La batalla de Avellán

[email protected] Se supone que este espacio está pensado para comentar sobre deportistas que se destacan. Y eso haré. Aunque esta vez, la hazaña no se realizó sobre el campo de juego, sino fuera, en una batalla por la vida que aparentemente se ha perdido, pero no es así. Conocí a Jorge Luis Avellán hace unos […]

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Se supone que este espacio está pensado para comentar sobre deportistas que se destacan. Y eso haré. Aunque esta vez, la hazaña no se realizó sobre el campo de juego, sino fuera, en una batalla por la vida que aparentemente se ha perdido, pero no es así.

Conocí a Jorge Luis Avellán hace unos veinte años y llegué a apreciar sus talentos como jugador de beisbol y su integridad como persona. Pero luego lo admiré como papá de su hijo Samuel, también pedido a Jehová, como el de Ana, según la Escritura.

Y después conocí a Samuel, concebido con extremas dificultades por Nidia, quien hasta debió permanecer en cama largos períodos durante su embarazo, en lo que sería la etapa inicial de una batalla que nunca tuvo pausas, pero que jamás causó amargura.

Durante el parto, Samuel sufrió complicaciones que requerían una transfusión de sangre y por una aparente negligencia médica comenzó a crecer con dificultades sicomotoras y de lenguaje, pero sus papás no bajaron la guardia y siguieron en su lucha.

Para mí fue un privilegio conocer a ese niño, casi al momento de su nacimiento. Y luego vi su desarrollo a través del tiempo. No necesitó caminar para demostrar que se podía ir hacia adelante. No necesitó hablar perfecto para expresar su alegría.

Sin embargo, lo que más me impactó fue el amor de sus papás y como fueron muriendo ellos en beneficio de su hijo. Nidia hizo a un lado su carrera de sicóloga, y Jorge estaba dispuesto para jugar, sí y solamente sí, Samuel estaba en condiciones.

Quizá por ello no me extrañó su ausencia en el equipo de Matagalpa el fin de semana. Él estaba al pie del cañón junto a su hijo en el hospital, como lo hizo siempre. No robándole tiempo al tiempo, como hacemos algunos, sino dándole todo su tiempo.

He visto a Jorge junto a su hijo –el único que tenía— casi al pie de la tumba y me ha dicho, “creo que hice todo lo que debía hacer”. Y así fue. Quizá ha de sentir igual satisfacción que el Apóstol Pablo cuando afirmaba que “he peleado la buena batalla”.

Desde el domingo, Samuel debe estar junto al Padre para también decirle: habla que tu siervo escucha, mientras Jorge y Nidia libran esta nueva batalla.

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