Por María Cecilia Leiva
Cuando, al inicio de este Gobierno, la primera dama convirtió nuestro Escudo en una caricatura, hubo quienes, infructuosamente, quisieron evitarlo por representar un irrespeto a nuestros Símbolos Patrios. Sin embargo, en ese momento no logramos percibir el verdadero mensaje del FSLN detrás de este, aparentemente sencillo, acto; la perversa intención de convertir a Nicaragua en la caricatura de un país.
Un país donde, al igual que en la fábula de Orwell, “todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”, a tal punto que el derecho de expresarse y movilizarse libremente, de recurrir a la justicia, de recibir una beca de estudio, incluso de conseguir o mantener tu trabajo, depende de si estás en el grupo de los más iguales, es decir, si pensás (o aparentás pensar) igual que los gobernantes y tenés un carné que lo demuestre.
Donde la Constitución es declarada inconstitucional por un grupo de judiciales cuya falta de juicio se evidencia al afirmar que esta inconstitucionalidad sólo aplica a los partidarios del Gobierno.
Donde se ha declarado al “pueblo presidente”, pero el presidente engaña al pueblo con discursos populistas, utilizando consignas de paz y reconciliación, mientras sus acciones contradicen el discurso: disminuye el gasto social bajando el presupuesto para Educación y Salud, pero realiza gastos excesivos para rodearse de flores y colores en cada aparición; insulta a los cooperantes, sin importarle alejar la ayuda externa que representa una esperanza para el desarrollo; ahuyenta la inversión que podría sacar adelante al país y, lo más grave, arrastra al pueblo hacia la confrontación, convirtiéndose en el único gobierno que atenta contra la propia gobernabilidad.
Donde impera la fuerza sobre la razón y vemos a individuos enmascarados con palos, piedras y morteros declararse agredidos por jóvenes que leen proclamas; a autoridades que declaran el uso de camisas negras como “una provocación” a las turbas que, cual abejas africanizadas, se irritan y violentan por tal color; a ministros y magistrados que consideran que los morteros son sólo una manifestación cultural, pero los huevos y bolsas de agua representan una terrible agresión, y a diputados que se proclaman “dueños de las calles”, irrespetando a la institución policial.
Donde se celebran fraudes como triunfos y además se espera la fecha propicia para que dicha celebración genere conflicto e incertidumbre y se gastan millones de córdobas en el montaje del circo para el pueblo mientras los hermanos de la Costa Caribe siguen en situación precaria, esperando la ayuda del Gobierno ¿Cuánto arroz y frijoles pudo comprarse con los millones invertidos en pólvora, pago de transporte, arreglos y música, o con el valor de las horas de trabajo que dejan de cumplir los empleados públicos para hacerse presentes en las rotondas?
Tristemente, las contradicciones caricaturescas en Nicaragua abundan. Por su parte, los partidos autollamados de oposición parecen no reconocer de qué lado están, se atacan mutuamente, incapaces de realizar y respetar acuerdos que rescaten a nuestro país y de despojarse de sus banderas para cobijarse con la verdadera unidad, todos con el azul y blanco de la Patria ¿Cuándo es que piensan organizarse democráticamente para no seguir dejando el camino libre al partido de Gobierno?
¿Hasta cuándo, nicaragüenses, permitiremos que la imagen de nuestro país sea dibujado como una mala caricatura?
La autora es médica
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