Con paciencia y habilidad —y mucho cinismo— Alemán viene construyendo su trampa política llamada unidad liberal. La trampa se inscribe en un esquema muy simple: en las elecciones del 2011 obligar a los electores a escoger entre Ortega y Alemán, es decir entre la piñata y la guaca.
Todos los elementos de este engaño están en su lugar.
Como rival político, Montealegre será desaforado y acusado de haber inventado los Cenis; los partidos participantes serán seleccionados por el pacto; la cedulación está detenida, sólo tendrán cédula los sandinistas, cosa que ya sucedió antes; los CPC controlarán las mesas de votación; no habrá observadores, ni nacionales ni extranjeros.
El plan tiene por finalidad convencer a la opinión nacional que las elecciones serán el remedio de todos los males que martirizan al país y una garantía contra la reelección; que la unidad del liberalismo es necesaria para vencer a Ortega en las urnas electorales; y que el Consejo Supremo Electoral, el actual u otro de la misma naturaleza, garantizará unas elecciones honestas y no habrá fraude electoral.
Todos estos manejos son bien conocidos por gran número de votantes. De acuerdo con las últimas encuestas, que confirman a las anteriores, entre un 38 y un 43 por ciento de los encuestados se definen como gente sin partido, sin la menor confianza en los políticos y en las instituciones del Estado, principalmente el Consejo Supremo Electoral. Esta actitud sugiere un severo abstencionismo, que favorecería a Ortega.
Paralelo a este esquema, Alemán insinúa la resurrección de la UNO, tema que ha entusiasmado a los partidos menudos, esas luciérnagas que brillan, vuelan y se apagan. Pero en realidad constituyen un elemento útil porque servirán para dividir los votos de la oposición.
Por la desconfianza popular con que se recibe el proyecto arnoldista de las elecciones, se infiere la finalidad de esta burda trama para anestesiar a algunos, esperanzar a otros y movilizar a los mercaderes políticos que quieren participar en el festín presupuestario. Ya han comenzado las propuestas de “dame y te apoyaré”. Desde luego que ese festín los anfitriones y los invitados principales son ellos mismos, los advenedizos obtendrán migajas.
El problema de Nicaragua es profundo y complicado, como lo definió Eduardo Montealegre, y se requieren nuevas ideas, nuevos procedimientos y un planeamiento honesto para resolver los muchos problemas que generan las estructuras políticas corruptas y agotadas, que no producen otra cosa que más frustración, más explotación, más corrupción, más miseria.
Con todos estos elementos en juego no es difícil colegir que las elecciones que promete el pacto no es el fin último, sino un recurso hacia el verdadero fin. Con un abstención del 43 por ciento ¿quién de los candidatos, Ortega o Alemán, podría ganar las elecciones con suficiente margen para simular limpieza y democracia electoral?
Desde luego que los primeros en saber la respuesta son los mismos pactistas. De manera que si Ortega, con la ayuda directa de Castro y de Chávez pudiera desafiar con éxito a la opinión nacional e internacional, de seguro que se reelegirá a las malas. Esto no será otra cosa que el resultado de una negociación encaminada a mantener el pacto “forever” y sólo habría cambios de algunos actores en la mascarada, muy bien seleccionados por los pactistas.
¿Qué vendría después de tanto abuso y tanta humillación para los nicaragüenses? Cuando los pueblos no soportan más, lo que viene es un estallido social. Esto lo confirma la historia universal.
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