(La Prensa/Andreas Bannwart)

Una vuelta por Ometepe

Un periodista suizo se ha dedicado a vivir Nicaragua desde su piel de extranjero. Esta crónica es un adelanto de la sección que publicaremos en las próximas ediciones de Domingo y que se llamará “Un chele en Nicaragua” “¡Ya salimos para San José del Sur!”, me avisa el muchacho de la lancha en el muelle […]

  • Un periodista suizo se ha dedicado a vivir Nicaragua desde su piel de extranjero. Esta crónica es un adelanto de la sección que publicaremos en las próximas ediciones de Domingo y que se llamará “Un chele en Nicaragua”

“¡Ya salimos para San José del Sur!”, me avisa el muchacho de la lancha en el muelle de San Jorge, Rivas. Es la tarde de un viernes cuando el viento aparentemente acaba de terminar su travesía furiosa por la amplitud del Lago Cocibolca, cortando las puntas de las aguas revueltas sin piedad.

Subo a la lancha con cuidado y busco mi lugar entre otros pasajeros en la sombra, evitando el solazo debido al doble impacto de los rayos que se reflejan en el agua.

Una señora se acerca y me dice: “Está compitiendo para la séptima maravilla del mundo”, aparentemente notando mi curiosidad sobre la isla, que vista desde el barco deja ver las siluetas de esos dos inconfundibles volcanes que siguen acercándose a medida que la embarcación es empujada por que conducen hacia una de las islas más grandes del mundo en agua dulce: Ometepe. Mucha gente nicaragüense me confesó que su sueño sería, entre otros, pisar tierras ometepinas.

“Mi único objetivo de hoy es conseguir una bicicleta para mañana”, pienso, obviamente aparte de un hospedaje sencillo, que acabo de encontrar a unas pocas cuadras del muelle de San José del Sur, gracias a su dueño que aparentemente siempre pasa a traer a los turistas.

“Vas a encontrar la bicicletas a unos 500 metros hacía al oeste”, me informa él mismo, y allí más tarde hago la reserva. Luego regreso al hospedaje para matar el hambre y disfrutar la comida local con una sopa de albóndiga.

“Una vuelta alrededor de toda la isla, esperando lo que sea”, es lo último que cruza mi mente al enrollarme en sábanas ligeras, dándome el mayor descanso posible a la hora de caer la noche.

Es la madrugada del sábado cuando me monto en mi bicicleta, pedaleando sobre la carretera adoquinada en muy buen estado hacía Moyogalpa, mientras las llantas soportan el peso de mis 190 libras. El aire fresco cobija mi paseo esa mañana.

Paso por una densidad vegetal con plantas de tabaco a un lado, acompañado por una cadena de eucalipto al otro. Un camión, cargado de plátanos bien estibados entre tablas de todos colores, es el único vehículo que me adelanta al detenerme un rato, dándole toda la atención a una potranca arrancando las briznas húmedas junto a su mamá protectora.

Sigo montando sobre mi vehículo de dos ruedas pedaleando a un suave ritmo. Dejo atrás un pueblo, luego me encuentro rodeado de la naturaleza, poblada por unas pocas casas cuando una muchacha joven con el cabello trenzado cruza mi camino hacia la dirección contraria, saludándome sonriendo, sólo levantando sus cejas. Luego hago un breve receso para capturar la belleza de una casita, aparentemente ubicada en medio de una corona de flores, cuando un simple “hello” me llama la atención mientras mi curiosidad automáticamente hace girar mi cabeza hacía la fuente del saludo.

“Estaba haciendo unos mandados”, me explica la muchacha que acaba de cruzar mi camino por segunda vez, sólo satisfaciendo mi curiosidad por parte de quien era. “¿Vas para Moyogalpa ahora?”, la pregunto, mientras sus pies se encuentran con los míos, pedaleando hacía esta misma ciudad ubicado en la falda del volcán Concepción en el oeste de Ometepe.

Al llegar, me parece oportuno invitarla a un refresco, y de paso apaciguar el calor del día, así que la invité y nos sentábamos en un restaurante con vista al muelle de Moyogalpa.

“Quiero hacer una gira alrededor de toda la isla”, le explico.

“Está mala la carretera” me dice, refiriéndose a que la calle adoquinada se acabó en Moyogalpa y luego sigue siendo sólo un camino escabroso, que provocaron las lluvias fuertes en invierno.

Seguí insistiendo y le pregunto sobre otros oportunidades.

“Vamos a preguntar a mi hermana. Vive aquí en Moyogalpa.”

Pido la cuenta que sale en “7.50 córdobas cada uno” según la mesera. Saco lo pedido, mientras ella misma aclara: “¿Paga él?”

Al mover mi cabeza de manera positiva, el precio sube a diez cada uno. Lo entiendo y acepto.

Luego del descanso, salimos rápido del restaurante, prácticamente huyendo de las nubes grises que anuncian sin piedad que caerá un riendazo de agua.

“Podrías ir al Ojo de Agua cuando la lluvia se haya terminado. Un bus te lleva hasta Tilgüe, y de ahí se debe caminar como unos 20 minutos. Pero no sé cada cuánto salen”, me explica su hermana, haciendo el mejor esfuerzo para que yo pase un día entretenido en la isla.

Al terminar la lluvia, la muchacha me acompaña a la parada de bus, contándome que cuando era niña, su hermana siempre la llamaba “Urraca”, refiriéndose al pájaro local de la isla que lleva unas plumas erectas encima de su cabeza, así como ella andaba amarrada su cabello con una colita.

Viene el bus que significa la despedida, sabiendo que quiero seguir paseando y que ella tiene que hacer unos mandados. Sin embargo, me atrevo a preguntarle al subir la escalera del bus:

“Vas a venir también?”

Los movimientos rápidos de sus ojos señalan que una tormenta de pensamientos está cruzando su mente, seguido por una respuesta determinada, cargado de valor por segunda vez en este día: “¡Si!”

El bus nos lleva hasta el Ojo de Agua, una fuente natural que me sorprende por su claridad inconfundible del agua que le permite a uno distinguir detalles en su fondo. Vestido en short, quiebro la superficie del pozo, entregándome a lo mágico de este lugar enredado de plena naturaleza mientras “Urraca” se suelta las trenzas, mojando solamente su cabello en estas mismas aguas claras, quedándose sorprendido de la belleza de este lugar que también está visitando por primera vez.

Como la decisión de subir el bus pasó de manera bien aventurera y espontánea, ella no llevaba traje de baño, lamentando que no puede darse un chapuzón, pero asegurándome:

–No voy a volver a este lugar hasta que regresés, aunque tarde unos cinco años.

Al atardecer esperamos el bus, compartiendo el tiempo con unos pasos de bachata, gracias al rítmico sonido que está saliendo de una casa cercana, hasta que una camioneta nos lleva, a mí al hospedaje en San José del Sur (con mi bicicleta), a ella a Moyogalpa.

–Te prometo que te voy a buscar más noche en Moyogalpa– le digo al bajarme de la camioneta antes de que se corte la distancia.

Son las seis de la noche. Descanso un rato, quedándome sorprendido que la gira de hoy ha tomado un rumbo tan distinto que el esperado. Sabiendo que el día ha salido como si hubiera sido planeado por otra mano. No me preocupo por la promesa aunque a esa hora del día ya no hay transportes públicos.

Me ducho y me visto. Al cerrar el cuarto, escucho un vehículo llegando, señalando de claxon cómo si lo hubiera pedido. Salgo corriendo del hospedaje, inmediatamente encontrándome justo en frente de un camión que carga plátanos como ya lo había visto en la mañana.

–¿Me lleva a Moyogalpa?– le pregunto directamente al chófer, quien revisa el espacio disponible en su cabina.

–Súbase– me dice, y salimos.

Al llegar en Moyogalpa, le dejo su propina, me despido agradeciéndole su servicio al chófer. Luego me encuentro con “Urraca” y su hermana.

–¡Ya pensábamos que no ibas a venir!– me dicen de una manera alegre al llegar con casi una hora de atraso.

Salimos a una discoteca en Moyogalpa donde seguimos bailando los pasos de bachata que en la tarde “Urraca” me había enseñado, dándonos cuenta sin que tuviera importancia que éramos los únicos de esta noche que estaban compartiendo la pista.

–Creo que voy a buscar un hospedaje ahora– me iba a despedir de las dos, cuando la hermana me dice:

–Te presto el cuarto en mi casa.

Sorprendido de la hospitalidad, agradezco la invitación y acepto, sólo unas 24 horas más tarde desde cuando me enrollé por primera vez en sábanas en la isla de Ometepe.

Es la mañana del domingo en la casa y es mi último día en Ometepe. El olor que viene de la cocina me despierta, ese sabroso arroz frito que luego se mezcla con frijoles.

–Te gusta el gallo pinto– me pregunta la hermana, sabiendo que no se trataba de un gallo y mucho menos de uno manchado.

Luego de disfrutar el desayuno, busco el ferry en Moyogalpa que lleve al muelle de San Jorge, lugar desde donde salí sólo para dar una vuelta en bicicleta al rededor de la que posiblemente será algún día, uno de las maravillas del mundo. Ometepe.

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