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Mi Buda, cuando siento la majestuosidad suprema,
como la grandeza del mar, como la firmeza de la montaña,
lo único que puedo percibir es el chillido de la cigarra,
tan potente como la marejada inundando mis gritos.
Le llamo con todo corazón, mi Buda,
he sido su fiel seguidor, atendiendo sus sermones durante 40 años,
hace mucho me di cuenta de que no tenía Su Eminencia nada que predicar,
y no tengo nada que aprender.
Es Su Eminencia como un bote que me lleva a bordo para cruzar el río,
pero, ¿cómo se puede quemar el trasbordador antes de atravesar el río?
A lo largo de 40 años, le he estado olfateando a usted,
observando su forma, han visto la Sutr niño abandonado;
y Su Eminencia, mi Buda, se vuelve cada vez más delicado,
a tal punto que oigo sus huesos quebrándose en un instante.
Yo también tengo mi propia alegría, pero no la alegría de la Sutra.
Soy una pulga, se me permite generosamente
vivir dentro de su atuendo y en su regazo.
Ellos siguen escuchando sus sermones,
al reaccionar algunos rompen en llanto por la vergüenza,
algunos se regocijan viendo la luz en las predicaciones.
Sólo yo, sólo yo comprendo que ya está agotado de predicaciones.
Por primera vez en estos 40 años, le voy a chupar la sangre
con mucho pesar y sin miedo.
Tendré la alegría de la Sutra, siendo el único en el Universo
que chupa su sangre sagrada.
Tendré la compasión de la Sutra,
porque aquél ha sido la última lágrima del mundo.