Jaycee Lee Dugard, que tenía 11 años cuando fue secuestrada de su casa en South Lake Tahoe (noreste de California) en 1991, fue encontrada a salvo en el área de San Francisco, a unos 200 km de donde desapareció hace 18 años.
La historia que ha estremecido a los estadounidenses inició el 10 de junio de 1991, cuando Dugard fue secuestrada de su casa en South Lake Tahoe, 205 km al noreste de San Francisco. En ese entonces se dijo que desapareció tras subir a un automóvil ocupado por dos personas y ante la mirada del padrastro.
Desde hace 18 años la Policía realiza una investigación que terminó con la aparición de la mujer que se presentó por sí misma a la Policía de Concord para decir que ella era Jaycee Lee Dugard.
Phillip Garrido, 58 años, y su esposa Nancy, de 54, la pareja estadounidense acusada de secuestrar a la niña y mantenerla cautiva durante 18 años, durante los cuales engendró dos hijas, se declaró ayer “no culpable” de múltiples cargos que incluyen violación.
Los acusados no hablaron en la audiencia de cinco minutos en la Corte Superior del condado de El Dorado. Ambos quedaron detenidos sin derecho a fianza y volverán al tribunal el 14 de septiembre.
Garrido y su esposa fueron acusados de secuestrar y violar —entre otros cargos— a Dugard, hoy de 29 años, y mantenerla como prisionera en un jardín escondido de su casa rural de Antioch, 70 km al este de San Francisco.
La Policía reveló que el secuestrador, que vivía en libertad condicional como “delincuente sexual” por un delito de violación y secuestro de 1971, le engendró dos hijas a Dugard, que hoy tienen 15 y 11 años.
Una vivienda anodina en un tranquilo barrio rural escondió durante 18 años a la joven que fue condenada a un calvario en el jardín de la casa ubicada en el número 1554 de Walnut Avenue, en una antigua zona minera al este de San Francisco.
Sin embargo, detrás de una valla de madera de unos 2,5 metros de altura, una red de piezas destartaladas y carpas viejas conformó una prisión secreta para Jaycee Lee.
Ayer, los azorados vecinos no podían creer los crímenes que habían ocurrido en su barrio y que pasara tanto tiempo para que fueran detectados.
Los vecinos describieron al secuestrador como un religioso fundamentalista que solía predicar frente a su casa.