El mensaje de Benedicto XVI

La visita que bajo la regla ad limina apostolorum, los obispos de Nicaragua realizaron al Papa Benedicto XVI, ha tenido una gran resonancia política. Lo cual se ha debido, sin duda, primero a la gran expectativa que motivó el viaje de los prelados a Roma inmediatamente después de que emitieron su exhortación pastoral del 15 de agosto recién pasado, en la cual advirtieron que el sombrío ambiente que hay actualmente en el país “se puede convertir en tiniebla de sombra y de muerte”; y segundo, porque al recibir a los obispos nicaragüenses el Papa Benedicto XVI expresó de manera vehemente su preocupación por la grave situación de Nicaragua.

En realidad, la visita de los obispos de Nicaragua a Roma, para reunirse con el Papa e informarle sobre la situación en cada una de sus diócesis, por sí misma no tiene nada de extraordinario ni es motivada por los problemas de cualquier orden que haya en el país. La visita ad limina apostolorum, que en latín significa “los umbrales de los apóstoles”, es la peregrinación que los obispos de todas partes del mundo hacen cada cinco años ante la tumba de los apóstoles Pedro y Pablo, durante su viaje al Vaticano para rendir cuenta sobre los asuntos de sus diócesis.

Esta visita quinquenal de los obispos de todo el mundo al Papa, en su sede del Vaticano, se encuentra establecida en los cánones 399 y 400 del Código de Derecho Canónico. Se deriva de la costumbre que comenzó en los primeros tiempos de la Iglesia Católica, de que los obispos visitaran de vez en cuando al Sumo Pontífice. Al principio esto era voluntario, pero la costumbre se fue haciendo ley a medida que iba transcurriendo el tiempo y se comprobó que las visitas de los obispos al Sumo Pontífice en Roma eran sumamente provechosas, tanto para el Papa como para los mismos obispos y sus respectivas diócesis. De modo que en el año de 1585 el Papa Sixto V (1521-1590) reglamentó las visitas ad limina en la constitución Romanus Pontifex, la cual fue reformada y perfeccionada en 1740 por el Papa Benedicto XIV (1675-1758). Sin embargo, la normativa de las visitas ad limina apostolorum de los obispos que se realizan en la actualidad, fue dictada en diciembre de 1909 por el Papa Pío X (1835-1914), quien determinó que a partir del año 1911 la frecuencia de dichas visitas de los obispos a Roma debía ser cada cinco años.

O sea que independientemente de cuál sea la situación imperante en Nicaragua y de quién y cómo esté gobernando el país, la visita ad limina apostolorum de los obispos a Roma y el Papa de todos modos se hubiera realizado y siempre se realizará. Pero es lógico que al informarle al Papa Benedicto XVI sobre la situación en la que se encuentran sus diócesis, los obispos nicaragüenses le hayan presentado el panorama global del país. Y la situación descrita por los integrantes de la Conferencia Episcopal de Nicaragua en su informe al Papa, no podía ser sino la misma que ellos describieron en su Exhortación de los Obispos Nicaragüenses ante las Actuales Circunstancias del País y las Elecciones Municipales del 2008, que dieron a conocer el 15 de agosto pasado; la cual causó mucho impacto público por la valentía con la que señala los graves problemas que sufren los nicaragüenses, por la iluminación profética de sus orientaciones acerca de los caminos que se deben seguir; por su llamado a la participación en las elecciones municipales del próximo noviembre y a la búsqueda de un diálogo sincero para resolver los problemas.

Es comprensible que la información franca sobre la situación de Nicaragua, que los obispos nicaragüenses rindieron en el Vaticano, motivara la preocupación de Benedicto XVI por la “radicalización política” que hay en el país; así como su respaldo al esfuerzo que hacen los prelados de Nicaragua para “crear un clima de diálogo y distensión sin renunciar a defender los derechos fundamentales del hombre y denunciar las situaciones de injusticia”. Y no necesita interpretación el mensaje de Benedicto XVI, de que se puede y se debe trabajar por el diálogo y la reconciliación de los nicaragüenses, sin necesidad de claudicar ante los violadores de los derechos fundamentales de la persona humana y causantes de las situaciones de injusticia.

Los políticos de Nicaragua pueden hacer las interpretaciones interesadas que quieran, de las palabras de Benedicto XVI. Pero el mensaje del Papa es absolutamente claro y quien quiera y pueda entenderlo, que lo entienda.

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