Nunca hubiera imaginado yo que un nazifascista en Nicaragua tuviera como cuartel de operaciones una Universidad (la UCC) y que fuese el gallo de “tapada” de su Rector. Ahora, su Rector, diplomático de carrera, nos vino con el cuento titulado “El Careador” para acusarnos de lo mismo que nos acusa su protegido, pero ampliado y desmejorado, en La Prensa Literaria.
Si algo bueno tenemos los galleros es el valor de la palabra y no ser gallo-gallina. Por eso pienso y escribo, a propósito de lo que salió en La Prensa Literaria. Lo que su pupilo había escrito para El Nuevo Diario y don Gilberto Bergman Padilla reeditó como un cuento es la defensa de su huésped, lo cual él no tuvo el valor de expresar: que su Universidad está detrás ese movimiento que maneja millones.
Si Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y el escritor del El Nicaragüense, don Pablo Antonio Cuadra, estuvieran vivos, estoy seguro que lo condenarían. Pero me basta recordar de Pablo Antonio su Salmo de Octubre , en el cual dice: “Dios creó al hombre por Jesucristo” Pablo (Col 1-16). Y en otras de sus partes dice: Y dijo el Padre: “El gallo que no conoció Homero/ llegue a Oriente y cante en el amanecer de mi hijo/ y cantó en Belén con las palomas, /con los grillos y con la estrella matutina /y luego lo oímos obedecer la profecía/ y cantarle tres veces a Pedro en Jerusalén el día /de la iniquidad”.
Está muy equivocado el Rector al creer que ésta es una discusión entre dos corrientes. Mario Tapia no representa ninguna, solamente defiendo lo que conozco y amo como ciudadano y con lo cual se identifican centenares de miles de nicaragüenses. El único que en Nicaragua vive de los millones que maneja la “Sociedad Protectora de Animales y Liberación Animal” es su protegido uruguayo y sus beneficiarios.
Las tradiciones también tienen un gran sentido de clase social. Las fiestas populares de Nicaragua, como las fiestas de San Juan, las corridas de toros y las peleas de gallos tienen una mayoritaria participación de los sectores humildes y pobres del país.
Lo que está en juego aquí con este “proyecto” es la desculturización y la pérdida de nuestras tradiciones centenarias e implantación de valores ajenos a la realidad nicaragüense. No se trata de la maltrecha moraleja que según Bergman Padilla su madre le dijo: “Te fijás, en esta vida el que tiene plata platica y el que no, escucha”. O sea, que los que tienen dinero son los que tienen derecho a hacer lo que quieran, incluso, las leyes de la república.
Para los galleros lo que valen son sus gallos y no el dinero. Y para ser careador en un redondel de gallos hay que tener los de la gallina y bien grandes. No es cualquier “chumbulón” o “porroco” el que es careador. Si no tiene casta, lo espera el agua caliente y las verduras.
Los galleros estamos a favor de una Ley que proteja y dé bienestar a los animales silvestres. Pero estamos en contra de la filosofía nazifascista de dar derechos a los animales. Derechos solamente tienen los seres humanos, porque razonan y tienen obligaciones. Los animales sólo tienen instintos.
Los nicaragüenses debemos defender nuestro derecho cultural y todas las tradiciones y costumbres que son parte de nuestra identidad nacional. Aunque no sean actividades de etiqueta y dulce vida como le gustan al Decano. Que me perdone doña Esmeralda Cardenal, la modernización de un país no se construye matando nuestras raíces e identidad nacional, o con clubes nocturnos de caballeros o damas. Y no crea doña Esmeralda que solo la “chusma” juega gallos.
Se equivoca el Regente, ¿o será porque ha vivido tanto tiempo en el exterior, que ya se le olvidó cómo somos los nicaragüenses? No se trata simplemente de un cuento al estilo de “El Careador”. Muchos nicaragüenses conocen mejor Europa o los Estados Unidos que Nicaragua, y por eso piensan como filibusteros. He tenido la oportunidad, por mi trabajo, de conocer muchísimas partes del mundo (aunque crea el rector que me acabo de bajar del caballo); sin embargo, quiero a mi país y no lo cambiaría por otro. Las fiestas de San Juan, las corridas de toros y las peleas de gallos son nuestras, aunque no les guste a algunos nicaragüenses o a muchos extranjeros. La cultura nicaragüense, buena o mala, no tiene precio y no está a la venta.
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