- La nueva coproducción italo-franco-estadounidense Ché (2008-2009), dirigida por Steven Soderbergh, retoma la imagen del guerrillero argentino como uno de los grandes iconos del siglo XX
Hay personajes históricos como Lincoln, Bolívar, Juárez, Zapata, Lenin, Sandino, Eva Perón o el Dalai Lama, que habiendo alcanzado carácter hagiográfico, resultan incómodos de llevar a la pantalla. Demasiado controversiales por las pasiones encontradas que despiertan en millones de personas, los cineastas los tratan con sumo cuidado, lo que se refleja en actuaciones a menudo solemnes y unidimensionales. El Ché Guevara ocupa, por supuesto, lugar de honor en esa lista.
Guevara fue interpretado por primera vez en el cine por Omar Sharif en Ché (1967), filme estadounidense dirigido por Richard Fleischer. La asignación del rol protagónico a un galán de cine en pleno apogeo, revelaba cierta simpatía hacia el personaje. Pero la película enfatizaba una supuesta controversia entre Fidel (Jack Palance) y Guevara, como símbolos respectivamente de pragmatismo e idealismo. Tratando de no ofender a nadie, fue prohibida en países con dictaduras tanto de izquierda como de derecha.
Hubo una producción italiana dirigida por Paolo Heusche, titulada El Ché Guevara (1968), con el gran actor español Paco Rabal, que no fue estrenada en Nicaragua en la época de Somoza. Después del triunfo de la revolución sandinista, el Instituto Nicaragüense de Cine importó una copia. La película fue aprobada por la censura, pero se recibió una orientación de Cuba informando que la misma no era bien vista en la isla y, por segunda vez, no se estrenó en Nicaragua. También está Diario de motocicletas (2004) de la que nos ocupamos ampliamente en su oportunidad.
La nueva coproducción italo-franco-estadounidense, Ché (2008-2009), dirigida por Steven Soderbergh, retoma la imagen del guerrillero argentino como uno de los grandes iconos del siglo XX. Pero no se trata de un filme panfletario con héroes y villanos de melodrama. Por ejemplo, en las secuencias en la ONU, los embajadores de Nicaragua, Panamá y Venezuela que se oponen al Ché, lo hacen guardando la compostura propia de los diplomáticos en un foro internacional.
No se desfigura a los personajes por sus posturas políticas para manipular ideológicamente al espectador, como sucede en las películas de Oliver Stone o Miguel Littín (el portugués Joaquim de Almeida, que interpretó a Sandino en la película de Littín sobre el héroe de Las Segovias, actúa en Ché como el presidente de Bolivia, René Barrientos).
Steven Soderbergh se inició como director dentro del cine independiente estadounidense con películas como Sexo, mentiras y videocintas y Traffic. Su trabajo en películas comerciales como La gran estafa y sus dos secuelas, le permite incursionar en un cine controversial, con menos potencial de taquilla, como la película que nos ocupa. Soderbergh la coprodujo con el puertorriqueño Benicio del Toro, que interpreta al Ché.
La primera parte, titulada El argentino (ambientada en la Sierra Maestra), es anecdótica y esquemática. A través de algunas anécdotas tomadas de escritos de Guevara, se desarrolla ante nuestros ojos un fresco en colores y pantalla panorámica de la vida de los guerrilleros en la montaña. Pero la primacía de los planos generales, acentúa el distanciamiento del director respecto de sus personajes.
Con más de cuatro horas de duración, esta película no es la biografía completa del Ché que uno podría esperar. No hay nada de su niñez y muy poco de su vida privada. Concluida la parte de la Sierra Maestra con la batalla de Santa Clara, el filme da un salto a la trágica aventura del Ché en Bolivia.
En esta segunda parte titulada Guerrilla, la película mejora considerablemente. El estilo es más sobrio, la visión de los personajes, más íntima, y del Toro (premiado en Cannes y en España con el Goya) logra perfeccionar su retrato del guerrillero a través de un hilo argumental que se desarrolla paulatinamente, sin perder su fluidez. En su caracterización, la nota dominante es la melancolía, reflejada en sus ojos rasgados y miopes, que evocan la mirada de James Dean.
Soderbergh sigue al Ché desde su despedida de Fidel hasta su muerte en las montañas, pasando por su llegada a Bolivia con pasaporte (falso) de la OEA. (físicamente transformado en otra persona); su entrada en la montaña, sus relaciones con los guerrilleros, sus conflictos con el Partido Comunista de Bolivia y su incapacidad para ganar el apoyo de los campesinos.
La ideología política del personaje se define a través de frases sueltas en distintas épocas de su vida. La película no está planteada como film de controversia política, sino como la semblanza épica de un héroe de nuestros tiempos. Igual que en la película de Fleischer, el actor que hace de Fidel (el mexicano Demián Bichir) se roba las escenas en que aparece, debido a la personalidad llamativa del Comandante en Jefe. Aunque lo de Bichir es más imitación que interpretación.
La película tampoco es un estudio profundo de la personalidad del Ché y sus posibles contradicciones como ser humanos. Facilita la visión un tanto hagiográfica del personaje el hecho de que el director omitió los años en que el Ché fue parte del engranaje de poder revolucionario (los notorios fusilamientos son objeto de apenas una referencia verbal y no se menciona su consigna de crear dos, tres muchos Vietnam).
De esta manera, el filme salta del Ché guerrillero al Ché mártir, sin meterse en consideraciones sobre su papel en la configuración y construcción de la revolución cubana con todo lo bueno y lo malo que pueda tener.
Pero las simpatías o antipatías que esta película pueda generar en cada espectador (más allá de su calidad como obra cinematográfica) dependerán no tanto de la posición de cada uno respecto a lo que el Ché hizo, sino respecto a lo que representa: La lucha armada como única vía viable al triunfo de una revolución (algo que el desarrollo de la nueva izquierda en Iberoamérica contradice) y el radicalismo marxista-leninista como única solución de los problemas sociales.
Y aunque su figura como promotor de la guerra de guerrillas lo corresponsabiliza de los baños de sangre generados durante varias décadas por esta opción de lucha por el poder, su compromiso imbatible con sus ideales y el no haberlos traicionado en su vida personal (imposible imaginar al Ché en una mansión confiscada, inscrita a su nombre, convertido en flamante empresario privado), lo hacen digno de admiración. Esto sin olvidar la cita de Wilde: Que un hombre muera por una causa no significa nada en cuanto al valor de la causa.