Mañana 12 de octubre se celebra el Día de la Hispanidad, que conmemora la primera llegada española a las tierras de América, en 1492, en las tres carabelas que comandaba Cristóbal Colón. Fue un grandioso acontecimiento histórico, por el cual en España el 12 de octubre es el día de la Fiesta Nacional, e incluso en Estados Unidos, cuya historia y cultura es anglosajona en forma predominante, el segundo lunes de octubre de cada año se celebra oficialmente el Día de Colón. Sin embargo en Hispanoamérica, por el avance político e ideológico de la izquierda en los últimos años ha disminuido la importancia del Día de la Hispanidad, casi ha desaparecido, o ha sido convertido en una jornada de resistencia indígena y popular que levanta banderas de resentimiento por antiguos agravios y de rechazo a la herencia cultural española.
En junio de este año, en un artículo de opinión publicado en varios periódicos de España y América, el escritor cubano-español Carlos Alberto Montaner escribió que los hispanoamericanos tenemos una especie de “cultura del rencor” que nos hace vivir aplastados por el peso del pasado. Y señaló Montaner —quien en su polifacética obra bibliográfica tiene un excelente libro sobre la cultura latinoamericana— que a diferencia de nosotros, para los estadounidenses que fundamentalmente son de cultura anglosajona el futuro es lo más importante y el pasado apenas cuenta.
Montaner tiene razón. Pero es comprensible que los pueblos indoamericanos, sobre todo los indígenas, conserven en su memoria colectiva los malos recuerdos de la conquista y guarden rencor histórico a los antiguos conquistadores españoles. Lo que no tiene sentido es que ese resentimiento histórico se manifieste en odio a las actuales generaciones españolas, que no son culpables por lo malo que hicieron sus antepasados en América de la misma manera que los hijos no tienen culpa por las faltas de sus padres, abuelos y bisabuelos. Y mucho menos que tengan razón quienes han convertido el rencor histórico en odio racial y lo trasladan incluso a los mestizos, a los descendientes de la fecunda mezcla hispánica-indígena a la que cantó Rubén Darío, el más glorioso y universal de los mestizos nicaragüenses.
El periodista, jurista, sociólogo y politólogo argentino Mariano Grondona ha escrito que: “Al pasado no se le puede combatir como si todavía existiera, porque ya no se le puede revivir para matarlo de nuevo. El pasado es un cadáver rodeado de memorias gratas e ingratas. Lo único que se puede hacer con él es estudiarlo desde el presente, que es el que en verdad existe, para no repetir los errores que precipitaron sus memorias más sombrías”. En efecto, en el caso de la conquista de América y la dominación española sobre la población indígena, no se pueden olvidar la extrema brutalidad y los horrorosos crímenes individuales y colectivos que cometieron los conquistadores y colonialistas hispánicos. Pero también es justo y necesario reconocer que en esa misma época tan terrible hubo españoles que aun a riesgo de perder sus propias vidas, libertad y hacienda, se pusieron francamente al lado de los indígenas y los defendieron hasta en las cortes españolas, y promovieron leyes para reconocer su dignidad humana y protegerlos de los brutales atropellos y las infames exclusiones de las que eran víctimas.
Entre los españoles de la época de la conquista que fueron grandes defensores de los indios, cabe recordar siempre a fray Bartolomé de las Casas, quien, entre muchos testimonios de su santa indignación por las crueldades que sus compatriotas cometían contra los aborígenes, dejó para la posteridad escritos como la Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias, en la cual anotó, por ejemplo, que “entraron los españoles (…) como lobos, tigres y leones hambrientos de muchos días. Y otra cosa no han hecho (…) sino despedazar (a los indios), matarlos, angustiarlos, afligirlos, atormentarlos y destruirlos por medio de las extrañas, nuevas, varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad”.
Por españoles como el santo varón fray Bartolomé de las Casas, así como por la invaluable herencia cultural, religiosa e idiomática heredada de España, vale la pena y es digno celebrar el Día de la Hispanidad. Y además, porque, como dijo el mestizo comunista Pablo Neruda, los españoles “se llevaron el oro, pero nos dejaron el oro, se llevaron todo, pero nos dejaron todo… nos dejaron la palabra”.