Por Ernesto González Valdés
En muchas ocasiones vemos hechos que suceden en nuestra vida cotidiana, en los medios de comunicación hablados o escritos, inclusive en vivo y en directo, que casi los apreciamos como a los toros detrás de la barrera. Sin embargo, cuando nos suceden nos damos cuenta de lo real que es el sufrimiento de las personas que antes se han visto afectadas y no son pocas, como muestran las estadísticas policíacas de nuestro país.
En el 2008, por ejemplo, a través de los diferentes servicios policiales se atendieron tres millones 731 mil 526 personas; se le proporcionó atención al llamado de 136 mil 792 personas a los Centros de Emergencia en las Delegaciones de Policía del país; se devolvieron 20 mil 509 bienes afectados por la delincuencia, entre ellos 189 vehículos, un millón 45 mil córdobas y 20 mil 56 dólares. Se detuvo a 40 mil 402 personas vinculadas con hechos delictivos; se ocuparon 40 mil 402 armas de fuego ilegales vinculadas con estos hechos, y se desarticularon 21 bandas y 39 agrupaciones delictivas que de forma organizada operaban en distintos puntos del territorio nacional.
Excelente por parte de la Policía, pero indiscutiblemente no se da abasto: se mantienen los puntos rojos de la capital, hay pocos vehículos policiales para recurrir al llamado de la población, limitantes en cuanto a combustible y una población temerosa que, en muchos de los casos, cuando es violentada responde con la misma violencia. Esto no es más que la llamada Ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente, una aberración cuyos causales se derivan de la pobreza, el desempleo, la carencia de educación, entre otros factores.
¿Qué me llevó a la escritura de la columna de hoy, más allá de todo el análisis anterior? Me encontraba en el vehículo, tras una gestión vinculada con mi trabajo y regresando a él (11:00 a.m.), cuando esperaba la luz verde del semáforo, delante de mí estaba otro vehículo y cerca, un joven, como muchos que se “buscan” la vida limpiando vidrios, aunque por lo visto no era su único oficio, como se evidenciaría segundos después.
El muchacho se acercó por el lado de la conductora y solicitó un peso con uno de sus dedos. Por parte de los pasajeros no hubo respuesta alguna, por lo visto estaban concentrados en la plática que sostenían. Ésta fue la situación idónea para que el limpia-vidrios cambiara su “disfraz” y como un felino se lanzó en la búsqueda de un bolso por la ranura del vidrio posterior.
Observé el forcejeo. ¿Resultado final? El aumento de la inseguridad ciudadana, personas afectadas psicológica y emocionalmente; y por otra parte, un pobre diablo que considera el hurto una gran victoria, que corre a su refugio para “descubrir” la ganancia del día. ¿Lo positivo? La amarga experiencia conlleva a tomar medidas de mayor precaución, porque las soluciones para nuestros problemas sociales no están “al doblar de la esquina”. ¿Lo negativo? El ladronzuelo es un joven que se perdió y no pudo ser rescatado, mientras el país gana una mala imagen. ¡Cuánto duele que estas situaciones sucedan!
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