El sentido cristiano de la Navidad

Carlos Alberto Rosales

Pensaba la otra vez en el sentido que tiene la Navidad en el corazón, en el alma, en el interior de cada persona. Allí donde nadie puede llegar, solo Dios. ¿Cómo sucede ese encuentro personal e insustituible de cada ser humano con Jesús hecho niño? Hay un misterio por descubrir y que va más allá de los regalos, de los aparatos pirotécnicos, de la publicidad, de las compras, los viajes, los campamentos. Ese misterio es Jesús y exige un llamado tanto como una respuesta de nuestra parte.

Nadie es perfecto —excepto Dios—, por tanto en el camino de la vida cometemos muchos errores. Pero es grandioso ver a un ser humano reconociendo sus faltas y proponiéndose con firmeza corregirlas. Mucho más hermoso es plantearse un encuentro con Quien nos espera para hacer de nuestra vida algo más trascendente, que nos permita amar sin ataduras ni egoísmos.

Ese encuentro implica reencontrarnos con nosotros mismos. Y aprovechando la finalización de este año podemos evaluar nuestras intenciones, decisiones y actos. Analizar de qué modo hemos contribuido a que los demás mejoren y crezcan con nuestro ejemplo.

[doap_box title=»ADEMÁS» box_color=»#336699″ class=»aside-box»][/doap_box]

La clave para encontrarse con Dios es la humildad. Mañana viernes 25 de diciembre no puede pasar como una fecha cualquiera en el calendario. Debe ser un motivo para animarnos a cambiar por dentro, a quitarnos la máscara con la que a veces aparentamos lo que no somos. A quitarnos esa cadena que nos ata a la presión que ejercen los demás en nosotros. A veces sucede que por quedar bien no sabemos expresar lo que realmente llevamos por dentro.

Jesús hecho niño espera con paciencia infinita para que esta Navidad —además de ser motivo de una reunión familiar— también nos sumerja en el mar de la sinceridad, del amor, de la fe, de la esperanza. A veces ocurre que por el trabajo, los sucedáneos de la vida y las circunstancias nos vamos alejando de Dios. Nos distraemos con aspectos superfluos.

Navidad no sólo debe ser sinónimo de espera, sino también de amor. Un amor fecundado por la generosidad, por un gesto de desprendimiento, renunciando a algo que valoramos, pero que se lo podemos ofrecer a Dios sin miramientos.

Por si acaso quiero aclarar que quien escribe no es un santo que viene a dar lecciones de cómo vivir mejor la Navidad. Soy una simple persona que intenta recordar que nuestro paso por este mundo es temporal y que no nos podemos pasar la vida estancados en cosas sin sentido. No escribo para obligar ni mucho menos coaccionar a que se acerquen a Dios, porque este tipo de encuentro además de personal es libre. Pero por ser libre no deja de valer la pena. Al contrario, es una de las mejores experiencias que puede llegar a tener una persona. Encontrarse consigo mismo para descubrir que en el alma llevamos a Dios y que esta Navidad es una oportunidad inmejorable para reconciliarnos con Él y evaluar cómo nos ha ido este año; es un acto sublime.

Imagínate por un momento —querido lector— que has entrado a una sala de cine con las butacas vacías. Te sientas en una de ellas, no hay nadie alrededor, tan sólo tú y la pantalla que ahora empieza a proyectar con detalle los sucesos de este año y la forma en cómo tu relación con Dios influyó en menor o mayor modo en tu vida.

Nunca pierdan la esperanza de poder cambiar el sentido de sus vidas, nunca desistan en el intento sano de poder hacer de este mundo un ambiente más agradable para amar a quienes nos rodean. Deseo de todo corazón que ese encuentro llegue a cambiar su vida o al menos el modo de vivirla mejor. [email protected]

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí