“No se pueden reinventar en cada gobierno los objetivos estratégicos del país”
Soledad Alvear (Cancillera chilena, 2003)
Hace un par de años un lector tuvo la bondad de sugerirme que por este honorable medio abordara un modelo de desarrollo proveniente de naciones latinoamericanas y no de otros continentes, y ahora que un caballero muy respetable me lo sugirió nuevamente, lo considero un deber hacerlo.
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Muchos pueblos latinoamericanos como el nuestro figuran como modelos de estudio concienzudo, tópicos que inspiran reflexiones profundas en las tertulias dominicales o que fluyan ríos de tinta en los medios impresos más importantes de la región pero hasta ahí llega el encanto. Tales inspiraciones ocurren de la manera que sus protagonistas menos quisieran ¡oh no!, todo lo contrario, son motivos para encontrar el ganador del sitial de honor de: El Señor Presidente y todo lo que NO debe hacerse para dirigir un país, o mejor aún, todo un manual detallado con ilustraciones full color y edición de lujo de cómo se puede llevar un país medianamente pobre a uno totalmente endeudado —cualquier relación con “El Manual del perfecto idiota latinoamericano” es pura coincidencia—.
Efectivamente se puede apreciar cómo figuran algunos líderes suramericanos en los más influyentes medios de comunicación sugiriendo que sus sistemas económicos y directrices gubernamentales han inyectado prosperidad a la región. Una declaración demasiado osada si se toma en cuenta un estudio publicado por el diputado socialista alemán Rolf Linkohr, presidente de la Comisión de Relaciones de América Latina con el Parlamento Europeo, en el que cita: La participación del continente en el contexto mundial será irrelevante para el 2020 y, si sigue así, lo será aún más, a excepción de Chile y, quizás, Brasil.
Lo que nos lleva a reaccionar y hacer hincapié en el modelo chileno y los acontecimientos recientes: La Presidenta saliente Michelle Bachelet ocupa el puesto de honor de ser la primera gobernante de su país en ostentar el 81 por ciento de popularidad entre sus gobernados, una cifra récord en la historia política chilena. ¿Cómo ha sido posible? Porque decidieron gobernar para una nación y no una fracción de ella; facilitaron las condiciones de un liberalismo económico —una paradoja si hablamos que la izquierda tradicional es una línea de pensamiento dura anticapitalista— y la privatización de las empresas; se insertaron en un sistema globalizado donde las habilidades diplomáticas y buen juicio —¿una lección para Nicaragua?— permitieron que las negociaciones, ya sean en el rubro económico, educativo y social a nivel doméstico e internacional, no llegaran a un punto de ruptura, sino que se mantuvieran en un punto más favorable para todos los involucrados, promoviendo un clima de estabilidad entre lo que se pregona y lo que se efectúa.
Semejantes acciones suman no sólo popularidad sino respeto, confianza y admiración que suelen ser bienes intangibles muy preciados, y los chilenos lo saben. Los principios y valores éticos son cuestiones no negociables —y estoy absolutamente segura que es también la opinión de la gran mayoría de mis conciudadanos nicaragüenses—.
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