Esta semana ocurrió en China comunista otra de las espantosas masacres a las que la férrea y despiadada dictadura totalitaria que oprime al pueblo de ese país tiene acostumbrada a la opinión pública internacional, la cual ya ni siquiera se inmuta cuando ocurre una nueva matanza.
La masacre de esta semana ocurrió en la provincia china de Xinjiang, antes Turquestán Oriental, donde vive la minoría étnica de los iugures, un pueblo que es absolutamente diferente al chino, sus raíces son turcas, su religión es la musulmana, tiene su propio lenguaje y una cultura peculiar que se diferencia muy claramente de la cultura china en general y en particular de la han, que es la mayoritaria entre las más de cincuenta etnias que pueblan el territorio de China continental. La masacre de esta semana dejó un saldo de 156 personas muertas, según la información oficial. Pero de acuerdo con versiones independientes, las víctimas mortales habrían sido entre quinientas y mil personas, lo cual fue sostenido por la lideresa en el exilio del pueblo iugur, la señora Rebiya Kadeer, quien reside en la ciudad estadounidense de Washington.
Pero no es la primera vez que el régimen comunista chino masacra a la población iugur o cualquiera otra minoría étnica cuando reclama su independencia, o una verdadera autonomía y el ejercicio de los derechos y libertades que son intrínsecos de la persona, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Entre esas matanzas, las que más han sonado en el mundo han sido las del Tíbet y en la Plaza Tiananmen de Pekín, cuando el Ejército aplastó las grandes manifestaciones de los estudiantes y el pueblo por la democracia, la libertad y los derechos humanos.
China comunista, con su espectacular desarrollo económico basado en un súper salvaje capitalismo de Estado, tiene deslumbrado al mundo occidental. Los gobernantes y empresarios de todos los países capitalistas quieren hacer negocios con China, sin importarles que allí no hay economía libre de mercado, que los derechos humanos no son respetados y que hasta la más mínima protesta laboral es reprimida brutalmente.
Salvo raras excepciones, los gobernantes de los países democráticos, inclusive los que otrora comparecían como adalides de la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos en cualquier parte del mundo, ahora guardan un conveniente pero cómplice silencio. Y mantienen esa actitud de complicidad, a pesar de que las masacres perpetradas por el régimen comunista chino han sido acciones claramente genocidas, de acuerdo con la definición del Derecho Internacional, y como tales deberían ser sancionadas. No de otra manera se puede calificar a la matanza de mayo de 1959 en el Tíbet, cuando fueron asesinadas más de 80 mil personas que pedían la independencia nacional; a la masacre de Tiananmen, en julio de 1989, en la que murieron unas 2,600 personas, según la Cruz Roja de China; al asesinato masivo de marzo del año pasado, también en el Tíbet, que dejó un saldo de más de doscientos tibetanos asesinados, entre ellos 99 monjes budistas; y la matanza de esta semana contra la población iugur en la provincia de Xinjiang.
La Convención Internacional para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, suscrita también por los gobernantes de China comunista, establece en su Artículo II que el genocidio “significa cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) Matanza de miembros del grupo. b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo. c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial. d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo. e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo”. Casi todas esas acciones genocidas las ha practicado y sigue practicando el régimen comunista chino, contra la etnia iugur, el pueblo tibetano y la población en general.
El régimen comunista chino es un aborto de la sociedad y de la humanidad. Es una repugnante mezcla de totalitarismo, chovinismo, racismo, comunismo y capitalismo de Estado en sus peores manifestaciones. Pero los líderes del mundo libre y democrático callan de manera tímida o cobarde, para no perjudicar sus provechosas relaciones con la camarilla dirigente de China comunista.