El poder de las turbas

Las agresiones de las turbas contra personas que pertenecen a diversos sectores sociales y políticos democráticos, no hacen sino confirmar que Daniel Ortega está llevando el país hacia una nueva dictadura, igual o peor que los regímenes dictatoriales sandinista y somocista del pasado reciente de Nicaragua. Es la única explicación que se le puede encontrar a la violencia instigada desde el poder gubernamental que con frecuencia está ocurriendo en Nicaragua. Y es obvio que de no ponérsele freno al ímpetu autoritario y a la codicia de poder absoluto de Daniel Ortega, la nación tendrá que sufrir el rigor de una nueva dictadura y pagar otra vez un precio muy elevado para quitársela de encima.

Ortega se jacta de ser un presidente democrático sólo porque su mandato presidencial es fruto de una elección. Pero es un gobernante minoritario. Únicamente el 38 por ciento de los ciudadanos votó por él y ahora más del 70 por ciento de la población está molesta con su gobierno. En sus primeros 21 meses de gobierno Ortega es el gobernante peor valorado por los ciudadanos, en comparación con doña Violeta, Alemán y don Enrique Bolaños. Si Ortega fuese sensato y responsable, buscaría cómo gobernar mediante el diálogo y el consenso democrático con la oposición política y la sociedad civil independiente. Para ser democrático no basta haber sido elegido de acuerdo con lo que establecen la Constitución y la Ley Electoral. También hay que gobernar de conformidad con las normas y valores de la democracia. Y lo que Daniel Ortega está haciendo es todo lo contrario.

En efecto, la organización y la instigación de las turbas contra personas y organizaciones opositoras y contra medios de comunicación y periodistas independientes; la falta de transparencia en el manejo de cuantiosos recursos económicos, como los derivados de la cooperación petrolera venezolana; la campaña de calumnias y difamación de personas y organizaciones desafectas al régimen; la cancelación de partidos políticos democráticos y el cierre de espacios de participación política y específicamente electoral; la eliminación de la observación independiente, nacional y extranjera, de las elecciones municipales; las intimidaciones para que sean retiradas demandas internacionales por violaciones de derechos humanos; el chantaje a alcaldes y políticos de otros partidos para someterlos al partido gubernamental; los juicios políticos con acusaciones infundadas contra organizaciones de la sociedad civil; las acusaciones y condenas judiciales contra medios de comunicación social y periodistas independientes, etc., etc., son muestras inequívocas de que el gobierno de Daniel Ortega puede ser cualquier cosa, menos democrático en el verdadero sentido del concepto de democracia.

Lejos de ser democrático, el gobierno de Daniel Ortega es una mezcla de unos pocos ingredientes de democracia con muchas formas de dictadura. Es un régimen autoritario, oligárquico y oclocrático. Cabe aclarar que oclocracia se le llama al “influjo decisivo de las turbas en la vida pública (que) suele conducir a excesos y a la reacción violenta que culmina en la dictadura, a través de la revolución o la guerra civil”, según definición del enciclopedista jurídico argentino Guillermo Cabanellas. La oclocracia, o forma de gobernar basada en acciones de turbas no es nueva. Como lo explicara Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos de Norteamérica, desde los tiempos más antiguos los déspotas han utilizado a una parte del pueblo para someter a la otra y fundar su poder en la intimidación, el miedo y la ausencia de libertades y derechos de las personas.

Aristóteles (384-322 antes de Cristo) explicó que hay tres degeneraciones de gobierno. Una es la oligarquía, que como muy bien se conoce es el gobierno de unas pocas personas ricas y poderosas que pertenecen al mismo grupo social o familia. Otra es la tiranía, que como también es muy conocido, significa el “abuso o la imposición en grado extraordinario de cualquier poder, fuerza o superioridad”, según la definición del diccionario común. Y la tercera degeneración de las formas de gobierno es la oclocracia, la cual, como ya mencionamos, es el gobierno que se basa en la movilización de turbas compuestas por individuos marginales y antisociales de toda clase.

Y eso, una mezcolanza de régimen oligárquico, autoritarismo y oclocracia —con algunas formalidades democráticas que son más para guardar las apariencias que para respetarlas—, es sin dudas de ninguna clase el gobierno de Daniel Ortega.

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