La democracia electoral de Israel

Las elecciones que se realizaron en Israel el martes de esta semana atrajeron la atención internacional, por el impacto que sus resultados tendrían en el conflicto israelí-palestino, el cual, aunque se debe a históricas rencillas particulares de esos dos pueblos hermanos, sin embargo, por múltiples razones afecta a toda la comunidad internacional. O sea que más allá del problema de cuál partido o coalición va a gobernar en Israel por los próximos cuatro años, el mayor interés internacional se enfoca en cómo influirá la formación del nuevo gobierno israelí en el crónico y a menudo sangriento conflicto que envuelve a esa atribulada zona del Oriente Cercano.

Pero la verdad es que por sí mismas, las elecciones en Israel son muy interesantes, primero, porque es el único país de esa zona que se gobierna democráticamente; y segundo, porque el sistema electoral israelí es tan democrático que en la práctica se vuelve terriblemente complicado. Así lo han demostrado una vez más los comicios del martes pasado en Israel, país donde se elige a 120 diputados al Parlamento que a su vez escoge al Presidente del Estado.

En efecto, las elecciones las ganó el partido Kadima (palabra que significa Adelante, en el idioma hebreo), el cual es encabezado por la ministra de Asuntos Exteriores Tzipi Livni y obtuvo 28 diputados de un total de 120, sin embargo lo más probable es que no sea ella quien encabece el nuevo Gobierno.

Lo que pasa es que en el sistema político de Israel, el Presidente no está obligado a pedirle al líder del partido que obtuvo más diputados, que forme el nuevo Gobierno. El Presidente tiene la facultad de encargarle esa tarea, al líder del partido que tenga más posibilidad de organizar la coalición indispensable para gobernar ese país, que es ampliamente pluralista y donde todas las facciones tienen derecho a estar representadas en el Parlamento, con sólo que recojan el dos por ciento de los votos en las elecciones parlamentarias. Y en este caso lo más probable es que el Presidente —cuyas funciones son básicamente protocolarias y su facultad gubernamental consiste únicamente en designar a la persona que debe formar Gobierno y ser el Primer Ministro del Estado— llamará para eso a Benjamín Netanyahu, líder del partido derechista Likud (que significa Consolidación, en hebreo), aunque éste sacó un diputado menos que Kadima, o sea 27. Sin embargo, el Likud y los demás partidos de derecha suman muchos más escaños que los que podría alcanzar la señora Livni.

Una buena parte del problema radica en la gran dispersión política interna que hay en Israel, debido a que el sistema es muy generoso para la participación de los partidos y la obtención de diputados al Parlamento. Después que en 1948 se constituyó el Estado de Israel, se adoptó un sistema político basado en la representación proporcional que fue considerado por los expertos como democráticamente perfecto. Para gobernar el país los israelíes decidieron seguir el modelo de un Parlamento denominado Kneset (que significa reunión), como se llamó la asamblea de 120 sabios que gobernó Israel después que el pueblo judío regresó del exilio de Babilonia, en el siglo V antes de Cristo. Pero debido a las inconsistencias prácticas del sistema, la Ley Electoral que fue adoptada en 1951 tuvo que ser reformada en 1992. Buscando cómo hacer más dinámico el sistema político pero conservando su amplitud democrática, se estableció que el Primer Ministro sería elegido directamente, al mismo tiempo que los diputados, pero en boleta separada. Sin embargo tampoco este procedimiento resultó satisfactorio y se volvió al sistema anterior. Ahora hay en el Parlamento otro proyecto de reforma electoral, pero el nuevo Gobierno debe de ser formado según las reglas actuales.

Finalmente, como consecuencia de la reciente guerra en Gaza y de las amenazas de Hamas, Hezbollah e Irán, el electorado israelí ha girado drásticamente hacia la derecha. Así lo demuestra el hecho de que los partidos derechistas obtuvieran en las elecciones del martes pasado, muchos más escaños que el centro y la izquierda moderada. De manera que lo más probable es que el nuevo Gobierno israelí será más duro en el manejo del conflicto con los palestinos, particularmente con Hamás, y las posibilidades de un acuerdo de paz definitiva se mantendrán alejadas quien sabe por cuánto tiempo más.

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