Platicaba hace unos días con algunos comerciantes en un mercado capitalino, la conversación se centró en cómo iban las ventas en sus negocios, una de las señoras me dijo: “Fíjese que yo vengo a mi negocio para no perderlo, pero casi nadie viene a comprar, no hay plata, la gente viene, pregunta los precios, admira las cosas que estamos vendiendo y por allá alguno compra algo, casi siempre lo más barato”. Los demás comerciantes coincidieron con la señora: “Estamos fregados, para nada tanto cuento del hambre cero, calles para el pueblo, empleos para el pueblo, si la verdad es que la cosa está tan mala que nos vuelve hasta egoístas, usted sabe, uno siempre trata de vender, uno ofrece y hasta rebaja más que el vecino, eso es parte del negocio, pero ahora la desesperación por vender algo, nos hace vender algunas cosas al costo y hasta perdiéndoles un poquito con tal de vender. Claro, ellos, refiriéndose a los otros comerciantes, me reclaman y me dicen ‘estás locas. ¿Cómo vas a vender algo en menor precio del que nos costó?’ Pero fíjese, yo tengo cinco chavalos a quienes debo darles de comer, vestirlos y mandarlos a la escuela, por eso lo hago, para mí lo importante es vender, vivo coyol quebrado coyol comido y nadie me les va a dar de comer a mis hijos, en este país hemos llegado don Fernando a que se salve el que pueda”.
Pensé, esta situación entre humildes comerciantes de un mercado de Managua se repite en la Nicaragua de hoy, en todos los estratos sociales, empresariales y políticos. La desesperación por la iliquidez económica, una oposición fragmentada y la desesperanza, campean a sus anchas en un país donde el espíritu solidario va desapareciendo por falta de unos liderazgos con fuertes principios patrióticos. La mayoría del pueblo está inconforme con el régimen de Ortega por su desinterés en ellos, también ven con resignación cómo la oposición política fragmentada y con unos planes de unidad que nunca se concretan; siguen atacándose unos a otros apenas se levantan de conversar. La visión de nación que debería de primar entre los líderes de la oposición para elaborar sus planes de unidad la han postergado, mientras según ellos, adquieren más confianza.
Montealegre, Alemán y Mundo Jarquín deberían de pensar más en la situación del pueblo y menos en los roles de poder que podrían llegar a asumir, si concretan la cacareada unidad opositora tan necesaria, para enrumbar el país hacia un rotundo triunfo electoral en 2012, ojalá que lo logren, antes de que sea demasiado tarde, de no ser así, saldrán vendiendo sus productos políticos, como la señora del mercado, mucho más barato de lo que les ha costado construir sus imágenes de opositores y si fracasan por terquedad o egoísmo, su último mensaje a la nación, será sálvese quien pueda de la dictadura orteguista. Sólo me resta agregar lo que diremos los demás: “Que Dios se apiade de Nicaragua, porque tarde o temprano habrá otra guerra”.
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