Agustín Torres Lazo
El triunfo electoral de Honduras podría ser el inicio de una etapa inédita en el quehacer político de América Latina. En definitiva se demuestra que nadie puede apropiarse ilícitamente de las honestas aspiraciones de un pueblo. Hacerlo es simplemente violentar la paz y la democracia que las grandes mayorías anhelan. Las confusas primeras horas del llamado Golpe de Estado del 28 de junio pasado, poco a poco fueron adquiriendo carta de legitimidad, cuando las autoridades nominadas por el Congreso Nacional para sustituir constitucionalmente a un presidente corrupto, demostraron su idoneidad y rectitud en la administración de una crisis que amenazaba destruirles a todos.
La intolerancia de la comunidad internacional en negar a Honduras siquiera el beneficio de la duda, contrasta ahora con la irrebatible y transparente voluntad de su pueblo, unido en la decisión de ser ellos los dueños de su propio destino y lanzar por la borda a quienes pretendieron ponerle condiciones en nombre de principios que en la mayoría de los casos ellos mismos, en algún momento, habían irrespetado.
Al levantarse Honduras con el estandarte de la victoria, quedan al descubierto los grandes perdedores, quienes desde el principio no sólo instigaron, sino que arrastraron en sus falaces argumentaciones a toda una comunidad internacional ignorante de la verdad e ingenuamente comprometida. Será muy difícil para la ONU y la OEA justificar el vulgar manipuleo que sufrieron por parte de sus izquierdistas autoridades, D’Escoto e Insulza. Ambos se excedieron en contra de la credibilidad y respeto que las instituciones democráticas se merecen.
En cuanto a los protagonistas más insidiosos del conflicto, Zelaya no fue un perdedor, fue la víctima de su propia incongruencia, de su deshonestidad y de los interesados manejos de su mentor venezolano. Nadie sufrió más que éste y su obsecuente grupo Alba. Desde el principio corrieron a darle la mano a su lloroso socio, acompañándole en la intriga frente a gobiernos amigos o posibles aliados, identificándose con él en su fantasioso e inútil peregrinaje. Chávez y los suyos jamás podrán recuperarse del golpe mortal que le dieron los hondureños.
El pueblo de Honduras ha expresado su voluntad transparente y definitiva, legitimando con ella los hechos que provocaron la destitución de un mandatario que había perdido el rumbo de sí mismo. De paso, el resultado de las elecciones relega al olvido el peccata minuta de las Fuerzas Armadas, quienes cumplieron con un deber constitucional y desde el 29 de junio hasta el día de las elecciones, no permitieron que asomase siquiera la sombra de la manu militari.
Ahora resta saber qué harán aquellos países que ya anunciaron no aceptar ni las elecciones ni al nuevo gobierno que éstas determinen. El pragmatismo de la política real puede que influya en el ánimo de ellos para aceptar lo irreversible y el ejemplo que Honduras, con paciencia y constancia, le ha dado al mundo. Los países de la Alba, es de suponer, persistirán en su política regresiva, autoritaria y excluyente. Pero, ¿a quién le importa? Y aprovechando la coincidencia de las elecciones en el Uruguay, ¡qué esperanzada alegría la que nos dejan los discursos finales del ganador y el perdedor de las mismas! Ellos son el reflejo de una vieja cultura política que ha privilegiado siempre, por sobre todas las cosas que nos unan o separen, el derecho de la gente a escoger a sus gobernantes en paz y libertad. Honor y respeto a Honduras y Uruguay.
El autor es escritor nicaragüense.
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