Lucy Valenti
Muchas veces me han escuchado decir que el turismo tiene una enorme capacidad de contribuir a la reducción de la pobreza en nuestro país, por la generación de empleos que produce y por el efecto multiplicador que tiene en la economía de un país, pero que sin embargo para lograrlo se requiere de una política de estado.
Tanto es así que los ejemplos de países en los que el turismo ha alcanzado niveles superiores de desarrollo, a partir de la implementación de una política de estado, sobran; y si no, miremos a España, Francia y aquí más cerquita de nosotros a Costa Rica, República Dominicana, México, entre otros, en todos los casos el desarrollo del turismo ha logrado crear riqueza nacional.
Al estar por concluir este año 2009, es importante que reflexionemos todos y en especial los que están en una posición de toma de decisiones, acerca de cuales son las verdaderas ventajas competitivas que tiene nuestro país para ayudarnos a salir del subdesarrollo y del permanente estancamiento de nuestra economía.
Las fortalezas para el desarrollo de la agroindustria y el turismo son incuestionables en Nicaragua, sin embargo nos hemos dedicado por muchos años a trabajar la tierra casi de forma medieval y a desarrollar el turismo sin mucho convencimiento de su capacidad para producir riqueza, sin ninguna visión ni compromiso de país.
Incrédulamente muchos han visto como el crecimiento del turismo en Nicaragua durante este 2009 demostró que a pesar de todas las adversidades que a nivel internacional causaron una reducción en los flujos de turismo en el mundo, a pesar de que los efectos de esa crisis mundial golpearon también a la región centroamericana y a pesar de que la situación interna post electoral de nuestro país causó un clima de incertidumbre, el turismo en Nicaragua creció y produjo prácticamente US$$300 millones de dólares en divisas frescas, con lo cual se convirtió en el principal productor de divisas para el país en este año, contribuyendo sustancialmente a la balanza de pagos.
Esto nos indica el gran potencial que tiene la industria y su capacidad para generar riqueza y divisas. Si todos estamos claros que esto es así, y si todos coincidimos en que Nicaragua no ha desarrollado ni siquiera un tercio de su potencial en este campo, y que el país tiene de sobra posibilidades de estar produciendo más de dos mil millones de dólares por concepto de turismo con sólo impulsar las inversiones privadas y crear nueva infraestructura de servicios, ¿por qué es tan difícil convencer a las autoridades del país de que para acelerar este proceso y lograr dicho resultado en menor tiempo es necesario establecer una política de estado para el desarrollo del turismo?
No logro comprender qué es lo que impide hacer una declaratoria que lo único que busca es alcanzar un compromiso nacional para acelerar el crecimiento y desarrollo de una industria, que sin lugar a dudas puede ser el motor de la economía nacional, es alcanzar un compromiso para que todas las instituciones del estado, y no sólo dos o tres, reconozcan en el turismo esa fuerza motora capaz de ayudarnos a salir más pronto de los estadios más bajos de la pobreza de América Latina.
Estoy convencida que el Presidente de la República que decida establecer esa política de estado para desarrollar el turismo en Nicaragua se convertirá en el gran transformador de la economía nacional. ¡Ojalá mis ojos lleguen a ver eso algún día!
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