Era la simple curiosidad de un chavalo, que a la edad de 14 años se convirtió en su cortapisa: “Al ver a los amigos del barrio consumir drogas quise experimentar qué es lo que se sentía”, dice entre la bulla constante del tráfico pesado de la pista cercana a su casa en el Distrito Cinco de Managua.
Empezó con marihuana y seguía el alcohol hasta que un día, un así llamado “gran sabio” le indicaba el efecto de la cocaína. Lo que Frank —así lo llamaremos en este reportaje para proteger su identidad— experimentaba como “euforia y acelere” luego se convertía en “paranoia y andaba viendo sombras”, como precisamente se acuerda.
Las palabras constantes de sus padres para que no se drogara le entraron por un oído y le salieron por el otro, a medida de que la adicción del joven le trajo hasta estados inconscientes. Tuvo un accidente en su moto y otro día fue atropellado por un carro, “entre innumerables pleitos y escándalos” que cau
só, también en su casa, como él mismo añade.
TOCAR FONDO
Lo que empezó como experimento se le pegó contra su voluntad. El joven ya no funcionaba sin droga, sino peor, ahora era su esclavo. “Vivía fuera del sano juicio, como persona sin escrúpulos”, lamenta. Robaba dinero a su familia que luego lo escondía a medida que él lo buscaba hasta encontrarlo. Esto duró años.
Comenzaron los robos en la calle y “faltaba poco para asaltar”. Empeñaba o vendía sus propias cosas, acordándose de la “increíble necesidad destructiva de la enfermedad de la adicción” cuando ofreció su carro en 1,000 córdobas, una ridícula suma por el vehículo.
En su última etapa, Frank la pasaba aislado en su cuarto para no tener que compartir la sustancia, mientras al otro lado de la pared andaban sus sobrinas con su familia, celebrando un cumpleaños, lo que sin piedad le reflejó el abismo en el que se encontraba. “Estaba deteriorado en todo el aspecto de mi vida; físicamente, emocionalmente, quedando loco pues. Toqué fondo”, dice.
Mauricio Sánchez es médico y psiquiatra con Maestría en Drogodependencia. Trabajó 12 años con la Organización de los Estados Americanos (OEA), llevando las investigaciones sobre drogas.
Confirma perfectamente el “deterioro de la persona cuando ya nadie te quiere, te rechazan, creen que sos mala persona y tenés que robar para conseguir dinero”.
Parece cínico que la raíz de la adicción se encuentra en algo muy natural dentro del cerebro del ser humano. En el “sistema de recompensa que nos complace cuando comemos, bebemos o tenemos sexo”, un sistema fundamental para volver a buscar la misma sensación y para vivir.
La droga también provee a una persona esta sensación. La diferencia es la vehemencia con la que impacta en el cerebro, lo que Frank experimentó como euforia y acelere. “Te inunda, produce una felicidad y una gratificación exagerada, anormal, demasiado intensa”, aclara el doctor.
Lo que trae “gratificación” a un lado, según Sánchez es relativo para otros. “Ya no te da felicidad el sexo, ya no te interesa trabajar, ya no te interesa nada, porque quedó el cerebro acostumbrado a necesitar esto (la sensación de la droga), siempre”. Ése es el momento cuando la droga empieza a mandar.
“EL QUE NO FUNCIONABA ERA YO”
Fue en agosto del año 2002, otra vez encerrado en su cuarto, donde Frank escuchaba la bulla de las festividades de Santo Domingo que por primera vez en su vida recapacitó mientras consumía. “¡Y puta, pues, en este momento le pedí a Dios que me ayudara a salir de la droga!”, expresa al referirse a su desesperación.
Sintió la necesidad de recuperarse, pero no podía. Un amigo al cual “le fue bien” en un centro de rehabilitación estatal en Costa Rica le dio esperanza y se fue por 28 días a un costo de 850 dólares que le pagaron sus padres.
- Narcóticos Anónimos (NA) es una entre varias organizaciones de autoayuda en el mundo. Se dirige a gente para la cual la droga se ha convertido en el mayor problema en su vida.
Los NA se caracterizan por el mensaje que cualquier adicto puede dejar de consumir drogas, perder el deseo de consumir y encontrar una nueva forma de vida.
Es un programa espiritual que se financia con la voluntad individual de sus miembros.
En 2010 NA Nicaragua cumplirá 13 años desde su fundación y cuenta con 150 miembros.
Debido a que los grupos se caracterizan por las personas que lo constituyen, refieren que es mejor que un adicto vaya donde se siente mejor.
La Línea de Ayuda de Narcóticos Anónimos (LANA) es 83747845.
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Atendía charlas que le reflejaban “qué equivocado había estado durante todo ese tiempo”.
Además le dieron un rumbo fijo para no desviarse hacia la droga y llegó a una conclusión: “La adicción es una enfermedad que no tiene cura, pero hay una recuperación posible”.
Sánchez asegura que Frank concluyó lo correcto: “La enfermedad adictiva es una enfermedad del cerebro donde ocurren unos cambios que ya no son reversibles”.
Aún se desconoce el porqué unas personas tienen “esta zona más encendida”, pero está comprobado que ellos “tienen más riesgo de ser verdaderos adictos”.
Sin embargo, Frank no estaba dispuesto a asistir a grupos de autoayuda de Narcóticos Anónimos (NA) que hubiera sido parte de su programa. Además, le costó “romper la negación”, lo que el doctor llama “lo más difícil” en tal proceso.
El joven miraba el vicio en las drogas ilegales, pero ignoraba su afinidad al licor, pensando que “ir a un centro de rehabilitación iba a ser la solución de mi problema”. Pero no fue. El último día del programa salió del centro y se tomó unos tragos. De regreso en Nicaragua, visitó un grupo de autoayuda. Pero no quería escuchar a nadie, pensando que “¡yo era dueño de la verdad absoluta!”.
Dejó al grupo y regresó al rumbo destructivo por dos años, con aún más necesidad de consumir hasta volver a tocar fondo.
Regresó al mismo centro en Costa Rica donde aprendió que “el que no funcionaba no era el centro, sino yo”.
Fue un momento impactante. Comenzó a hacer lo que le habían dicho desde la primera vez: dejar todas formas de drogas, incluyendo el alcohol, y dejar de excusar el consumo “porque nadie me quería y porque vivían peleando conmigo”.
Pasaron dos meses cuando regresó a Nicaragua, donde, otra vez contra su voluntad, se integró a un grupo de los NA tras tener “la inmensa necesidad de recuperarme”.
“¡SÓLO POR HOY!”
A las tres de la tarde de un sábado entró a la casa de los NA en residencial Bolonia en Managua. Es uno de los once lugares en la capital y de 19 en toda Nicaragua donde los NA se reúnen a diario. Según el moderador de la reunión, una participación demanda un solo requisito: “El deseo de dejar de consumir”.
De las veinte sillas de plástico que forman un óvalo pegado a la pared, unas cuatro están ocupadas cuando la reunión inicia con los “adictos o amigos”, como se llaman entre ellos, a lo sumo con el primer nombre y la primera letra del apellido para cuidar el anonimato.
“En cada reunión compartimos fe, fortaleza y experiencia, los principios espirituales que están en los 12 pasos”, explica el moderador, lo que según los NA es la base para la recuperación personal de cada persona adicta.
El pasado de los presentes en la reunión no tiene importancia. “Lo que nos interesa es cómo podemos ayudarte de aquí pa’lante”.
El espíritu de los Narcóticos Anónimos tiene como mensaje que “cualquier adicto puede dejar de consumir drogas (menos café y cigarros), perder el deseo de consumir y encontrar una nueva forma de vida”.
La realización en su vida diaria se cumple tras las herramientas de alejarse de amigos y lugares que están involucrados en el consumo de drogas, tanto como asistir a reuniones “a diario o las veces que puedas. ¡Solo por hoy!”.
Mientras adictos de todas edades y ambos sexos siguen llegando, un aguacero tamborileando sobre el techo revela una posible excusa para dejar una reunión, cuando un miembro que tiene varios años de estar “limpio” habla exactamente sobre esta importancia de venir en todo caso. “Cuando menos ganas tengo para venir a la reunión, lo más importante es ir”, asegura y añade que ahora se siente en paz, tranquilo y contento.
El hecho de que esta tarde los acompaña un periodista aparentemente les da igual. Celebran su reunión, hablándose en voz alta, convencidos por sus principios que repiten y las experiencias que revelan mientras también hay lugar para alguien que lamenta su recién recaída, sintiéndose impotente ante sí mismo, agradeciendo “a Dios que estoy aquí con ustedes”, porque necesita hablar.
A las cinco en punto el moderador vuelve a tocar la campana que le ha ayudado a manejar las dos horas animadísimas con aproximadamente 20 miembros que siguen charlando afuera del lugar.
LA AYUDA ADECUADA
“La abstinencia es el primer paso”, confirma el doctor Sánchez, al explicar qué pasó con Frank, y añade que para la verdadera recuperación no basta “tapar la botella”. Necesita que uno “haga nuevo estilo de vida, reaprendiendo nuevas cosas, para grabarlas en esa parte del cerebro”, explica el especialista. “Es válido” y se cubre bastante con la idea espiritual de los Narcóticos Anónimos, señala.
Aunque este programa según el galeno “a veces es muy extremo, es extraordinario para poder sacar a alguien de abajo porque tiene una serie de premisas para el desarrollo de la persona humana (lo espiritual) que no va a hacer santa, pero te vas a querer más a vos y vas a querer mejores cosas en la vida para vos y los que te rodeen”.
Mientras para unas personas un grupo de autoayuda es lo suficiente para mantenerse “limpio”, otras necesitan además ayuda profesional, porque “de cada 10 adictos, más de 5 tienen asociados problemas emocionales como ansiedad, depresión, trastornos afectivos bipolar o problemas de personalidad”, apunta el doctor Sánchez.
Entonces, el tratamiento adecuado es el individualizado; puede ser con “un psicólogo, un médico” u otra persona profesional, junto a asistir a un grupo de autoayuda.
Otro concepto de recuperación es el de la parroquia Corpus Christi, de Villa Libertad, en Managua. Inició en septiembre pasado, tras un evento con 30 visitantes, principalmente alcohólicos. Su método son actividades relacionadas con la parroquia, combinado con ayuda alimentaria entre otras para salir del problema de alcohol. Algo que hicieron en noviembre pasado fue una limpieza corporal (corte de pelo), mental (sesión con varios psicólogos) y la parte espiritual a través de confesiones con sacerdotes.
Actualmente, Frank cuenta con cinco años y cuatro meses de no consumir ningún tipo de droga, incluyendo el alcohol, lo que le devolvió el orgullo a su familia y le subió varias libras.
Sin embargo, aguantaba, alejándose de personas y lugares vinculados con el consumo de droga bajo comentarios como: “¡Uy, sos cochón!”.
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