Los sucesos recientes en nuestra costa caribeña, donde una patrulla del ejército fue emboscada con resultado de dos militares muertos y una feroz persecución posterior de los supuestos autores, marcan otro capítulo más en la llamada guerra a las drogas que se viene desarrollando desde hace décadas en diferentes países, sin resultados halagüeños para las autoridades. Todo lo contrario: el tráfico de drogas no ha disminuido, sino ha aumentado más bien su caudal hacia los principales mercados con potencial económico y, sobre todo, hacia el más lucrativo como es el de los Estados Unidos de Norteamérica.
Digámoslo pronto: la guerra contra las drogas es una guerra perdida. Una guerra perdida desde sus inicios y que jamás ha puesto en jaque a los fabricantes y surtidores del producto. Más bien se hace sospechosa la actitud de muchas autoridades en muchos países, al extremo que hace creer a muchos que alguna involucración tienen en el asunto. Y hablamos de autoridades de todo tipo, desde los encargados de perseguir a los que delinquen, los que administran justicia y de todos los organismos involucrados en esto. En Nicaragua se tienen demasiados ejemplos para ilustrar lo anterior, si no, recordemos el caso de unos dólares del narcotráfico desaparecidos de una cuenta bancaria en donde hasta un magistrado de la Corte Suprema de Justicia salió bailando. ¿Se llegó hasta el fondo en el caso? Por supuesto que no. Si a esos niveles hay corrupción, ¿qué se espera de más abajo?
La ecuación es simple. Mientras exista demanda, habrá oferta. Y una oferta que siempre existirá sin importar para nada si está prohibido hacerlo o no. Para los oferentes es aún mejor esa prohibición porque aumenta el precio, so pretexto de mayor riesgo. En los años XX del siglo anterior se dio una prohibición del alcohol en Estados Unidos por una ridícula ley, tan ridícula como la que prohibió las drogas en ese mismo país a mediados de siglo. ¿Disminuyó el consumo o el problema? Claro que no, más bien aumentó y dio lugar a la creación de poderosas bandas de crimen organizado con nombres mafiosos muy recordados a la cabeza. Se levantó al poco tiempo la prohibición y se reguló el consumo y distribución del alcohol, que al fin y al cabo es una droga tanto o más dañina que muchas drogas prohibidas actualmente, incluido el tabaco que también es droga legal y tremendamente dañina.
Un mercado que mueve más de 300 mil millones de dólares alrededor del mundo es un pastel demasiado atractivo como para dejarlo sobre la mesa sin meterle mano. El negocio da para todos: presidentes, diputados, ministros, jueces, policías, políticos, aduanas, fabricantes, transportadores, vendedores, etc. ¿No será ésa por casualidad la causa por la que no se quiere legalizar el tráfico y consumo de estupefacientes? Da la impresión que la supuesta guerra contra el narcotráfico es de las llamadas “de baja intensidad”, donde se mantiene el dedo en la llaga ante la opinión pública, pero no se aprieta lo suficiente como para sacar todo la pus que hay debajo de ella. ¿Será que hasta que los cárteles de la droga de distintos países tengan dominio completo de países enteros y zonas geográficas extensas en otros, que se pensará hacer lo que desde un comienzo se debió hacer, o sea, legalizar la droga? ¿Hasta tener la soga al cuello vamos a percatarnos que esa guerra y esa corrupción que genera pudieron más que cualquier otra propuesta? Al paso que vamos, pronto llegaremos a ese punto y, lo peor, terminarán al final legalizándolas, pero dejándoles un inmenso poder a bandas mafiosas internacionales.
En nuestra Costa caribeña el problema ya es imposible de ocultar o soslayar. ¿Podremos esperar algo bueno en ese renglón de las drogas para el resto país? Del área centroamericana somos los más propensos a convertirnos pronto en un narcopaís, aparte del ya fallido país que somos por culpa de los malos políticos y gobernantes que nos hemos gastado. Triste aceptarlo, pero no estamos ni para desearnos felices navidades, mucho menos un próspero año nuevo.
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