Redescubriendo el Istmo

Nuestro columnista político recorre Centroamérica y nos cuenta lo que le va a decir al próximo Gobierno de EE.UU. Imagínese que su hermano gemelo despertara hoy de un coma de 25 años y le pidiera a usted un informe sobre los principales cambios que han ocurrido en Centroamérica, ¿qué le contestaría?” Precisamente, mi última visita […]

  • Nuestro columnista político recorre Centroamérica y nos cuenta lo que le va a decir al próximo Gobierno de EE.UU.

Imagínese que su hermano gemelo despertara hoy de un coma de 25 años y le pidiera a usted un informe sobre los principales cambios que han ocurrido en Centroamérica, ¿qué le contestaría?”

Precisamente, mi última visita a Centroamérica fue justamente hace 25 años. Visité la región en varias oportunidades, a fines de los setenta y durante el comienzo de los ochenta, pero no regresé en casi un cuarto de siglo. Así que llegar a fines de 2008 fue casi como despertarse de un coma.

Inmediatamente después de la elección de Barack Obama y en el medio de la crisis económica internacional en pleno desarrollo, viajé por tres semanas a Guatemala, El Salvador, Nicaragua y Panamá, con el objetivo de evaluar cómo estos países habían cambiado durante este tiempo. Mi objetivo fue investigar para un libro titulado Repensando las relaciones entre Estados Unidos y América Latina y, de paso, adquirir un sentido más inmediato de la situación actual de estos países, para poder ofrecer una opinión al próximo gobierno de EE.UU.

La idea principal: la región ha cambiado mucho y ha mejorado en muchas dimensiones en los últimos años. Pero también hay muchos desafíos y problemas pendientes que se pueden ver agravados por la actual crisis económica. Veamos:

La gran buena nueva para mi gemelo que salió del coma es que Nicaragua y El Salvador están en paz, enfrentando desafíos políticos, pero sin prospectos de entrar en una nueva guerra civil. Hace 20 años, Guatemala estaba aún inmersa en un cruento ciclo de insurgencia rural y represión genocida. Ahora ha conseguido varias transiciones ejecutivas pacíficas y la inauguración, en 2008, de un gobierno centro-demócrata liderado por Alberto Colom, quien busca fortalecer los programas sociales, aumentar los impuestos y empoderar el Estado: algo impensable hace 20 años.

Panamá, por su lado, en ese período se encontraba bajo el poder del corrupto y represivo coronel Manuel Noriega; ahora él está en la cárcel, la prensa panameña es libre, sus elecciones son competitivas y ampliamente aceptadas como válidas.

En el ámbito económico y productivo también hay noticias excelentes. Guatemala, El Salvador y Nicaragua, en distintos niveles, se han diversificado, dejando de depender excesivamente de las exportaciones de café, azúcar, algodón y carne, para poner énfasis en productos menos tradicionales (frutas, hortalizas, flores, productos del mar y pollos). Las maquiladoras y las industrias textiles, autopartes y chips de computadora, el turismo y servicios varios, incluyendo call centers, también prosperan.

Panamá, por su parte, logró exitosamente la reversión de la soberanía del Canal, ha expandido su puerto e instalaciones de trasbordo de manera considerable y desarrollado grandes centros de servicios bancarios y legales. La construcción está en pleno auge, el turismo se expande. El país, alentado por la expansión del Canal, está experimentando niveles envidiables de crecimiento con reducciones significativas en el número de personas que viven en la miseria y pobreza extrema.

Los cuatro países se han fortalecido debido a la expansión considerable de la inversión y el comercio interregional y mejorado el acceso al mercado estadounidense a través del DR-Cafta (el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y los países de Centroamérica y República Dominicana, en el Caribe). La emigración masiva, principalmente hacia Estados Unidos, especialmente desde El Salvador y Guatemala, ha aliviado la presión sobre el empleo, provisto un flujo vital de intercambio a través de remesas (que alcanzan el 18 por ciento del PIB en el caso de El Salvador) y producido importantes remesas no monetarias, de ideas, técnicas y aspiraciones.

Aún considerando lo anterior, es cierto que los muchos que aún son muy pobres e históricamente excluidos, incluyendo los pueblos indígenas de Guatemala, permanecen sustancialmente en desventaja. Pero ya no son brutalmente silenciados, tienen acceso a diversos canales para expresar sus necesidades y prioridades, y su situación está mejorando en forma lenta, pero segura. La inversión en educación se ha expandido significativamente y las estadísticas de alfabetización y años de escolaridad han mejorado mucho.

El panorama antes descrito correría el riesgo de ser falsamente feliz, si no se advirtiera que cada uno de estos países se mantiene dramáticamente dividido entre las clases privilegiadas y los sectores mayoritarios de la población sumergidos en la pobreza o pobreza extrema. Ambas categorías llegan a componer la mitad de la población en Guatemala y Nicaragua, más del 30 por ciento en El Salvador, y más del 28 por ciento en Panamá, el más rico de los cuatro.

Si bien la política y las comunicaciones se han democratizado, el acceso a los grandes activos económicos y la educación de calidad sigue extremadamente restringido. Un crecimiento económico importante ha ocurrido desde 1990 en Panamá, El Salvador y Guatemala y desde 2000, incluso en Nicaragua, pero los beneficios derivados de él siguen estando distribuidos de forma muy desigual en los cuatro países. La élite guatemalteca tiene más helicópteros per cápita que cualquier otro país (hay que admitir que el terrero es montañoso), pero los índices de desnutrición, aunque están mejorando, siguen figurando entre los peores del mundo.

Otra mala noticia es que las instituciones políticas en todos estos países permanecen frágiles. Los presidentes y parlamentos son elegidos en elecciones que son reconocidas y aceptadas como creíbles, pero que rápidamente pierden legitimidad debido a la corrupción y la ineficiencia. La confianza pública en la mayoría de los presidentes es baja, y aún más baja todavía en el caso del Poder Legislativo.

¿Parece demasiado malo? Aún falta: el sistema judicial es ampliamente reconocido como corrupto, comprometido e incapaz de encontrar responsables o vencer la impunidad. Los partidos políticos son débiles, con la excepción de El Salvador, donde el conflicto entre Arena y el FMLN podría muy pronto polarizar nuevamente al país. Los partidos se forman y desaparecen con sorprendente velocidad en Guatemala, y se han convertido en meros vehículos personales en Nicaragua. En cada uno de esos países existe algún peligro de reversión hacia gobiernos autoritarios, con los signos más evidentes en Nicaragua, especialmente en la obvia manipulación gubernamental de las elecciones municipales en noviembre para prevenir el triunfo de la oposición en Managua y varias otras ciudades.

Un cuarto de siglo después que dictaduras crueles y guerras civiles no más piadosas llenaran al istmo de miedo, felizmente ahora hay menos temor de una posible intervención militar en política, pero la angustia tiene una cara nueva: la policía ha dejado de ser efectiva, incapaz de proveer los elementos básicos de seguridad ciudadana, especialmente en Guatemala y El Salvador. Y así como con una mano la emigración provee el beneficio de las remesas, con la otra, la deportación de vuelta a la región de la juventud criminal, contribuye al crecimiento de las sanguinarias mafias juveniles conocidas como maras, tanto en El Salvador como en Guatemala.

El crimen violento, incluyendo el homicidio, es alto en ambos países y ha traspasado las barreras de las pandillas juveniles y carteles de narcotráfico hacia una amenaza más omnipresente de parte del crimen organizado. Antes, “uno solía arriesgarse si decía algo desatinado o pertenecía al grupo político equivocado”, me dijeron en Guatemala, “pero hoy puedes morir simplemente por estar en el lado equivocado de la calle en el momento equivocado”.

¿Resultado? Las encuestas de opinión a lo largo de la región, incluso en Panamá, muestran que los ciudadanos están preocupados acerca del crimen y la impunidad. En El Salvador y Guatemala hay muchos más guardias de seguridad privados que policías.

Nicaragua pareciera ser el menos afectado por estos temores, en parte porque el país, asistido por la milicia sandinista, desarrolló fuerzas militares y policía profesionales que todavía funcionan bien. En Panamá, aunque la opinión pública está preocupada por el crimen y el narcotráfico, también existe temor de que algunas medidas que se han tomado para combatirlos puedan ser objeto de abuso.

Lo último, pero no lo menos importante, hay que decir que el rol de Estados Unidos en estos países ha cambiado dramáticamente desde el intenso intervencionismo de los ochenta. Washington sigue siendo una fuerza importante, pero de una manera más difusa.

Pero los vínculos de interdependencia, reforzados por la proximidad y el legado de aciertos y errores, hacen que Centroamérica siempre sea importante para Estados Unidos. No sería muy difícil para la nueva Administración Obama volver a tener un impacto positivo en la región. ¿Cómo? Con medidas. Algunas simples. Extendiendo el estatus de protección temporal para los inmigrantes salvadoreños, por ejemplo.

Otras más trabajosas, como impulsar una reforma migratoria sacar adelante el Tratado de Libre Comercio con Panamá en el Congreso..

Abraham Lowenthal, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Southern California, es presidente emérito e investigador sénior del Pacific Council on International Policy e investigador sénior no residente de Brookings Institution.

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