Por Silvio Avilez Gallo
No hace falta ser un gran filósofo o profundamente religioso para darse cuenta que vivimos en una sociedad donde sobresale y predomina la maldad, que también llamamos espíritu del mal. A diario, los periódicos y los noticieros destacan hechos delictuales perpetrados contra gente indefensa y de los que también son víctimas hasta ancianos incapaces de oponer resistencia a sus despiadados agresores. La violencia parece ser parte del «progreso» que hemos alcanzado y del cual nos vanagloriamos, sin percatarnos que a medida que los adelantos de la tecnología nos causan asombro, no es menos cierto que nos hemos deshumanizado y hemos perdido muchos de los valores que cultivamos a lo largo de siglos y que han marcado la superioridad moral del hombre racional.
Pero al hablar de maldad es preciso diferenciar entre quienes cometen un acto intrínsecamente malo (asalto, homicidio, secuestro) para obtener algún beneficio personal (dinero, bienes), y aquéllos que se dedican a sembrar el mal sólo por el placer de hacer daño. En el primer caso, hay una relación de causa a efecto (robo para apropiarse de un bien ajeno; conseguir dinero fácil sin tener que trabajar), en tanto que en la segunda hipótesis, el daño se hace per se (caso del terrorista que hace estallar una bomba en un lugar atestado de público), sin que ello le signifique o reporte algún beneficio personal, sino solamente la «satisfacción» de haber sido instrumento de una fuerza maligna. Estamos, por consiguiente, frente a dos tipos de acciones que se diferencian no tanto por el medio empleado como por la finalidad perseguida.
Los ejemplos del primer tipo abundan y son objeto de investigación y prevención por parte de las fuerzas policiales. Los particulares pueden colaborar mostrándose alerta y tomando las medidas necesarias para protegerse de los maleantes. Por desgracia, no resulta fácil prever o prepararse para hacer frente al segundo tipo de acciones criminales, ya que existen hasta escuelas especializadas donde preparan a los vándalos o terroristas a fin de «perfeccionarlos» en el arte de matar o destruir. Imborrable en nuestra mente perdura el horror apocalíptico de la alienante escena del derrumbe de las torres gemelas en Nueva York aquel aciago 11 de septiembre de 2001, obra de androides desquiciados que se dicen seguidores de un dios que en verdad encarna la forma más perversa de maldad.
Hace poco las noticias informaron del intento de un pasajero que estuvo a punto de hacer estallar un avión con 278 pasajeros cuando el aparato se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Detroit, después de un vuelo sin escalas desde Ámsterdam. Resultó que el terrorista trabaja para Al-Qaeda, pero vio frustrados sus siniestros planes por la valentía de la tripulación y algunos pasajeros. De haber tenido éxito, a estas horas estaríamos lamentando una terrible catástrofe. Los movimientos terroristas -entre los cuales destacan varios dirigidos por la izquierda antidemocrática- pretenden alcanzar sus fines sembrando desolación y muerte indiscriminadamente, como medio de lograr sus aviesos propósitos. La última acción de las FARC, al secuestrar y luego ejecutar salvajemente al Gobernador de Caquetá en Colombia, estremece la esencia misma de humanidad que se supone tenemos los seres humanos. ¡Y pensar que hay quien llama «hermanos» a estos asesinos…!
Tal pareciera que el mundo está en manos de las fuerzas del Maligno, también llamado Príncipe de las Tinieblas, y que los días de nuestra civilización están contados. ¿Qué otra explicación cabe cuando un padre asesina salvajemente a golpes a su pequeño hijo de dos años, o cuando una madre causa la muerte de su vástago para vengarse de su marido? ¿O cuando jovenzuelos se apostan en las autopistas para lanzar piedras a los automovilistas que transitan velozmente, sólo para experimentar el «placer» de presenciar una tragedia? Para no hablar de quienes causan intencionalmente gigantescos incendios forestales que reducen a cenizas miles de hectáreas, precisamente cuando los gobernantes del mundo tratan de ponerse de acuerdo para combatir el calentamiento global que amenaza con destruir el planeta Tierra, hasta ahora nuestra única morada en el universo.
Definitivamente algo huele mal pero no en Dinamarca, como afirmó Shakespeare en una de sus geniales creaciones literarias, sino en todo el mundo, como reflejo de la podredumbre que algunos llevan en el alma.
Tal pareciera que el mundo está en manos de las fuerzas del Maligno y que los días de nuestra civilización están contados. ¿Qué otra explicación cabe cuando, por ejemplo, un padre asesina salvajemente a golpes a su pequeño hijo de dos años?
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