Jerome Holtzman (derecha), junto a Don Zimmer, de los Cachorros de Chicago, en una imagen de 1989. (LA PRENSA/AP)

Honor al Maestro relevistas tienen una deuda con Holtzman

Fue el inventor del juego salvado y un gran historiador Tomado de ESPN No sé si Jerome Holtzman fue el más grande de todos, pero sí sé que la vida es más pequeña sin él. El sábado pasado murió luego de una larga enfermedad. Fue enterrado el pasado martes y será recordado por amigos, colegas, […]

  • Fue el inventor del juego salvado y un gran historiador

Tomado de ESPN

No sé si Jerome Holtzman fue el más grande de todos, pero sí sé que la vida es más pequeña sin él.

El sábado pasado murió luego de una larga enfermedad. Fue enterrado el pasado martes y será recordado por amigos, colegas, lectores y fanáticos este lunes por la tarde en el único lugar que tendría sentido: un campo de beisbol.

Holtzman, de 81 años, era un escritor de beisbol de Chicago que andaba siempre con sus tirantes, mascando tabaco. No aspiraba a más porque eso era más. Un juego de beisbol. El cierre en la redacción. Una historia para contar. Ésa era la idea de Holtzman de un día perfecto de trabajo.

Incluso aunque crean que nunca han escuchado de él, lo han hecho. Holtzman es el culpable de que Goose Gossage vaya a ser presentado en el Salón de la Fama de Beisbol. También es quien motivó la inclusión de Rollie Fingers, Bruce Sutter y Hoyt Wilhelm. De hecho, si eres un relevista de las Grandes Ligas, le debes a Holtzman el honor de escribir sus iniciales bajo la visera de tu gorra.

Holtzman inventó la categoría de salvamentos en 1966. No es lo mismo que inventar la máquina de diálisis, pero no está mal.

De todas maneras, la nueva categoría creada por Holtzman le dio significado estadístico y claridad al rol de taponero. Hizo millonarios a los especialistas de las últimas entradas. Eventualmente, le agregó otra preciosa categoría a todos los fanáticos de beisbol en América que agonizan con sus sorteos de fantasía.

Si la vieja escuela tuviera un referente máximo, hubiera sido Holtzman. Era respetado, quizás hasta un poco temido por jugadores, managers, gerentes y cualquiera que tuviese que competir con el ex marino en una charla de beisbol. Dio primicias. Grandes. Pequeñas. No importaba; su cuaderno siempre estaba abierto y su birome, siempre destapada.

Jerry Reinsdorf compró los Medias Blancas de Chicago el mismo año (1981) en que Holtzman pasó del Chicago Sun-Times en Wacker Drive al periódico rival, el Chicago Tribune de la Avenida Michigan. Ése fue el mismo año en el que Holtzman dio la primicia del final de la huelga en el beisbol.

Holtzman y Reinsdorf desarrollaron una relación de trabajo y, más adelante, una amistad.

Los dueños y los escritores deportivos no suelen pasar demasiado tiempo juntos, pero Holtzman no era el redactor habitual. Era un romántico, un historiador, un autor (si no tienes una copia de No Cheering In The Press Box, eres débil e inservible), un trabajador incansable, un hombre de convicciones y, desde 1989, un miembro del Salón de la Fama.

Algunos de nosotros escuchamos nuestros iPods cuando escribimos; Holtzman se tarareaba a sí mismo. Por cuestión de hábito, solía comer maní en los palcos de prensa y tiraba las cáscaras en el suelo, incluso aunque estuviera alfombrado. Nadie decía nada.

Holtzman se retiró del Tribune en 1998, pero igualmente podía vérsele en el Wrigley Field o en el nuevo Comiskey Park/U.S. Cellular Field.

Solía manejar a los estadios desde su encantador hogar en Evanston. Cuando su salud comenzó a flaquear, un nieto o un amigo conducían por él. Y más de una vez, Reinsdorf le enviaba un servicio de limusinas para buscarlo. Y se hizo una oferta habitual.

Se sentaba en el dugout antes de los partidos y no pasaba demasiado tiempo antes de que los jugadores, entrenadores, managers y escritores se detenían a darle la mano o saludarlo. Respeto.

Luego, subía por las escaleras y solía ver los partidos en la suite privada de Reinsdorf, donde se fumó algunos cigarros.

Cuando Holtzman murió, fue su hijo Jack quien llamó a Reinsdorf para darle la noticia.

Reinsdorf, quien hablaba con Holtzman al menos una vez por mes, se mostró notablemente dolorido por la muerte de su amigo. Y realizó otra oferta: realizar el servicio fúnebre en el parque de los Medias Blancas.

Estaré en el Scout Lounge del estadio el lunes por la noche. También asistirá el comisionado Bud Selig. Y Reinsdorf. Y varios redactores deportivos. Muchos escritores deportivos.

A fines de 1995, fui contratado para cubrir a los Cachorros para el Tribune. El editor de deportes me pidió que asistiera a la reunión de dueños de las Grandes Ligas que se realizaba en enero en Los Ángeles. Y me presenté con Holtzman.

Como me habían dicho, tenía cejas tan gruesas que probablemente necesitaban su propio servicio de jardinería. Vestía una camisa blanca, tirantes, y me asustaba muchísimo.

Ese era el gran Holtzman. El hombre simplemente conocido como “El Decano”. Un miembro del Salón de la Fama de Beisbol.

Y esto es lo que hizo. Me presentó con todos los hombres de traje elegante que pudo encontrar. Dueños, oficiales de la liga, oficiales de los equipos. Holtzman los conocía a todos.

Fue un día agitado. Los dueños habían votado a favor de los juegos interligas. Los entonces californianos Angelinos eran vendidos a Disney. Un manojo de acuerdos televisivos debían ser aprobados. Por eso le pregunté a Holtzman si había algo en lo que podía ayudarlo.

“No, no”, me dijo. “Estoy bien”, me respondió.

Menos de 20 minutos después, Holtzman había terminado de escribir. Increíble. Me hubiera tomado tres veces ese tiempo terminar.

No pude evitarlo; le eché un vistazo a su monitor. Ahí estaba su famoso copete. Luego un manojo de párrafos bien redactados, con mucho sentido. Luego, entre paréntesis, había escrito: “Levanten el cable”.

Holtzman había hecho la parte difícil y creía que la AP podía hacer el resto.

Un mes después, en los entrenamientos de primavera en Mesa, Arizona, Holtzman me invitó a cenar. Pedimos unos bistec tan gordos como la almohadilla de primera base y se pasó la siguiente hora contándome historias. Su tiempo en la marina… la Segunda Guerra Mundial… cómo conquistó a su esposa, Marilyn… las guerras entre los periódicos de Chicago… el beisbol… los Cachorros… los Medias Blancas. Fue la única vez que deseé que la camarera nunca trajese la cuenta.

Por eso, hagamos un momento de silencio, por favor, por “El Decano”. Pero sólo un momento. Holtzman no querría que te perdieras ninguna parte del partido por su culpa.

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