En la terraza, frente al jardín, se encuentra un par de hermanos tomando café y trayendo a la memoria los recuerdos de su pueblo natal.
Desde Somoto, Carlos Mejía se trajo un ladrillo de barro en el corazón con todas esas cosas que no puede olvidar; Luis Enrique metió en una caracola todos los crepúsculos de su infancia y los desempacó en la capital.
Los Mejía Godoy, a como se les conoce, son quizás los más grandes exponentes de la música nacional; pero ante todo son hermanos y en esta oportunidad han querido demostrarlo a través del espectáculo Hermanos de canto y de luz, que se presentará la semana próxima en el Teatro Nacional Rubén Darío.
“El concierto será un recorrido rápido por nuestra historia, porque nosotros apenas habíamos aprendido a hablar, leer y escribir cuando empezamos a cantar nuestras primeras canciones”, expresó Luis Enrique.
Pero compartir una tarde con este par de cantautores es ser testigos de innumerables anécdotas, cuyos protagonistas bien pueden ser los personajes de su pueblo, desde la rosquillera, la señora que hacía turrones de maíz, las pulperas, las parteras, “todos esos personajes fueron fundamentales para nosotros” sostiene Carlos.
- Hermanos de canto y de luz
- Las entradas tienen un costo de 250, 200, 150 y 100 córdobas, según la ubicación.
Las entradas tienen un costo de 250, 200, 150 y 100 córdobas, según la ubicación.
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LA VIDA DE HERMANOS
Ellos son el segundo y tercero de siete hermanos, vivieron en Managua, luego estuvieron internos en el Colegio Calasanz de León y eso forjó una gran unidad como familia y les permitió desarrollarse en el arte musical.
Antes, se divertían en las calles de tierra de un pueblo sin luz, donde jugaban beisbol con pelotas de trapo, jugaban al cuartel inglés o a buscar el anillo.
Hoy, mucho tiempo después, nadie duda de su excelencia como músicos. Sin embargo Luis acepta que su hermano (Carlos) fue mejor estudiante y tal vez el más enamoradizo de los dos.
“Yo era chiflado y muy distraído —confiesa— concentraba mucho la vista en un objeto, pero eso me dio una capacidad de observación muy grande”, asegura.
Como todos los hermanos, siempre fueron protagonistas de peleas, pero sus memorias se resisten a recordar alguna y don Luis prefiere evocar entre risas, los recuerdos de aquella ocasión en la que ambos participaron de una velada artística: Don Luis disfrazado de Charles Chaplin y don Carlos encarnando a Sarita Montiel.
“Era un ambiente muy particular, Carlos y yo siempre estábamos allí, participando en veladas, en el colegio, y cuando nos dimos cuenta ya nos habíamos hecho adultos y nos fuimos encontrando en este camino que nos permitió cantar por Nicaragua”, dijo don Luis, sin ocultar la expresión de quien abre los ojos sólo para darse cuenta que el tiempo ha pasado.
SE PONEN A JUGAR
Esa noche el espectáculo será un poco diferente. En esta ocasión, los hermanos se niegan a cantar su repertorio por separado. Para ello las canciones están tratadas de una manera muy especial, ya que cada uno acompañará al otro a interpretar su repertorio; todo acompañado del acordeón y la guitarra, sin olvidar la percusión, la marimba, el piano de cola y los bongós de lata.
Será como si dos pequeños hermanos se disponen a divertirse a toda costa. “Si la gente quiere, puede cerrar los ojos y podrá oír la risa de dos niños en el escenario, jugando chibolas, elevando barriletes, cantando canciones antiguas”, añadió Luis Enrique.
La tarde se acaba, pero la amena plática que sostiene este par —que ya casi no se ven por asuntos laborales— es la evidencia perfecta de que son muy buenos cantantes, pero aún mejores hermanos.
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