con desprecio. Esto lo obligó a llamar una mañana con urgencia a sus tres inmediatos consejeros y los interrogó sobre las noticias recibidas y éstos a una sola voz dijeron: “Nada de eso, Emperador, en absoluto. Más bien le señalan a usted, Majestad, como bondadoso y paternalista”. Ordenó Napoleón que se retiraran y llamó a su ama de llaves y a la jefa de cocina y les hizo la misma pregunta sobre los decires del pueblo y éstas con la cabeza baja, nerviosas, dijeron una a una: “Emperador nuestro, es cierto, de usted hablan barbaridades y se nota en los corrillos que lo desprecian”.
Ante esta situación dispuso Napoleón ir con sus consejeros que todo le pintaban color de rosa, disfrazados de campesinos al mercado, preguntando por los precios de los productos alimenticios, y se alarmaron los disfrazados por los elevados precios, y dijo Napoleón, fingiendo la voz: “¿Y estos precios altos a qué se deben?”; y le contestaron: por culpa del viejo Napoleón, que nos amarga la vida, pero ojalá —dijo otra del mercado— la muerte se lo lleve pronto. Los consejeros aduladores vieron en la cara de Napoleón un rencor tremendo y llegado al palacio Napoleón les dijo en alta y clara voz: “Se retiran de aquí ya y voy a pensar si los mando a fusilar”. Luego hizo llegar a su bufón y le dijo a gritos: “Baila, baila”. Y agregó: haz piruetas, como lo hace Arlequín, para que se me baje la arrechura.
Este episodio pasó a una película sobre la vida de Bonaparte y se registra también en un estudio que hizo un periodista italiano sobre el emperador.
Dios quiera que los aduladores, serviles y bufones terminen, en estos trópicos, encarcelados.
El adulador miente, falsea la verdad de los hechos y todo lo pinta color de rosa a quien le paga buenos honorarios y le otorga prebendas por sus adulaciones
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