Representa una prueba fehaciente de lo acertado de nuestro retiro del Parlacen, el hecho de que su presidente, señor Jacinto Suárez Espinoza, tuviese la osadía y desvergüenza de venir a Panamá a decirle a nuestro país que no puede retirarse del Parlacen.
Osadía y desvergüenza, porque este señor ha mantenido un silencio cómplice ante el enorme fraude electoral que su copartidario y jefe político llevó a cabo en Nicaragua en las pasadas elecciones municipales. También se ha quedado completamente callado ante la manipulación partidaria de la justicia, el uso de turbas para atacar a manifestantes pacíficos, el posible asesinato del Alcalde de Managua, la violación de la hijastra del señor Ortega por él mismo, el acuerdo de reparto de poder entre Ortega y Alemán, y la larga lista de abusos y conducta criminal que adornan al líder de su partido político.
Este mismo señor, junto con sus colegas, se ha quedado callado ante el posible asesinato de estado de un ciudadano guatemalteco, que dejó póstumamente una acusación directa al Presidente de ese país en caso de que fuera asesinado, como en efecto sucedió.
Precisamente, son Nicaragua y Guatemala, países gobernados por personajes seriamente cuestionados en su honestidad y capacidad, los que se han opuesto a que Panamá se retire de esta organización inoperante que nació conceptualmente errada y que no tiene ninguna función relevante.
Ahora resulta que, incluso, se ha destapado una conexión de narcotráfico con los miembros de ese mal llamado parlamento, bajo cuyo amparo se refugiaban (¿refugian?) personas de calaña tal que han quedado involucrados en asesinatos por pleitos de drogas.
Y es que, no sólo el Parlacen no ha tenido ninguna función de importancia para la supuesta integración regional, sino que el concepto de Parlamento es un concepto ajeno a la organización política de sus naciones integrantes. Todas son repúblicas presidencialistas, con división de poderes. Encima, el propio Parlacen no se ajusta al concepto de Parlamento, ya que no tiene ninguna posibilidad (y no queremos que la tenga) de promulgar leyes vinculantes para las naciones que la integran.
Definitivamente yo no quiero que un personaje como el señor Jacinto Suárez, que obedece a los designios políticos de un dictadorcito cleptómano, tenga la facultad de promulgar ni un reglamento de tránsito en mi país. Tampoco quiero que lo hagan algunos de los personajes que lo integran y que lo integrarán en el futuro, como el propio señor Ortega.
Panamá tiene interés económico y político en los países centroamericanos, pero ese interés no pasa por un proceso de integración político, sino por un estrechamiento de nuestras relaciones económicas y un fortalecimiento de instancias políticas legítimas que contribuyan a una relación armónica regional y a una defensa real de la democracia y el Estado de Derecho.
Para lograr lo anterior, no hace falta pertenecer al Parlacen. Incluso, un país con clara vocación de integración económica regional, como Costa Rica, nunca ha pertenecido al Parlacen (es curioso, pero no he escuchado que esto signifique que no podrá participar del Acuerdo de Asociación con la Unión Europea).
Panamá debe enfocar su relación con Centroamérica en materia económica. Lograr el acceso a un mercado más amplio para nuestros bienes y servicios. Integrar un sistema de infraestructuras que beneficien a todos nuestros pueblos, como lo son las carreteras, la electricidad y la eliminación de las aduanas. Es decir, una integración económica con libertad de decidir nuestro destino económico según nos convenga, libertad por la cual hemos luchado por varios siglos y que no ha sido hasta fecha muy reciente que la hemos logrado.
Es por esto que Panamá ha acordado con los países centroamericanos un Tratado de Libre Comercio, lo que es cónsono con nuestros intereses y nuestra visión económica como Nación. También pertenecemos a instancias como el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) y el Sistema de Integración de Centro América (SICA). Esta última institución es una instancia política, por lo que debemos analizar con detenimiento si continuamos participando, ya que en Panamá no existe una vocación política para integrarnos con Centroamérica (en especial si nuestros vecinos insisten en tratar de amarrarnos al Parlacen).
El Canciller ha propuesto crear una instancia distinta que suplante al inoperante Parlacen. La idea me parece atractiva, si se trata de una instancia en las que los verdaderos detentores de la soberanía nacional se sientan a debatir asuntos de interés regional. No obstante, debemos asegurarnos que proseguir en esa dirección no permitirá volver a caer en una situación que permita que el lacayo de un dictador venga a decirle al pueblo panameño qué puede o no puede hacer.
Panamá tiene interés económico y político en los países centroamericanos, pero ese interés no pasa por pertenecer al inútil y desacreditado Parlacen
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