Usted puede juzgar las últimas decisiones de Alexis Argüello del modo que estime conveniente. En lo que no hay discusión es que él alcanzó la excelencia como boxeador. Tres coronas y una intachable trayectoria son el mejor argumento.
Sin embargo, Alexis no llegó a la cumbre por arte de magia. Lo hizo porque tenía un talento especial y porque se le trató de una manera especial. A sus herramientas físicas se les rodeó de las condiciones necesarias para que se desarrollaran al máximo, y el pugilista complementó ese esfuerzo con su mejor actitud. Ahí estuvo el éxito.
¿Podrá Román “Chocolatito” González desarrollar también todo su potencial? Fíjese bien que ni siquiera estoy comparando. Pregunto que si al igual que Alexis, González será capaz de apretar el acelerador a fondo y desarrollar una trayectoria sólida dentro del pugilismo. Eso de comparar, entretiene pero no resuelve nada. Cada quien escribe su propia historia.
A Román lo observamos el sábado ante el mexicano Francisco Rosas y no nos gustó lo que vimos. Se veía lento, trancado, sin poder e irresoluto. Luego se devela que tenía problemas estomacales y que saltó del ring al servicio higiénico. Eso, no me parece ni gracioso ni heroico. Menos mal que el título se mantuvo a salvo y que no pasó una desgracia.
Los imprevistos vienen, pero se reducen a medida en que se anticipa, planea e imprime toda la seriedad a la tarea que desarrolla. Eso no ocurrió en este caso con Román, quien quedó exprimido para dar el peso y trató de reponerse con una cuota de comida encima de lo que podía asimilar su contraído estómago.
Me gusta la lección que ha dejado todo este asunto. Por tanto, será necesario un cambio de enfoque sobre la forma cómo ha sido tratado Román. Se le puede llegar a cultivar como a Alexis, o se le trata de modo artesanal con riesgos como los del sábado en Oaxaca, donde no sólo se pone en peligro la corona, sino la vida.