- En los últimos 60 años, recuerda ex candidato a la Presidencia
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Amalia Morales
Golpes militares y gobernantes civiles subordinados al poder de los uniformados ha sido una constante en la realidad política hondureña de los últimos sesenta años. Por eso no es extraño, para muchos, que hace dos semanas fueran los militares (con el apoyo de diverso sectores) los que derrocaran a Manuel Zelaya Rosales, electo con un 23 por ciento de los votos.
Así concluye Efraín Díaz, analista político y ex diputado del Partido Social Cristiano de Honduras, a raíz de lo ocurrido en su país.
Díaz recuerda que en 1954, cuando en Guatemala se derrocaba al gobierno revolucionario de Jacobo Arbenz, en Honduras se instalaba en el poder un gobierno fáctico, como el que ahora preside Roberto Micheletti, quien ha insistido que en ese país no hubo golpe contra Zelaya, sino una “sucesión constitucional”.
Tras el golpe del 1954, Díaz recuerda que los militares dejaron en el poder al que era vicepresidente en ese momento, para derrocarlo dos años más tarde, y poner en su lugar al presidente del partido liberal, Ramón Villeda Morales, al que sacarían del poder en 1963.
Osvaldo López Arellano, un militar cercano al dictador nicaragüense, Anastasio Somoza, fue quien propinó ese golpe y estableció una especie de cogobierno con la clase política, “que se legalizó en 1965 a través de unas elecciones dudosas”, refiere Díaz y agrega que ese sufragio le dio un respiro al país.
En el año 1971 hubo elecciones nuevamente. Los principales partidos políticos, los liberales y los nacionales, llegaron a un acuerdo que se conoció como el pacto de Unidad Nacional, que fue borrado por los militares al año siguiente.
Díaz dice que durante el golpe militar de 1972 los uniformados contaron con el apoyo de la clase empresarial y del campesinado, quienes habían acusado la debilidad del gobernante de turno.
A partir de allí los militares no cedieron el poder hasta 1979, cuando el país, agitado un poco por lo que ocurría en Nicaragua, que desembocó en una revolución en julio, empezó un proceso de transición que vio sus frutos hasta en 1982 cuando se creó la Constitución.
ÉPOCA DORADA
Díaz dice que el Ejército siempre ha sido una institución poderosa y que, en los años ochenta, ese poder se fortaleció con la colaboración de Estados Unidos.
“Honduras se convirtió en el gran aliado de Estados Unidos y convirtió al país en una plataforma para la presencia norteamericana”, dice Díaz, quien desde el Congreso fue el único que se opuso a la presencia estadounidense en su país.
“Pensaba que Nicaragua no era una amenaza a la seguridad nacional de Honduras”, dice Díaz y recuerda que John Negroponte, quien entonces era el embajador en Tegucigalpa, le dijo: “Usted con su posición está propiciando el comunismo en su país”.
Esa fue “la época de oro” para el Ejército hondureño, que estuvo del lado de Zelaya en los inicios de su gobierno, pero que luego de la firma del Alba (Alianza Bolivariana para las Américas), empezó a distanciarse, lo mismo que la clase empresarial y que la Iglesia católica y evangélica, la trinidad que está sosteniendo el actual golpe.