Franklin Bordas Lowery
¿Resulta una quimera que alguien se preocupe genuinamente por la Costa Atlántica? ¿Es igual la preocupación de un magistrado electoral que la de un poblador de Waspam, Kisalaya, Kum, Wasla o Walpasiksa? ¿Quiénes están “preocupados” por la Costa Atlántica?
—Me preocupa la Costa —pudo haber dicho Somoza, mientras enhebraba el famoso concepto de marketing político dirigido a los habitantes del río Coco: “Kupia Kumi” (un solo corazón). Y estaba realmente preocupado pero por el número de votantes que necesitaba; por las concesiones y arreglos mineros, pesqueros o madereros. La pregunta que flota es: ¿Tuvo algunos frutos positivos para los costeños la preocupación de Somoza?
¿Es sello humano la preocupación? Muchos pensadores de siglos que nos anteceden, entre ellos Heidegger —filosofo alemán—, piensan que el hombre se relaciona con el mundo mediante el vínculo del “cuidado” o la preocupación. A Higinio, escritor latino del siglo dos después de Cristo, se le atribuye la fábula de la Preocupación (Higinio Fabulae, 220), un corto escrito que termina expresando que siendo el hombre de tierra, la preocupación es parte de su ser.
La preocupación es humana, y es valedera, en tanto busque una solución a la causa de la misma. Pero en Nicaragua, al igual que la palabra crisis, la moda ha impuesto en algunos la palabra “preocupación” como una práctica habitual, sin ningún contenido. Los diarios desde hace varias décadas han hecho noticia de “las preocupaciones de los políticos” de turno por la Costa Caribe de Nicaragua. Pero su uso se ha intensificado en el último lustro, hasta ser acuñada como parte de la jerga política de moda, que parece carecer de significado.
Walpasiksa es un pueblo sufriente. Las noticias dicen que es un pueblo bañado en dinero que no es limpio. ¿Cuántos otros poblados caerán víctimas del dinero fácil del narcotráfico? ¿Es Walpasiksa parte de la otra Nicaragua, la que se conoce solo cuando hay sufrimiento?
A los gobiernos siempre les ha preocupado las voces separatistas de una población agotada por sus necesidades, que desearía tener un “compadrazgo beneficioso”, del que ahora aparentan alegremente gozar los narcos. La preocupación no ha sido la búsqueda de estrategias inteligentes y sostenibles para desarrollar la Costa. Y esto ha sido como una enorme puerta abierta a los negocios indebidos que destrozan la familia y el equilibrio moral de la sociedad costeña.
Los gobiernos de cada época estuvieron preocupados por evitar alzamientos, sediciones, protestas masivas, y desarrollo de fuerzas militares de oposición indígena que reclamarían derechos legítimos, pero no encontramos nada substancial para generar empleo y riqueza. El verso político del “gigante que despierta” que se lanzó sin ningún programa financiero, es sólo activismo irrelevante, incongruente e inadmisible.
El pueblo costeño y todos los nicaragüenses debemos poner todas nuestras capacidades para romper con el modelo de “economía sucia” que ha ido surgiendo en el Atlántico. Luchar significa participar, proponer, debatir, diseñar y conducir un verdadero modelo de desarrollo para un pueblo multiétnico. Es tiempo de no sólo preocuparse, es tiempo de hacer. Pidamos a Dios por que en la Costa surjan líderes genuinamente comprometidos con su tierra, y pueda enderezarse el barco que casi anuncia otro naufragio.
El autor es escritor
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