Todos, o casi todos, admiramos a Román “Chocolatito” González como boxeador, porque realmente es admirable. No es muy común encontrarse sobre el ring a un chavalo que se desenvuelve más allá de su edad.
González tiene un impresionante instrumental físico y lo que más impacta es la forma cómo lo utiliza en la tarima. Está dotado para prevalecer sobre cualquier terreno. Boxea y pega, amaga y dispara, es prudente y atrevido, y además, tiene carisma. No le ha tomado mucho tiempo entrar profundo en el sentimiento popular.
Este púgil, que ha sido lo mejor que ha tenido el país desde los días en los que Rosendo Álvarez gobernaba en las categorías pequeñas, expondrá por primera vez la corona que ganó el 15 de septiembre del año pasado en Japón, donde noqueó al entonces monarca mundial Yutaka Niida, a quien le desfiguró el rostro a base de potentes ganchos y rectos.
Y aun cuando todo el proceso de adiestramiento de González estuvo salpicado por las dudas y hasta cubierto por las polémicas, no se cree que enfrente problema para imponerse a un boxeador mexicano que en términos objetivos, hasta el momento no ha hecho nada de peso, más que perder ante algunos boxeadores más o menos conocidos.
El “Chocolatito” es el campeón mundial y ha llegado hasta donde está por méritos propios, pero hoy tiene una oportunidad para despejar las dudas que aún podrían persistir sobre su real dimensión, pero más que eso, sobre su disciplina, madurez y actitud para sobrellevar esta fase, que si bien no es de bonaza, le ha resuelto sus más elementales necesidades.
Como él suele decir, “yo no les he fallado”. Es cierto. Ganó su título porque supo estar despierto cuando llegó su gran oportunidad. Es un joven que ha respondido a las expectativas y que esta noche, hasta podría paralizar el país con ese boxeo artístico pero también homicida que suele ofrecer.