La boda por poderes entre Kodama y Borges, pocas semanas antes de la muerte de éste, desató una fuerte polémica.

Las batallas de la viuda

Borges le dedicó el poema La luna y los reunidos en La cifra: “Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio”. Le dedicó también el libro Historia de la noche y Los conjurados. Desde 1975 María Kodama acompañaría al escritor en todos sus […]

Borges le dedicó el poema La luna y los reunidos en La cifra: “Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio”. Le dedicó también el libro Historia de la noche y Los conjurados.

Desde 1975 María Kodama acompañaría al escritor en todos sus viajes al exterior y comenzaría así a tener alguna presencia pública. A ella le gustaba compartir las anécdotas de esos viajes con la prensa; al leer sus testimonios, uno se olvida de la edad de Borges en ese entonces, de su ceguera y de su estado de salud, que sufrió varios altibajos durante los últimos diez años de su vida.

Ella le leía, él le dictaba, ella le dibujaba con palabras el mundo que los rodeaba, aunque admite que, en muchos de los lugares que visitaron, la ciega era, en verdad, ella: Borges le contaba su experiencia en los países que había conocido en su juventud y a través de su impresionante cultura le revelaba los paisajes de una manera que ella no podría haber imaginado nunca. Ella dice que nunca lo sobreprotegió; que de noche le dejaba su ropa al pie de la cama (en los hoteles durmieron siempre en habitaciones separadas) y que le explicaba dónde estaba la corbata, dónde la camisa…

En esos viajes, sostiene, se convirtieron en “compinches”, aunque nunca se hayan permitido tutearse, y en esos años habría nacido el amor entre ambos; uno silencioso, “especial”, que ella no sabe exactamente cómo describir. Borges eligió a Kodama como heredera cinco años antes de casarse con ella.

En agosto de 1979, a poco de ser operado de una prostatitis, había redactado un testamento en el que le dejaba la mitad de su dinero en efectivo y del depositado en bancos del país y del extranjero, a Epifanía Uveda de Robledo, la famosa Fanny, fallecida este año, quien trabajó durante varias décadas al servicio de Borges y su madre.

La otra mitad, más sus derechos de autor, iban para Kodama. En noviembre de 1985, poco antes de partir hacia Italia, invitado por la Fundación Verdiglione de Milán, el escritor redactó un nuevo testamento, que excluía a Fanny, la compensaba con una cifra casi irrisoria, y designaba a Kodama heredera universal.

Después de Italia, el escritor ya no regresó a la Argentina. Según Kodama, intuía la cercanía de la muerte y quiso pasar los últimos días de su vida en Ginebra. Tal vez sea éste el momento exacto en el que una Kodama, de perfil más bien bajo, levantó la cabeza y comenzó a hablar en nombre de él. “Desea llevar una vida tranquila, alejada de las continuas declaraciones a la prensa, a las que se veía forzado en la Argentina”, le dijo a la Agencia EFE para explicar la decisión del escritor de permanecer en la capital suiza.

Lo cierto es que Borges estaba delicado de salud; tenía cáncer de hígado y en enero fue hospitalizado durante 22 días. A fines de 1986, cuando ya era la viuda de Borges, Kodama contaba que durante el día perdía la noción de su enfermedad, porque él no hablaba del asunto y seguía ilusionado con los viajes y el futuro. Pero de noche, cuando llegaba la enfermera que lo cuidaría, la angustia, el insomnio y el llanto se apoderaban de ella.

El 26 de abril de 1986 Borges y Kodama se casaron por poder en la diminuta Colonia Rojas Silva, del Paraguay. A lo largo de los años se han hecho públicas numerosas irregularidades de la partida matrimonial, como los errores en las edades de los contrayentes, la omisión del estado civil real de Borges y con las fechas de los matasellos. ¿Por qué se casaron? Ciertamente, no hacía falta un casamiento para que Kodama lo heredara.

Se casaron porque Borges se lo habría propuesto y ella, dice, tuvo que pensarlo porque nunca creyó en el matrimonio. Los allegados a Borges no terminaban de creerlo. Norah Borges, desde París, calificó a la unión de “diabólica”. Adolfo Bioy Casares, quizás el amigo más cercano que tuvo Borges, dijo que éste no había tenido ningún interés en emigrar a Ginebra, y si lo hizo fue por insistencia de la propia Kodama.

Ella siempre se ha quejado de esa imagen estereotipada del anciano sometido. “Borges era un hombre y no un ser dócil y extorsionado”, dijo. El escritor argentino Héctor Bianciotti y el editor de la prestigiosa colección francesa La Pléiade, Jean Pierre Bernés, también fueron testigos de los últimos meses de Borges. Nunca cuestionaron a Kodama.

Los amigos de María Kodama elogian la consagración casi religiosa a Jorge Luis Borges, que habla poco y pleitea mucho. Otros deploran su mal aplicado ahínco.

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