Hablemos claro: me parece muy bien que el partido Movimiento Renovador Sandinista (MRS) esté hoy en día luchando hombro con hombro junto con otros partidos políticos y miembros de la sociedad civil para impedir que se consolide la dictadura de Daniel Ortega y del Frente Sandinista. Pero me fastidia muchísimo que sus miembros más conocidos quieran al mismo tiempo hacer creer, tanto dentro como fuera de Nicaragua, que en el pasado hubo un sandinismo bueno que nada tiene que ver con el que hoy encarnan el matrimonio Ortega y el FSLN. Eso es un intento de ocultar la realidad y de falsear la historia.
Nunca, ni antes ni ahora, ha habido en el Gobierno de Nicaragua un sandinismo que pueda ser calificado ni de medianamente bueno. El sandinismo real, el único conocido, el encarnado en el FSLN —y no el de la utopía de los ríos de leche y miel— ha sido siempre violento, destructor de todas las libertades e insuperable en su capacidad de arrasar con todo lo que encuentra en su camino, desde la economía hasta cualquier lazo de armonía y de convivencia pacífica.
En la década de los ochenta el sandinismo real intentó imponer a la fuerza un proyecto ideológico calcado del fracasado modelo cubano, y, esta vez, ¡fuera máscaras!, actúa como franquiciado del chavismo que no es más que la misma mona con distinto rabo. Que ahora en vez de que estén nueve individuos detentando el poder esté uno sólo, uno y medio, o dos, me da igual. Ni siquiera me interesa entrar a valorar si el sandinismo de aquel entonces fue peor que el de ahora, o viceversa. Me basta con que tengamos claro que ambas versiones han sido funestas para Nicaragua y la mayoría de los nicaragüenses, especialmente los más pobres.
Me rehúso a aceptar que sandinismo y orteguismo sean dos hechos diferenciados. Quienes promueven esa separación artificial lo hacen para erigirse como representantes de un sandinismo mítico que jamás existió y escabullir así la obligación de entonar un incómodo mea culpa. El sandinismo real, el del FSLN, el que está ahora en el poder, es el mismo que estuvo en el Gobierno durante toda la década de los ochenta. Habrá quien diga que el “verdadero” sandinismo es el representado por el MRS. Pero eso es algo que ni siquiera la mayoría de quienes se consideran sandinistas lo cree. Basta ver el resultado de las elecciones generales de 2006: el grueso de quienes se autoproclaman sandinistas, un 38 por ciento, votó por el FSLN y sólo un 6.3 por ciento lo hizo por el MRS.
Se recordará que el MRS fue formado por miembros del FSLN que, sólo después de transcurridos 5 años desde que ese partido fuera derrotado electoralmente en 1990, decidieron dejar sus filas. En ese feliz año electoral de 1990 todos los sandinistas que hoy integran el MRS estaban dentro del FSLN trabajando con ardor y devoción para reelegir a Daniel Ortega y a Sergio Ramírez Mercado a la Presidencia y Vicepresidencia de la República, respectivamente. ¿No es cierto, Gioconda? ¿No es así, Carlos Fernando, Mundo, Dora María, Víctor Hugo, Mónica ?
En ese entonces, para los hoy emerresianos, los más de 10 años de gobierno del Frente Sandinista —1979-1990— con todos sus desmanes, abusos, latrocinio y barbarie, no les parecía razón suficiente para dejar ese partido y apoyar la opción democrática representada por Violeta Chamorro y Virgilio Godoy. No, ellos eran parte del FSLN, del sandinismo real, y querían que éste siguiera en el poder por 6 años más ¡con Daniel Ortega como Presidente!
Y para quienes digan que eso es historia lejana, les recordaré que, mucho más recientemente, en las elecciones presidenciales del 2001 y en las municipales del 2000 y del 2004, el MRS participó como aliado del Frente Sandinista, que para entonces estaba ya bajo el control férreo y único de Daniel Ortega. ¿No es así muchachos? Valga lo anterior para airear el ambiente y para que quede claro que habemos quienes conocemos y recordamos la historia y que no estamos dispuestos a dejar que se falsee.
Pero estamos en 2009 y vamos hacia delante, y si los sandinistas del MRS —otrora frentistas— quieren ser parte de la lucha por la libertad y la democracia de Nicaragua —como lo están demostrando— ¡pues bienvenidos sean! Pero ¡ojo billar!
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