Los buques de guerra rusos que el viernes de la semana pasada entraron al país ilegalmente —porque su ingreso no fue autorizado por la Asamblea Nacional, tal como de manera expresa lo exige la Constitución de Nicaragua—, se marcharon furtivamente al día siguiente a pesar de que oficialmente se anunció que permanecerían hasta ayer 15 de diciembre, y que inclusive el presidente Daniel Ortega les daría personalmente su bienvenida, con todos los honores presidenciales.
En realidad, siendo representantes de una gran potencia que le está disputando a Estados Unidos espacios de influencia geopolítica hasta en territorios y aguas latinoamericanas, los visitantes militares rusos se deben haber sentido ultrajados, o al menos molestos, porque se les hizo entrar a Nicaragua sin que el Gobierno anfitrión respetara las disposiciones legales de su propio país. Esto, precisamente, fue lo que motivó el rechazo de la oposición parlamentaria y de la opinión pública nicaragüense a la visita de los militares visitantes, no porque sean rusos ni porque estén disputando con Estados Unidos espacios de hegemonía geopolítica en el mundo, sino simplemente porque su ingreso al país fue ilegal, por culpa de la irresponsabilidad del presidente Ortega.
Está claro y nadie lo discute, que es atribución del Poder Ejecutivo manejar las relaciones internacionales de Nicaragua. Eso significa que el presidente Ortega está facultado constitucionalmente para estrechar los vínculos de su gobierno con el de Rusia y con el de cualquier otro país del mundo, lo mismo que para congelar relaciones, reducirlas e inclusive romperlas con otros Estados, si ese fuese el caso.
Pero ésta no es una facultad absoluta ni discrecional que tiene Ortega. Si bien es cierto que el artículo 150, inciso 8, de la Constitución, le concede la atribución de: “Dirigir las relaciones internacionales de la República. Negociar, celebrar y firmar contratos, convenios o acuerdos y demás instrumentos que establece el inciso 12 del artículo 138 de la Constitución para ser aprobados por la Asamblea Nacional”, esta facultad está limitada en el mismo artículo citado y sobre todo en el artículo 92 de la Constitución, el cual dice de manera categórica que: “Se prohíbe el establecimiento de bases militares extranjeras en el territorio nacional. Podrá autorizarse el tránsito o estacionamiento de naves, aeronaves y maquinarias extranjeras militares para fines humanitarios siempre que sean solicitadas por el Gobierno de la República y ratificadas por la Asamblea Nacional”.
O sea que si por cualquier razón la Asamblea Nacional no podía dar su consentimiento para el ingreso a aguas territoriales de Nicaragua y su estacionamiento en puerto nicaragüense, de los tres barcos de guerra de la Federación Rusa encabezados por el caza submarinos denominado Almirante Chabanenko, el gobernante nicaragüense no debió autorizar su ingreso al país pasando por encima del Poder Legislativo y de la Constitución nacional. Esto ha sido otro atropello de Daniel Ortega a la Constitución, una nueva demostración de su autoritarismo, de su arrogante desprecio al Estado de Derecho y de su afán compulsivo de imponer otra dictadura en Nicaragua.
Por otro lado, es una soberana irresponsabilidad de Daniel Ortega comprometer a Nicaragua en el pleito político y diplomático que tienen actualmente las superpotencias por acaparar y expandir sus zonas de influencia geopolítica: Estados Unidos en el Asia Central, el Cáucaso y la antigua Europa Oriental, que fueron el patio trasero del imperio comunista de la extinta Unión Soviética; y Rusia en América Latina y el Caribe, zonas adyacentes a Estados Unidos que durante mucho tiempo fueron considerados como el traspatio de la gran potencia norteamericana.
La experiencia de Nicaragua por meterse en los conflictos de las grandes potencias ha sido nefasta. Es mucho lo que se tuvo que pagar por el afán del somocismo de someter el país a Estados Unidos, y del sandinismo gobernante de los años ochenta por subordinarlo a la expansión de la desaparecida Unión Soviética en el hemisferio occidental. Pero Ortega no aprende las lecciones de la historia. Tropieza una y otra vez con la misma piedra. Y sin duda que una vez más se quebrará los dientes con la piedra de la realidad, pero lo malo es que en su hundimiento y desgracia ya arrastró y otra vez va a arrastrar a todo Nicaragua.