En cada vacación me propongo agregar nuevos autores a mis lecturas que usualmente giran en torno a escritores clásicos. O releo mis siempre preferidos: Borges, Stevenson, Neruda, Paz, Savater, Zweig, Kipling, Verne, García-Márquez, Gironella. Así, decidí leer, por primera vez, a Paulo Coelho. Pero no faltaron las críticas. (¿Cuándo la humanidad verá sólo el bien sin entramparse en la maledicencia?). Y sobraron los que me dijeron que no leyera a ese autor de poca substancia.
Agrego a ello que un renombrado escritor acaba de publicar un artículo en el cual cuestiona la calidad de Dan Brown por ser simplemente un redactor de «Best sellers».
Me atolondró leer esto sumado a los comentarios innobles para Coelho.
Ciertamente, leí: Ser Como el Río que Fluye, El Demonio y la Senorita Prym, La Quinta Montaña, y El Peregrino. Todos me parecieron interesantes por su trama, por su estilo sobrio, por su destreza para no aturdir al lector, y por el estilo milyunanochesco con que escribe sus relatos. Hay un algo de Sherezada en él.
Sin dudas, su prosa no es la de Balzac o la de Dostoievsky, en cuanto a detallismos sociales o profundidades sicológicas. Al contrario, es sencillo. Pero lo sencillo, no necesariamente implica carencia de belleza. Escribe sin la prolijidad barroca de adjetivos colmenares. Coelho es más bien ánglico: frases cortas, simples, y desprovistas de andamiajes poéticos. Escribe como si hablara un detective que conjetura o un profeta que revela designios divinos. No lo enlata todo para que nos atolondre su jardinería. Su narrativa espolea la intriga y el asombro; no cae en el impresionismo lírico. Nos impele con su trama del enigma a la moraleja. Para él lo importante es la imaginación del argumento, no el detalle; para él lo motriz es la trama final, no el carrouselismo momentáneo. Todo lo que sucede en su obra es universal; no se encajona en el criollismo provinciano.
Descubrí a un nuevo autor. Eso me satisface. Basta.
¿Por qué tenía que leerlo y compararlo y calificarlo? Toda obra artística, aunque no sea cimera, siempre tiene su propia luminosidad estética. No hay por qué crear categorías o escalafones. El arte no es pirámide social o índice financiero. Ni revista Forbes.
Pero siempre me atrapa la tristeza de ver que haya quienes ven de menos a los que se ganan la vida por el mismo oficio, aunque, tal vez, los otros nunca se estén comparando con uno.
¿Por qué tildar a quien no tiene la culpa de vender millones de libros y vive bien por sus obras traducidas a 63 idiomas? ¿Por qué hablar sin bondad de algún tocayo de oficio si éste no persigue ser un Camoens, Queiros, o Machado de Assis?
Coelho tiene su propio estilo. No es denso como algunos prosistas franceses o alemanes que no develan lo literal, sino que obligan al lector a desentrañar metáforas, mitos griegos, acertijos insolubles que persiguen dilucidar o experimentar con viejas reflexiones harto intelectuales.
¿Y ya por eso Coelho es menos que los clásicos o es digno de una bajeza adjetivable de otros narradores?
¿Por qué alguien tiene que ser comparado con otro si el mundo no es competencia para ver quién sea mejor? ¿O es que hay quienes no se sientan bien con los logros de los demás, que en nada le restan a los de oficio parecido? En este mundo hay cabida para todos. ¿Por qué no alegrarnos del que tiene, del que triunfa, del que es, o simplemente del que vive su vida con lo poco que Dios le haya dado sin hacerle daño a los demás?
El autor es ingeniero
Ver en la versión impresa las páginas: 13 A