Rochefucault solía sostener con socarronería “que en política y en el amor, el momento de actuar, es decisivo”. Partiendo de esa premisa, la equivocación del depuesto Presidente hondureño, fue adelantarse al tiempo oportuno para impulsar reformas profundas en su país.
En efecto, la opinión pública hondureña, de talante tradicional, no estaba concienciada para apoyar cambios radicales y mucho menos, instantáneos, tampoco contaba Zelaya con el apoyo de su propio Partido Liberal, Asamblea Nacional, Tribunal Supremo Electoral, Procuraduría, Fiscalía, empresarios, sociedad civil y peor aún, carecía de la confianza del ejército… Su segundo error fue la manipulación de una Constituyente para desmantelar el sistema representativo e instalar el continuismo.
Ello recordó a los hondureños la ominosa dictadura de Carías Andino que se quedó diez años. Para no repetirla, los hondureños esculpieron en piedra la prohibición constitucional de reelegir al Presidente, que ahora Zelaya trataba de anular.
No obstante, su mayor traspié fue copiar al mandatario venezolano, sin tener su carisma y experiencia. Creyó ingenuamente el depuesto presidente que convocando y agitando al populacho sustituiría a los poderes del Estado que se le oponían. Sin embargo, Zelaya se benefició al aparecer como víctima de un cuartelazo a la vieja usanza.
A esas alturas la recomendación de don Oscar de restituir al Presidente derrocado como condición irremovible, fue desacertada. Su recomendación era convocar a elecciones lo más pronto posible. Debió recordar el Mediador que en América Latina los comicios libres han actuado como las aguas prístinas del bautismo que perdonan cuartelazos y guerras civiles.
Así pasó con los golpes militares habidos en el siglo XX, en Argentina, Chile, Uruguay Paraguay y en la propia Honduras. Por lo demás, el socialismo siglo XXI inventado por Chávez es una máscara para disfrazar al caudillismo enamorado del poder a toda costa. Por ello, la solución final, terminó siendo la consulta popular. Señalemos de paso la desacertada declaración de la Secretario de Estado, Hillary Clinton, ahora rectificada, de amenazar con el desconocimiento el resultado de las elecciones hondureñas, si no eran presididas por Zelaya Rosales.
La única explicación de esta falla es su agobio con las guerras en Afganistán e Irak y además, su desconcierto por la división de la OEA y la actuación pretoriana del Secretario General, partidario de Zelaya. De ahí que la única alternativa fuese ganar tiempo, sumándose a la cola de quienes repudiaban a Micheletti sembrando el desconcierto en partidarios de la democracia. En todo caso don Roberto resultó un político astuto y perseverante que mantiene unida a su coalición, y soportó el boicot encabezado por EE.UU.
Por lo demás, los brotes de violencia en Tegucigalpa fueron causados más por la falta de alimentos que por la agitación provocada por Zelaya desde la Embajada brasilera, donde Lula lo abandonó. En ese escenario, Panamá fue ejemplar, pues recomendó a Micheletti. Estoy seguro que la concurrencia mayoritaria en las elecciones del domingo, empieza la reconstrucción institucional hondureña, fracaso del abstencionismo.
En todo caso ese desenlace paraliza la expansión de Alianza Bolivariana, prensada entre Lobo y Martinelli, Como conclusión, los hondureños demócratas rehusaron darle un cheque en blanco a una nueva dictadura, como hicimos en 1979, los nicaragüenses.
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