Nicaragua esclavizada a un dios de su propia fabricación

Por Carlos Javier Mejía

La palabra de Dios en el Salmo 96:4 nos dice, ”Porque grande es Yavéh, y digno de suprema alabanza; temible sobre todos los dioses”. Es importante recalcar que el caos en el que hoy vive nuestra Patria Nicaragua y el resto del mundo es el resultado del tamaño del dios que los seres humanos hemos fabricado.

La gente vive presa del temor, de la desesperación, de la ansiedad, de la angustia, de la pobreza, de la miseria, y vive esperanzada en las promesas de sus gobernantes, donde lindas promesas van y promesas vienen, pero éstas nunca se concretizan y la historia en Nicaragua no cambia, por el contrario, empeora y los sentimientos pesimistas se agigantan. De hecho, yendo aún más allá de esta tragedia de los pobres, también encontramos que la mayor parte de los pocos ricos y de los pocos que tienen en sus manos el poder político en Nicaragua, viven presos y adictos al dinero, a la fama, a la popularidad, esclavos y adictos al poder.

Esto es porque las grandes mayorías han puesto sus esperanzas en las cosas materiales, en el poder y en los hombres y no en el Dios de la Biblia, y Dios dice en Su Palabra: “Maldito el hombre que pone su confianza en el hombre…, porque engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso. ¿Quién lo conocerá? (Jeremías 17:9).

La Palabra de Dios dice: “Que el amor al dinero es raíz de todos los males”. Entonces, por un lado encontramos a gente esclava en la miseria, y por el otro, a gente esclava del dinero, del poder y de la plata. Éstos son los dioses creados por los humanos y por lo tanto, proporcional al tamaño de los dioses creados por las sociedades, así también son los resultados de su fe. En este esquema no se escapan los pastores religiosos, para quienes el dios de su fabricación es inferior al dios de los pobres, es inferior al dios de los ricos, y por supuesto, es inferior al dios de los gobernantes de la Nación.

En este esquema, los pastores de la iglesia también viven dentro de sus burbujas y de sus pequeñísimos reinos de las cuatro paredes de sus autodenominadas “iglesias”, atemorizados del Faraón, atemorizados de las circunstancias y escondidas sus lámparas debajo de las repisas, sin poder dar ninguna luz a la inmensa oscuridad de su entorno, sin poder aportar, ni contribuir a la libertad que el Dios de la Biblia ofrece y puede dar. El dios de la mayoría de los religiosos es un dios chiquito y limitado, proporcional a su deteriorada capacidad de creer, un dios empequeñecido por el pecado mismo, que es el ingrediente principal de la duda y de la incredulidad.

Por tanto, no pueden ejercer su fe en el “Dios Grande y Verdadero y Digno de Suprema Alabanza, temible sobre todos los dioses”… que tiene poder para cambiar reyes y circunstancias adversas y perversas. “Para el que cree, todo es posible”. Cuando actuemos de acuerdo al Dios de la Biblia, entonces habrá libertad y no yugos de opresión.

 

El autor es empresario, miembro de Amcham, directivo de la Asociación de Café Especiales, directivo de la Cámara de Comercio, e integrante de la Coordinadora Civil.

 

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