La Asamblea Nacional llegó al fin de su legislatura del 2008, el lunes de esta semana, con una sonora derrota política para el FSLN y el presidente Daniel Ortega, los que no pudieron lograr que el Poder Legislativo sesionara para aprobar el Presupuesto General de la nación y otras leyes y disposiciones legislativas de primordial importancia para el Gobierno. Y lo más importante es que el FSLN no pudo tomar el control total de la Asamblea Nacional, el único poder del Estado que aún no está sometido por completo al presidente Daniel Ortega. De manera que la oposición parlamentaria ha tenido sobrada razón para celebrar el deslucido cierre de Legislatura de este año de la Asamblea Nacional, como un triunfo propio y un revés oficialista.
Este triunfo relativo de la oposición parlamentaria ha sido también un reconfortante alivio en la patética situación en que se encuentra ella misma, debido a que de una cómoda mayoría de 54 diputados —sobre 38 del FSLN— que logró con el voto popular en las elecciones nacionales de noviembre del 2006, ahora —la oposición— no ha podido reunir ni siquiera los 47 votos del quórum y por lo tanto tampoco puede aprobar ninguna ley, sin contar con el consentimiento del FSLN y del presidente Daniel Ortega.
Sin embargo, a pesar de que la oposición parlamentaria no puede lograr la mayoría necesaria para hacer quórum y aprobar leyes secundarias de manera independiente, tampoco el orteguismo ha podido hacerlo, pues todos los esfuerzos, halagos, presiones y amenazas que ha realizado para conseguir los 47 votos indispensables para sesionar y legislar, le han resultado infructuosos hasta ahora
En el 2007, la Asamblea Nacional, también como en este año llegó al final de la Legislatura paralizada por una crisis política Daniel Ortega y el FSLN no pudieron entonces lograr que se aprobara la ley de los CPC en la forma que ellos querían, o sea institucionalizados como un suprapoder estatal. Además, Ortega tuvo que aceptar un mecanismo para la solución de los conflictos interinstitucionales, que limita su pretensión de poder absolutista. Y tampoco logró Ortega que la Asamblea Nacional aprobara en primera legislatura —ni siquiera que se presentara formalmente—, la reforma constitucional que abriría el camino a su reelección o a seguir gobernando bajo la figura de primer ministro designado por la Asamblea Nacional. Y ahora, al terminar la Legislatura de 2008 los orteguistas tampoco pudieron presentar la iniciativa de reforma constitucional reeleccionista y continuista, ni consiguieron la mayoría parlamentaria de 47 diputados que es indispensable para aprobar las leyes ordinarias que le interesan al Gobierno.
Es muy importante tomar nota de que en los casos en que Daniel Ortega se ha impuesto, sólo lo ha podido hacer mediante la violencia, por medio del terror que imponen las turbas en las calles para impedir la movilización de las fuerzas democráticas, y a través del fraude en las elecciones municipales del 9 de noviembre para aparentar una mayoría de respaldo ciudadano que está muy lejos de tener en la realidad.
Tiene razón, pues, la oposición, al reclamar que la Legislatura de este año se ha cerrado con un claro triunfo opositor y con una visible derrota gubernamental. Lo cual significa un revés a las pretensiones de Daniel Ortega y su avariciosa oligarquía de “izquierda”, de restaurar la dictadura en Nicaragua.
Pero los éxitos logrados con el uso de la fuerza bruta contra ciudadanos pacíficos y desarmados, con el atropello a las organizaciones independientes de la sociedad civil, agrediendo de múltiples maneras a los medios de comunicación y los periodistas, anulando diputaciones, arrebatándole la personalidad jurídica a partidos políticos opositores, robándose las elecciones municipales, manipulando la Ley y atropellando la Constitución, censurando a intelectuales de izquierda disidentes del Frente Sandinista, ésas son victorias pírricas y al mismo tiempo derrotas morales de Daniel Ortega. Igual que Pirro, el general y rey de Epiro del siglo III antes de Cristo que derrotó a los romanos sufriendo irreparables pérdidas materiales y humanas, Ortega debería exclamar también: “Otra victoria como ésta y estaré vencido y perdido”.
Ciertamente, los triunfos que Ortega ha logrado mediante el terror callejero, atropellos a la Constitución y fraude electoral, son victorias pírricas, vergonzosos reveses morales que más temprano que tarde desembocarán en una nueva gran derrota efectiva de Daniel Ortega, que ahora será definitiva.