Ernesto González Valdés

Destaco la obligatoriedad de ponernos a tono con la tecnología. ¡Una necesidad imperiosa! Cuando camino por los pasillos de la universidad, bien porque voy a clases o por alguna gestión propia de mis funciones, dando una ojeada de forma indirecta a las aulas donde se están desarrollando clases, más allá de centrar la atención en […]

Destaco la obligatoriedad de ponernos a tono con la tecnología.

¡Una necesidad imperiosa!

Cuando camino por los pasillos de la universidad, bien porque voy a clases o por alguna gestión propia de mis funciones, dando una ojeada de forma indirecta a las aulas donde se están desarrollando clases, más allá de centrar la atención en el tema de la clase o la metodología que desarrolla el docente, aprecio una cantidad de estudiantes —entre el 20 y 25 por ciento— con sus computadoras personales. Unos tomando notas, lo que pone en “peligro” la existencia de los cuadernos para un futuro, otros buscando información “in situ” de los contenidos relacionados con los temas que imparte el profesor en ese mismo instante.

Si nos trasladáramos años atrás, lo que no resta que actualmente suceda, apreciábamos a los estudiantes cargando volúmenes pesados de textos. Igual sucedía cuando visitábamos la biblioteca, cuyas mesas se visualizaban abarrotadas de numerosos textos y alrededor de los mismos los estudiantes “pegados” a ellos durante horas, “devorando” décadas de páginas.

Pero hoy, el mundo ha cambiado: computadoras en las aulas, bibliotecas, laboratorios, que en cuestión de segundos nos suministran lo más novedoso en cuanto a resultados tecnológicos, empresariales, científicos, políticos, culturales y otros.

¿Y el papel del docente en el aula, qué? Hay dos herramientas básicas, imprescindibles. Primero el dominio de una segunda lengua, como es el inglés. En este pedacito del planeta Tierra, el cual no puede vivir ajeno a los procesos de integración y globalización de los mercados, por señalar un indicador (aunque posiblemente con el dominio de una segunda lengua, me estoy quedando “corto” o “chingo”), si queremos ser mejores profesionales. La otra herramienta, es el uso de la tecnología de la información y la comunicación, tangible en lo que hoy se puede guardar en un bolso, una mochila, sobre un escritorio: la computadora con acceso a internet.

¿Qué sucedería si en el momento de la clase, cuyo contenido programático es el tema X, el estudiante comprueba que la información o conocimiento que transmite el docente es obsoleto? Peor aún, cuando el mismo estudiante asiste a clase de varios docentes en un día, en la semana, compara indirectamente que unos utilizan medios didácticos modernos que acompañan a metodologías interactivas, mientras que otros, continúan con un marcador y pizarra acrílica. Por supuesto no critico las capacidades de nuestros docentes, ni el profesionalismo de los mismos, sólo señalo o destaco la obligatoriedad de ponernos a tono con la tecnología. Y algunos dirán: “… el problema es el costo de los equipos, en contraste con el costo de la vida”, pero, de no hacerlo posiblemente quedemos “out” antes de llegar a la primera base.

Los docentes tenemos este reto. Antes de concluir, aprovechando este espacio: ¡Feliz y próspero Año Nuevo!

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