- En los últimos dos años se ha reducido la migración de productores de El Castillo hacia Costa Rica, por las crecientes cosechas de cacao
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Para llegar a la comunidad El Padilla, en el municipio de El Castillo, Río San Juan, hay que llegar en panga a Boca de Sábalos. De ahí se debe atravesar al menos 25 kilómetros de camino para llegar a la comunidad de Las Maravillas, la última donde se adentran vehículos automotores.
Desde Las Maravillas se debe atravesar a caballo, mula o a pie, un trecho de unos ocho kilómetros para llegar a El Padilla, un lugar donde no existen los autos, ni motos, ni bicicletas, mucho menos la luz eléctrica.
Ahí, a pesar de esas limitaciones, María Lidia Taleno Castillo siembra parte del cacao que se vende a la empresa alemana Ritter Sport, para que lo transforme en chocolate que se comercializa en Europa, América del Norte y del Sur.
El cacao que no cumple el tamaño requerido para las normas de calidad de esa empresa lo usan para hacer chocolates artesanales con formas de flores, que luego vende en las pulperías de las comunidades cercanas.
Ella cuenta que para aprender a hacer chocolate se fue a capacitar a Nueva Guinea, como parte del Proyecto de Manejo Sostenible en la Zona de Amortiguamiento del Municipio El Castillo, impulsado por el Servicio Alemán de Cooperación Social Técnica (PMS-DED), con fondos daneses.
María Lidia relata que al mes hace unos mil chocolates y que los vende a un córdoba cada uno. Esto —cuenta— le sale favorable, ya que sus principales insumos (leche y cacao) los encuentra en su finca.
“La vida nos tocaba triste cuando venimos aquí. Mi esposo trabajaba de jornalero, y cada año sembraba frijol y maíz y de eso nos manteníamos, pero era muy poco porque el frijol se pierde, y teníamos que emigrar a Costa Rica para ganar y comprar las cosas”, recuerda.
María Lidia tiene seis hijos y ahora todos van al colegio, pero la realidad era otra cuando tenían que emigrar.
“Los dejaba con mi cuñada, ella se iba a cuidarlos en la noche; en el día se quedaban solos”, lamenta la productora.
Producto de esa situación, sus hijos se retrasaron en el colegio. La mayor, que tiene 18 años, cursa el segundo año de Secundaria.
A pesar de esos malos recuerdos, María Lidia dice orgullosa que en los últimos tres años sus hijos no han fallado a las clases porque han dejado de ir a Costa Rica.
“Yo hago los chocolates y de eso les compro a los chavalos los cuadernos, los lápices y todo. Me da para eso. Si mi esposo me da, bien, y si no, también”, resalta.
“Yo le digo a los chavalos que ahorita lo que vamos a hacer es trabajar sólo lo que es el cacao, para que de eso logremos su carrera”, agrega.
CACAO FRENA MIGRACIÓN
Al igual que María Lidia, decenas de productores de cacao de El Castillo han dejado de viajar a Costa Rica para trabajar, desde que empezaron a sacar su cosecha.
En esa zona los productores se han unido en cooperativa y venden todas las semanas su producto en el centro de acopio más cercano.
Jamileth Jarquín, encargada del centro de acopio que tiene en El Padilla la Cooperativa de Servicios Múltiples de Cacao Reserva Indio Maíz (Cosemucrim), cuenta que el martes pasado acopiaron 6.2 quintales de cacao en baba. Cada libra es pagada a los socios de la cooperativa a siete córdobas.
Jarquín cuenta que la cooperativa dispone de un fondo para comprar el cacao que les lleven los productores, y así garantizar cada semana que lleven dinero a sus casas.
En el centro de acopio se encargan de fermentarlo, secarlo y empacarlo, para luego ser sacado en bestias a Las Maravillas y llevado posteriormente a Boca de Sábalos, donde se hace el control de calidad, según las exigencias de Ritter Sport. Luego es enviado a Matagalpa, donde la empresa alemana tiene sus bodegas.
Jamileth cuenta que actualmente el cacao es el único producto que está dando ingresos a los pobladores, ya que por el exceso de lluvias muchas veces se pierden los cultivos de frijol o arroz.
Cuenta que antes que el cacao empezara a ser cosechado, los pobladores tenían que sobrevivir de la venta de una que otra gallina o huevos.
“Ahora sí, cada ocho días estamos sacando cacao, martes a martes estamos sacando, entonces ahora sí tenemos un ingreso”, expresa.
“Ahorita la gente que tiene ganado, vende la libra de queso a cuatro córdobas y cuesta más que estar viendo el cacao. No hay un precio estable, el queso ha estado a 23 y hasta a dos córdobas, entonces no hay de qué hacer dinero”, recalca.
Jamileth explica que el PMS-DED ha capacitado a los productores para que cuando culmine el proyecto puedan brindar asistencia técnica.
En su caso es becaria del proyecto y estudia agronomía por encuentros en San Carlos, cabecera departamental de Río San Juan.
RETRASO EN LOS ESTUDIOS
Asunción Vargas, habitante de El Padilla, dice que el mayor problema que le dejó el emigrar a Costa Rica constantemente es que sus hijos mayores se retrasaron en sus estudios.
Ahora —cuenta— sus hijos mayores cursan los primeros años de Secundaria, pero lamenta que ya estarían por bachillerarse.
“Hace por lo menos ocho años la vida era más difícil que ahora, porque había menos trabajo”, comparte.
En los últimos dos años, desde que empezó a cosechar el cacao, no ha vuelto a viajar al país del sur, y sus hijos menores ya cursan la Primaria.
“Ésa es la lucha, no dejarles una gran heredad (herencia), pero al menos prepararlos”, afirma.
LARGAS HORAS DE CAMINO
José Reynaldo Amador no tiene hijos, pero sí debe apoyar económicamente a su mamá y hermana. Hasta hace poco más de un año dejó de ir a trabajar a Costa Rica, pero antes de eso debía salir a pie desde El Padilla hasta Boca de Sábalos, para encontrar una panga que lo cruzara el río y seguir caminando hacia Costa Rica.
Ese trayecto, cuenta, le llevaba al menos 12 horas de caminata.
El martes pasado, José Reynaldo llevó las 22 libras de cacao que sacó de su finca y regresó a casa con 154 córdobas que antes no podía obtener sin salir del país.
“Ya me quité ese martirio de estar yendo, porque si no iba uno, no había plata”, explica.