Mario Alfaro Alvarado

Caso de Honduras merece un escrutinio

El caso de Honduras —único caso en este continente dislocado por las ambiciones políticas, el reeleccionismo y los gobiernos que violan la Constitución— ofrece una envidiable oportunidad a los teóricos, juristas, politólogos y pensadores políticos para analizar la situación y derivar principios aplicables a la defensa de la democracia y al respeto de la voluntad de los votantes.

Los tres elementos básicos del caso hondureño, tal como existen en todo el continente: un presidente legítimamente electo, una constitución bien sustentada en la institucionalidad y que prohíbe la reelección, y más aún, castiga con la destitución al gobernante de reformarla con fines continuistas, y un pueblo ha aprendido mucho en los dolorosos avatares políticos en que ha vivido para alcanzar, el fin, estabilidad política y democracia.

Todo gobierno democrático comienza con una elección libre. El pueblo elige, es decir nombra a un administrador para que trabaje por el bien común de toda la nación. Desde ese momento se establece una relación entre el mandante y el mandatario: el mandante es el pueblo que elige, el mandatario es el presidente elegido.

Esa relación en las democracias se conoce como “mandato popular” y este mandato popular es “una de las piedras bases del Estado de Derecho”, según el Diccionario Electoral. Expertos en la materia sostienen que ese principio es uno de los cuatro fundamentales que consagran el constitucionalismo.

Esta definición determina con claridad que un presidente electo no puede hacer lo que le dé la gana. La constitución le señala sus deberes y el ámbito de su autoridad, y el gobernante debe rendir cuenta a sus electores de sus actos políticos.

La constitución, llamada también “Carta Magna”, es la ley que está por encima de todas las leyes y de todos los cargos de administración y poder. La constitución, como dice Ferdinand Lassalle, es la suma de los factores reales de poder que rigen en un país. Lo contrario es pseudoconstitucionalismo, es engaño, es mentira. Si un presidente trata de cambiar o cambia la constitución para reelegirse, desquicia todo el equilibrio institucional.

¡Cómo se han desatado las jaurías del reeleccionismo de izquierda y se han lanzado contra el pueblo hondureño por defender la democracia que tanto le ha costado conquistar!

Dicen las constituciones “democráticas” de este continente —al menos la de Nicaragua así lo dice—: “La soberanía nacional reside en el pueblo y la ejerce a través de instrumentos, decidiendo y participando…” La constitución de Honduras dice eso mismo o algo muy similar, pero además afirma terminantemente que si el gobernante quiere cambiar la constitución, será destituido y encausado por delitos constitucionales.

Esto es lo que sucedió en Honduras: el presidente electo se creyó dueño del país —como se creen algunos presidentes electos en otros países del continente— con apoyo extraterritorial, se lanzó a la aventura de cambiar la constitución para permanecer indefinidamente en el poder —el mismo suelo de los reeleccionistas—. El Gobierno, con el amparo de la Constitución lo expulsó del poder.

Durante todo este preocupante proceso en que se juegan valores reales y teorías acomodadas para justificar el reeleccionismo, el gobierno de facto, con el apoyo popular se ha mantenido todo el tiempo dentro de la constitución; y al final, a pesar de los pronósticos de los que gustan del continuismo, el pueblo hondureño, una vez más, con una votación masiva ha salvado la democracia.

También hay que hacer una exhaustiva revisión de la actuación de la OEA —actualmente dirigida por un ex asesor del gobierno comunista de Allende— y que parece no ser la misma OEA por los intereses que ahora defiende con ardoroso empeño, para establecer si su Carta Constitutiva merece una rectificación.

COMENTARIOS

  1. conchita zavala
    Hace 17 años

    Por lo menos le hubieran acomodado la corbata a este viejo, parese que tiene diarrea de unos 25 dias

  2. Reed
    Hace 17 años

    Cuando menos del 60% vota en una elección no hablamos de mayoría y eso aceptando que ese sea un dato real.

    Cuando un premio Nobel de la paz dice que la constitución de Hondura es la más mala del mundo y eso tomando en cuenta las constituciones de los países comunista como la de Cuba, eso no solo hay que escucharlo, hay que también actuar y es necesario hacer los cambios para estar a la altura de la modernidad constitucional.

    Cuando un presidente decide consultar al pueblo sobre la conveniencia de hacer una constituyente, no es que está haciendo el cambio está tomando en cuenta al mandante para que decida que si eso es factible, esto es democratico representativo y participativo.

    Nunca un golpe de estado mantiene un hilo constitucional, debe ante todo existir un método para llevar a cabo una destitución presidencial y nunca una falsificación de una firma de renuncia es considerada valedera como ocurrió con la maraña que montó Micheletti en el congreso hondureño.

    Es licito el lavado de dinero? si no lo es. Entonces una elección con poca participación popular no puede lavar un golpe de estado.

  3. Roberto Escobedo Caicedo
    Hace 17 años

    Algunas personas que han leído -pero no asimilado-, el fondo del comentario escrito por el Licenciado Mario Alfaro Alvarado, salen con la muletilla que el mandatario puede consultar a los mandantes si desean un cambio de la Constitución Política del país. Para esto y para consultar al pueblo, existen mecanismos constitucionales, debidamente previstos en el propio ordenamiento jurídico y que deben realizarla las autoridades del Tribunal Supremo Electoral. A los pueblos no se les consulta sobre cambios constitucionales de manera ilegal, clandestina, encubriendo tortuosos propósitos dictatoriales con una «cuarta urna», al margen de lo dispuesto por las leyes electorales y en la que el titular del Poder Ejecutivo sería el que llevara a cabo la consulta, contara los votos y publicara los resultados. Esto es ilegal y por eso fue destituido Mel Zelaya. Los resultados de las elecciones del pasado 29 de noviembre, validados ya por gran cantidad de países, lo serán también por lo restantes de un momento a otro, porque nadie puede reconocerle beligerancia política a un cadáver putrefacto. Si en Nicaragua no existiera tanta corrupción promocionada por la cooperación venezolana y si el Ejército y la Policía estuvieran al servicio del pueblo nicaragüense y no al de un dictador totalitario, como Ortega Saavedra, este ya hubiera sido destituido y encarcelado por corrupto, violador de la Carta Magna y por ser un títere del gobernante venezolano, Hugo Chávez. Felicito al Licenciado Alfaro Alvarado por su excelente comentario, escrito con claridad de conceptos.

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