Con la autoridad de sus 85 años y de haber ayudado a Fidel Castro a hacer la revolución, Dulce María Arranz sentencia a medio siglo del triunfo: “No me gusta el comunismo, pero tampoco los americanos. ¡Coño! Falta mucho por hacer”.
Reclinada en una butaca en su vieja casa frente a la emblemática escalinata de Santiago de Cuba, la anciana recuerda cuando con la fogosidad de su juventud vivió la vorágine que acabó con la huida, en el Año Nuevo de 1959, del dictador Fulgencio Batista. Cercana a la Sierra Maestra, tierra caliente e históricamente combativa, cuna de mártires de las guerras de independencia, Santiago siguió a Fidel desde que, con 26 años, asaltó en 1953 el Cuartel Moncada —segundo del país—, y fue la primera en levantarse en 1956 para apoyarlo cuando desembarcó con 81 hombres para pelear.
Orgullosa como muchos en esta Santiago con fama de corajudos, Dulce María narra, con su voz de asmática, que escondía en el retrete y en el techo de su casa armas y medicinas para “los muchachos de la Sierra”.
“Yo tenía una bodega. Cuando triunfó Fidel me la quitaron porque intervino los negocios. Pero nunca dije nada malo de él, ni que fui expropiada. ¡Total, uno muere sin nada!”, cuenta en la sala desde donde vio morir a tres revolucionarios en la escalinata del tradicional barrio Tivolí.
Conforme con su pensión de 200 pesos —9 dólares— como obrera de una fábrica de caramelos, reclama que muchos olvidaron la represión de Batista y los logros de la revolución en salud y educación.
“Ahora ahí se sientan muchachos que están en la bobería a hablar de música y ropa. No piensan en la revolución, no tienen cabeza”, se queja, con ceño fruncido, apuntando temblorosa a la escalinata.
En otro punto de esta ciudad bulliciosa y musical, calles empinadas y arquitectura colonial, un veinteañero confiesa que su “única alegría” será recibir el permiso de salida del país.
Dulce María dice que a su edad oyó de todo. “Muchos pasan dificultad, pero no hambre. La revolución no es rica. Mira mi vida, hay quien quiere a Fidel y hay quien no. ¿Tú me entiendes?”, explica en las sombras de su sala abigarrada.
“Ahí voy a ver ahora a Raúl en el parque, porque Fidel está enfermo. Todos tenemos que morir y la vejez no perdona”, dice Dulce María.
“QUIERO LIBERTAD”
“¿Qué revolución es ésta? Me gusta el sistema político, pero tengo que hacer cosas ilegales, 335 pesos (14 dólares) que gano no dan para mantener tres hijos”, lamenta Francisco, transportista de 46 años.
A la salida del preuniversitario que albergó al colegio donde Castro estudió con los jesuitas, una joven de 17 años, de mechones rojos, opina que “los tiempos son otros y se deben hacer cambios”.
“Todo está controlado, quiero libertad y que mis futuros hijos no pasen trabajo para comer”, declara en el mercado Joaquín Beltrán, de 21 años, quien sueña con irse a Italia.