Deborah Pasmantiert
PUERTO PRINCIPE/ AFP
En el extremo de una barriada mísera de una colina de Puerto Príncipe, el colegio de las Hermanitas de Santa Teresa es un espacio de desolación, con cientos de cadáveres de niños bajo los escombros y sin nada para los supervivientes.
Como era por la tarde, el día del cataclismo los mayores no tenían clase. Casi todos se salvaron. Pero los más pequeños quedaron atrapados entre el hormigón del colegio, destrozado por el terremoto. Unos 150 alumnos de entre seis y quince años, dicen las monjas.
Durante dos días, con las manos como única herramienta, las religiosas lograron rescatar un centenar de heridos, pero sin medios, sin auxilio y con la ruta bloqueada por los escombros, no pudieron darles atención médica ni evacuarlos lo bastante rápidamente, y unos 30 niños rescatados murieron.
“Pusimos a los muertos y a los vivos en aquella terraza, los padres se llevaron los muertos en los brazos y transportaron los heridos en puertas transformadas en camillas improvisadas” por las sinuosas e insalubres callejuelas de la barriada de Carrefour, cuenta la hermana Gisèle Chaperon.
Nadie ha venido desde entonces al lugar, donde quedan refugiadas unas sesenta personas, incluyendo niños minusválidos. Ni socorristas para salvar a eventuales supervivientes bloqueados bajo los escombros o retirar cadáveres, ni ayuda médica ni alimentaria.
Las monjas, que no tienen ni agua ni comida, han pedido ayuda en vano. Ahora, son sólo las familias pobrísimas de la villa las que las ayudan con algunas frutas.
Antes lo habitual era lo contrario, eran ellas las que se ocupaba de esas familias y de pequeñas como Rosena, que pasó diez años con las mojas y soñaba con tomar cursos de pastelería para ayudar a su mamá, pero que ahora está sepultada bajo los escombros.
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