Por Douglas Carcache
Después de leer la tesis de Moisés Hassan Morales sobre la personalidad verdadera de El Güegüense y pasajes desconocidos, o quizás olvidados, del “revolucionario” Daniel Ortega y otros líderes del Frente Sandinista (FSLN), uno se pregunta cuánta hipocresía se oculta, por ejemplo, detrás de la devoción de éstos ante personajes como Fidel Castro.
En público y con una retórica servil alaban a Castro como si fuese un dios, pero detrás existe un dios más poderoso y verdadero para ellos: el poder y el dinero. Asimismo, en público exaltan a los pobres y prometen sacrificios por ellos, pero en realidad sólo les utilizan como soportes para conservar el poder.
Eso se percibe en el libro La Maldición del Güegüense, de Hassan, quien relata episodios clave de la insurrección contra la dictadura de Anastasio Somoza y del posterior gobierno sandinista, cuando el autor participó primero como guerrillero y, después, como miembro de la Junta de Gobierno, Alcalde de Managua y Viceministro del Interior.
No sólo cuenta anécdotas reveladoras de la mezcla de “soberbia, fanatismo, ambición, rencores, inescrupulosidad, servilismo, ignorancia y corrupción” predominante en la dirigencia sandinista, que gobernó Nicaragua entre 1979 y 1990, sino que plantea una interpretación nueva de ese personaje de la obra teatral del mestizaje en Nicaragua, El Güegüense.
Desecha la versión tradicional de “un luchador que, abrumado por la superioridad material de su dominador (español), lo hostiga apelando al último recurso de los oprimidos sin remedio: la burla”, porque Hassan ve lo contrario en ese personaje, tanto en la época postcolombina como en la década de 1980, cuando El Güegüense resurge con poder y aún persiste.
“En el proceder indiscriminadamente burlón de El Güegüense a mí me resulta difícil ver una actitud política”, afirma al desmenuzar la personalidad “profundamente corrupta e irresponsable, huérfana de principios, valores y sobre todo dignidad y autoestima”.
Al revivir momentos con personajes de la revolución sandinista, Hassan muestra los rostros ocultos por las máscaras. Recuerda, por ejemplo, cuando llegó a la oficina de Daniel Ortega, recién el triunfo, para advertirle que dos funcionarios del gobierno encargados de hacer importaciones, con divisas en efectivo, tenían antecedentes de andar en negocios sucios desde la época de Somoza.
Ortega, sin ningún asombro, le respondió que era innecesario investigar a esos funcionarios porque él ya sabía que eran ladrones. No tenía la menor duda. “La diferencia es que ahora van a robar para nosotros, para la revolución”, le habría dicho Ortega a Hassan.
Años después, como Viceministro del Interior y encargado de controlar el presupuesto de esa entidad, Hassan descubrió que funcionarios que hacían las importaciones desde Panamá alteraban los precios de los productos hasta cuatro veces, robándole al Estado. Documentó casos y presentó la denuncia ante el ministro Tomás Borge, quien prometió investigar y jamás lo hizo, a pesar de las pruebas.
Imaginen lo que podía pasarle a un ciudadano si en esa época hablaba mal de Fidel Castro, inspirador y protector del FSLN, según los discursos oficiales. Sin embargo, en la intimidad los líderes sandinistas “se gastaban bromas poco amables a expensas de Castro”, recuerda Hassan. “Tal vez lo más cortés que alguna vez pude escuchar es que Fidel ya era un anciano obsoleto”. Así actúa El Güegüense, porque “es algo más que un vulgar jodedor: es también un personaje altamente ambicioso, un oportunista”. Y sigue gobernando.
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